Arquitectura brutalista

El eterno retorno del gusto estético nos devuelve un estilo que, sin embargo, siempre estuvo ahí

Foto: Habitat 67, Montreal (Canadá). Moshe Safdie Viviendas.
Habitat 67, Montreal (Canadá). Moshe Safdie Viviendas.

Las modas, las tendencias e incluso los afectos responden a unas reglas indefinidas e inaprensibles. De la nada transitan a la omnipresencia para acabar en el silencio, cuando no en el desprecio. Una de las incógnitas de las teorías estéticas es precisamente cómo se genera ese zeitgeist, qué substancia transforma en imprescindible y relevante lo que antes ni siquiera existía. Cómo incluso aquello que fue abrazado apasionadamente y después fue olvidado e incluso vilipendiado, regresa cumpliendo su ciclo histórico. Con un aroma más allá de la nostalgia.

Unidad habitacional de Marsella (Francia),1952. Le Corbusier Viviendas.
Unidad habitacional de Marsella (Francia),1952. Le Corbusier Viviendas.

Es el caso actual del Brutalismo, la escuela arquitectónica que toma su nombre del término francés beton brut. Un material con el que empezaron a construirse edificios que expresaban la utopía que recorría el mundo tras la Segunda Guerra Mundial, pero en los que también se transfería la oscuridad y el trauma que la contienda había proyectado en la memoria y las conciencias. No es de extrañar que estas moles elevadas en volúmenes impresionantes gracias a la plasticidad y resistencia del hormigón levantaran también recelos, ya que la memoria colectiva no podía desligar esas formas brutas de los búnkeres surgidos en cada rincón del viejo continente. Testigos de cargo de la violencia absoluta.

Fue Le Corbusier, una vez más el visionario arquitecto suizo-francés, quien abrió a las necesidades sociales del momento una herramienta de socialización a través de un material estético. Su Unité d’Habitation de Marsella, construida entre 1947 y 1952, lo que ahora entendemos como un simple bloque de viviendas y que se ha convertido en el hábitat natural de las grandes ciudades, fue en su momento un experimento para el que incluso sus habitantes fueron seleccionados de manera específica. Una revolución no solo social, sino también arquitectónica, que tomaba prestado de la escultura abstracta el expresionismo rítmico que después devendría en minimalismo. El hormigón permitía una construcción económica de escala masiva y rápida ejecución. Había que reconstruir Europa, proporcionar viviendas a las familias que habían perdido sus casas, que lo habían perdido todo. Renovar los planes urbanos de las urbes amputadas.

Tricorn Centre, Portsmouth (Inglaterra),1966 (demolido en 2004). Owen Luder y Rodney Gordon. Centro comercial / Párking.
Tricorn Centre, Portsmouth (Inglaterra),1966 (demolido en 2004). Owen Luder y Rodney Gordon. Centro comercial / Párking.

Europa, sin embargo, tenía planes más continuistas, pero Le Corbusier pudo aplicar los principios de socialización y popularización de su estética vanguardista en la ciudad india de Chandigarh, localidad cuyo trazado urbano tuvo la posibilidad de desarrollar y para la cual creo varias joyas brutalistas en forma de edificios administrativos, aparte de diversas residencias privadas y espacios públicos, e incluso mobiliario. Un vocabulario formal absoluto y un modelo que poco después sería replicado en Brasilia por Oscar Niemeyer, verdadero mago del hormigón armado.

Hormigón igualitario

La transmisión de lo que se consideraba como primer mundo a áreas geográficas económicamente desfavorecidas –y con climas para los que el hormigón era resistente– resultó ser un movimiento geográfico interesantísimo. De hecho, el Brutalismo tiene muchas de sus expresiones más impactantes y un sentido profundo más arraigado en los países en vías de desarrollo de África y Latinoamérica. No solo las sociedades avanzadas económicamente se aprovecharían de la nueva tecnología constructiva, y este movimiento democrático acercó la vanguardia y la experiencia artística a quienes hasta entonces no conocían más que su cultura vernacular. El espíritu democratizador del hormigón tendría así un fin último estético y educacional cuasi-utópico que, como sabemos, acabaría en muchas ocasiones en la formación de guetos sociales y ciudades en miniatura encerradas en sí mismas.

De izquierda a derecha, Iglesia WotrubaViena, Austria; Librería Geisel de San Diego, California, Estados Unidos; y la Iglesia Wotruba, Viena, Austria.
De izquierda a derecha, Iglesia WotrubaViena, Austria; Librería Geisel de San Diego, California, Estados Unidos; y la Iglesia Wotruba, Viena, Austria.

Y si bien es cierto que con el paso del tiempo esta es la imagen que en cierto modo prevaleció del Brutalismo, el de un estilo opresivo que en muchas ocasiones fue usado por algunos sistemas políticos, en particular los países totalitarios, para mostrar o ejercer el poder y someter a sus ciudadanos, las funciones brutalistas fueron bastante prolíficas. Entre los ejemplos más innovadores que han llegado hasta nuestros días encontramos arquitectura religiosa pero también comercial, administrativa, empresarial, lúdica... Casi siempre monumental pero atendiendo al detalle, a la psicología del habitante y también a las necesidades estratégicas del propio mensaje que se intenta formalizar con el edificio.

Es esta generosidad conceptual y formal, y quizás también la belleza pura, la energía telúrica que se desprende de los volúmenes aéreos y de las masas totales, de las formas básicas y de sus estructuras innovadoras –y, por supuesto, la resistencia física de un material como el hormigón–, la que ha mantenido vigentes los ejemplos de arquitectura brutalista que ilustran estas páginas y que muchos tenemos asociados a un despertar estético. Por no decir espiritual. Una comprensión tridimensional de la extraña belleza que nos rodea más allá de las construcciones humanas, subrayando nuestra relación de sumisión necesaria con la naturaleza, pero también la posibilidad de interacción con ella. Una relación de utopía y de pertenencia. Ideas que no pasan de moda.

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