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La familia literaria de Manuel Rivas: de John Berger a Lorca o Cervantes

Novelista de vocación y poeta de corazón, ha recorrido el mundo sin emigrar de su terruño. por puro talento. 'Vivir sin permiso y otras historias del Oeste' (Alfaguara) es su nuevo libro

Foto: Manuel Rivas, en un retrato para Gentleman.
Manuel Rivas, en un retrato para Gentleman.
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El andar de la literatura es un andar vagabundo. Así lo entiendo, así escribo. Es un andar parecido al de Charlot, cuando Chaplin hizo del vagabundo el mejor personaje del cine. ¿Cómo es ese caminar? Es un andar simultáneo. Un pie pisa en la casualidad y el otro en la causalidad. Uno, en el día, y el otro, en la noche. En el pasado y el presente. En la alegría y la tristeza. En el desasosiego y la esperanza. Uno pisa en la vida, otro, en la muerte. A la vez. En una cosa y la contraria.

Como el vagabundo, escribes y te caes y te levantas. Se necesita una buena caída para levantar un buen texto. Lo primero que aprendí de niño fue a caer. El territorio donde camina la literatura vagabunda suele ser el margen, una frontera, un límite, lo que los romanos llamaban exTerminus. La orilla. Un grupo de indígenas del litoral mexicano, en lo que hoy es Tijuana, se denominaban kumiai, que significaba: los que luchan en el acantilado.

La literatura vagabunda tiene esa condición orillera, excéntrica. Es un lugar psicogeográfico. Como bien sabemos, en las metrópolis hay orillas y acantilados. El escritor vagabundo trata de ver lo que no está bien visto, y comparte esa curiosidad con Charlot. Lo que no está bien visto en un doble sentido: ver lo que se oculta o lo que se tapa o lo que se esconde. Mi padre solía llegar con la ropa empapada de su trabajo de albañil. Mi madre me dijo un día: “¡Búscate un trabajo donde no te mojes!”. Y aquí estoy. En el acantilado.

LOS GRANDES PARA RIVAS

John Berger. Me enseñó que cada obra tenía que ser un lugar rebelde, un lugar insurgente donde se pusieran en pie las palabras, la construcción de la desobediencia. Pero también algo muy importante: la literatura tiene alma, pero no tiene amo, no es subalterna de una tesis o doctrina.

Jorge Luís Borges. (Foto: Levan Ramishvili)
Jorge Luís Borges. (Foto: Levan Ramishvili)

Jorge Luís Borges. Embalsamado en los exclusivos tanatorios literarios, es en realidad un genial orillero. Pasó su infancia en Palermo, cuando era barrio orillero bonaerense. Allí vislumbró el tigre y el puñal. Pero entendamos ahora lo orillero como escribir en los límites, en la orilla, donde la primera sabiduría es adentrarse en lo desconocido con ironía.

Rosalía de Castro. Es una naturaleza que es un libro que es un mundo. Su obra ha resistido a la frenología literaria, al embalsamiento y los herbicidas del monocultivo. Siempre dice algo nuevo porque en su boca habla la diversidad, el librepensamiento, un sentir panteísta y, sobre todo, una zona de sombra.

Emily Dickinson. En cada uno de sus poemas asistimos a la metamorfosis del polen, la semilla o la crisálida, la naturalidad del milagro, cómo surge de las entrañas del lenguaje una planta o un vuelo o un resplandor que antes no existían.

Clarice Lispector. La autora de obras como 'Preto do coração selvagem' o 'A hora da estrela' es para mí un ejemplo apasionante de lo que llamo literatura vagabunda, en la que el cuerpo del lenguaje se mueve, desliza, lucha con una libertad temeraria.

Federico García Lorca. De los grandes maestros pintores flamencos se decía en los talleres que tenían “la mirada fértil y la mano sincera”. Ese es Federico García Lorca. Esa disposición al descubrimiento, la palabra como un hechizo de la mirada, pero sin desprenderse nunca del acento de la verdad.

Juan Rulfo. Cuando leemos la novela 'Pedro Páramo' y los relatos de 'El llano en llamas', las dos obras del mexicano que se funden, me sitúo en otro tiempo, que es y no es histórico, una especie de pasaje entre la vida y la muerte, donde alienan las palabras, y me pregunto cómo lo ha hecho.

Estatua en homenaje a Ramón María del Valle-Inclán, instalada en los jardines de la Herradura, en Santiago de Compostela.
Estatua en homenaje a Ramón María del Valle-Inclán, instalada en los jardines de la Herradura, en Santiago de Compostela.

Nelly Sachs. Viaje a la transparencia, que reúne toda su obra poética, debería incorporarse a la Biblia. Cada verso de esta escritora judía y alemana, nacida en Berlín, y que consiguió exilarse en Suecia y sobrevivir al exterminio, es un estremecimiento de luz que enigmatiza. “La muerte fue mi maestra”, dijo.

Valle-Inclán. Los maestros canteros son los que mueven las grandes losas con la yema de los dedos. Lo que hizo Valle en cada obra. Son construcciones memorables, donde el esteticismo o el modernismo son ruinas paródicas donde cavan el demonio y el ángel. 'Tirano Banderas, las Comedias Bárbaras', 'Luces de Bohemia' y… 'El Ruedo Ibérico'. ¿Alguien da más?

Samuel Beckett. Decir lo que no se puede decir. Cuando ya las palabras no quieren decir, desconfían de tanta apropiación, corrosión, manipulación, con Beckett asistimos al renacer de las palabras y al silencio expresivo, al camuflaje, al doble sentido y a la ironía como estrategia del lenguaje ante la sustracción del sentido.

Eduardo Blanco Amor. Primero emigrante, luego exiliado, casi siempre marginado por su homosexualidad y sus ideales republicanos, en Argentina se forjó como gran periodista y escritor. Allí escribió A esmorga (La parranda). Pero gran parte de sus tesoros, como la novela Xente ao lonxe o Os biosbardos (Las musarañas), uno de los mejores libros de relatos del siglo XX, siguen en zona de sombra.

Cervantes en la prisión imaginando 'El Quijote'. (Foto: Biblioteca Rector Machado y Nuñez)
Cervantes en la prisión imaginando 'El Quijote'. (Foto: Biblioteca Rector Machado y Nuñez)


Lezama Lima. El día en que se sequen las palabras habrá un oasis, un paraíso, un refugio, donde sobrevivan con plenitud sensorial: la obra del cubano Lezama Lima. Es el lugar también donde la memoria es onírica y fermenta la imaginación.

Miguel de Cervantes. Ser de la estirpe de Cervantes. ¿Qué patria o matria es esa? La de la libertad y la de la ironía. La de la palabra que no quiere dominar, que cae y se levanta, que se crió al calor de mil años de risa popular, como sus colegas Shakespeare, Boccaccio y Rabelais. Y… Proust, María Zambrano, Anna Ajmatova, Bohumil Hrabal, Álvaro Cunqueiro, Anton Chéjov, Charles Dickens, Miguel Torga, Primo Levi, Graciliano Ramos, Emilia Pardo Bazán, Vasili Grossman, Philip K. Dick, Camus, Hammet, Coetzee, Erri de Luca y Pamuk.

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