ADIÓS AL PINTOR LITERARIO

Confesiones de Eduardo Arroyo: "La pintura no interesa" (y otras frases)

Gentleman reproduce la entrevista realizada al artista en septiembre de 2017, donde resumió su trayectoria con una retrospectiva en la Fundación Maeght

Foto: Eduardo Arroyo, el día de la inauguración de la retrospectiva en la Fundación Marguerite et Aimé Maeght en Saint-Paul-De-Vene, frente al cuadro  'La ronde de nuit aux gourdins'. (EFE)
Eduardo Arroyo, el día de la inauguración de la retrospectiva en la Fundación Marguerite et Aimé Maeght en Saint-Paul-De-Vene, frente al cuadro 'La ronde de nuit aux gourdins'. (EFE)
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Hace justo un año, Gentleman publicó una entrevista con el recientemente fallecido Eduardo Arroyo. El artista recibió a la revista en su estudio madrileño, poco después de recibir el Premio Gentleman, un espacio amplio y luminoso encajado en una de las calles más abigarradas del centro de la ciudad. Nos recibió, como siempre, afable y hecho un pincel. En el momento de su desaparición, esta republicación quiere representar un homenaje a un artista y un ciudadano a quien, sin duda, echaremos de menos.

“Soy un gran ladrón de ideas ajenas”. Eduardo Arroyo, madrileño reinventado en París, pintor encasillado en sus inicios dentro de la “figuración narrativa”, en el pop art más tarde. “Son etiquetas –dice–, algo hay de verdad. Sí es cierto que la mía es una pintura literaria, con personajes, con acción, con desarrollo y con la ambigüedad propia de la novela”. También es dibujante, escultor, ilustrador, escenógrafo y escritor.

Eduardo Arroyo, posa para Gentleman en su estudio madrileño. (Imagen: Thomas Canet)
Eduardo Arroyo, posa para Gentleman en su estudio madrileño. (Imagen: Thomas Canet)

Cada vez escribe más, por cierto. Hasta una guía del Museo del Prado, 'Al pie del cañón'.
La de escritor fue mi primera vocación. De hecho, me fui a París en 1958 con la idea de escribir. Durante mucho tiempo fue una vocación apartada. Viviendo en París era absurdo. Yo era bilingüe, porque había estudiado en el Liceo Francés, pero no quería cambiar de idioma, como hicieron Jorge Semprún y otros. Y yo notaba que iba perdiendo mi lengua materna. Hacerlo bien en esas circunstancias está al alcance de muy pocos. Juan Goytisolo y para de contar. Una frustración más.

Una frustración que terminó hace tiempo.
Con la biografía del boxeador 'Panamá Al Brown', que se ha convertido en libro de referencia para los que les gusta el boxeo. Lo escribí en los 80, a lo largo de cinco años. Y así se desbloqueó la situación. Ahora estoy escribiendo, no pintando. En el último mes he vuelto a mirar a mi biblioteca, que hacía tiempo que la tenía ahí, pero no la veía. ¡La de libros que no había abierto, que ni siquiera recordaba, pese a que está bastante ordenada! Eso me ha llevado a ponerme a escribir un libro nuevo: 'Diez negritos', como la novela de Agatha Christie. Lo empecé cuando acabó de pergeñarse la exposición de la Fundación Maeght.

Pero debe ser especial reencontrarse con obras que no ha visto hace décadas, algunas de las cuales habrá olvidado.
Y tanto. Hay muchos cuadros que al verlos digo “¿Pero esto lo he pintado yo?” Hay muchos otros que los descubro en ese momento. Yo creo que los cuadros están sobre todo para venderse, si es posible, y en algún caso para que alguien pueda apreciarlo. Nunca he tenido un cuadro favorito. Y cuando me reencuentro con uno, solo veo la cantidad de insensateces que se exhiben, la cantidad de cosas mal hechas, de cosas que no funcionan.

“La pintura no interesa, interesa la fotografía, quizás porque todo el mundo las hace"


Bueno, alguna obra se habrá reservado para su uso y disfrute personal…
Lo que ocurre es que, a diferencia de otros pintores, yo no vivo con mis cuadros. Vivo muy bien con los cuadros de los demás, pero no con los míos. Yo no me he reservado ningún cuadro en mi vida. En mis casas, en París, en Madrid, en las montañas de León, no cuelga ninguna obra mía. Cuando acabo un cuadro, lo firmo y le pongo un título; después eso se empaqueta y puede ocurrir de todo. Hay cientos de cuadros que no veré más, es una relación muy particular la que tengo con ellos.

Me llamó la atención su faceta de coleccionista, las fotos en blanco y negro que exhibió en el museo Lázaro Galdiano. Muchas retrataban el circo y el teatro de variedades, también presentes en su pintura. ¿De dónde viene esa fascinación?
Es la misma fascinación del boxeo o del teatro, en el que trabajé ampliamente con ese genio olvidado que fue Klaus Michael Grüber. Yo no sé qué va a quedar de mis obras, pero del teatro, del circo, de las variedades, del boxeo… no queda nada. Nada. Son completamente efímeros. Yo al menos podía llevarme a casa la escenografía. Los actores o los acróbatas, el recuerdo de los aplausos si los hubo. Pero me di cuenta de que la pintura no interesa, lo que interesa es la fotografía. Quizás porque todo el mundo las hace, todo el mundo se cree un artista. ¡Esos horribles 'selfies'!

(Imagen: Thomas Canet)
(Imagen: Thomas Canet)

Esa pasión por el blanco y negro, ¿tiene que ver con su dedicación juvenil al periodismo?
Sin duda. Debo mucho al periodismo, pero sobre todo a la caricatura. Cada periódico tenía su caricaturista, caricaturistas fantásticos. Hoy hay gente interesante, pero hacen viñetas, que es otra cosa. Había gente como Dávila o Jesús Córdoba que venían a hacer la entrevista y luego hacían la caricatura, el apunte, en lugar de la foto. Yo también lo hacía, en Pueblo. Me encargaban cosas como recibir a estrellas de cine en Barajas, cuando todo Hollywood venía a rodar aquí. Era una época muy interesante, independientemente del régimen, que era espantoso.

“Soy un tanto cascarrabias, pero no me puedo quejar. He hecho y dicho lo que me ha dado la gana”

Un régimen, el de Franco, contra el que usted se manifestó repetidamente a través de su obra y que acabó retirándole el pasaporte después de hacerle pasar por la cárcel.
Recuperé mi pasaporte en 1977 y ni yo reconocía el país ni el país me conocía a mí. Ese año hice una exposición en la galería Juana Mordó. Había cuatro gatos. Desde ese momento ha llovido, la situación se ha ido disipando y hoy tengo cierta notoriedad en España.

Al final, el mundo del arte ha seguido el camino trazado por su bestia negra, Marcel Duchamp.
Duchamp en realidad fue un político, no un artista. Un hombre muy inteligente y terriblemente corrosivo que ha pasado a la historia. Tiene cosas divertidas, juegos de palabras… Pero su obra es impresentable, mezquina. Eso de firmar sin trabajar es insoportable para mí. Naturalmente, hay gente que tiene interés y gente que tiene calidad, y también últimos mohicanos, pero el resto… Por ejemplo, un tipo como el videoartista Bill Viola está bien. Pero mil Bill Violas resultan insoportables.

¿Seguro que la pintura ya no le interesa?
Si yo hubiera tenido que ser pintor en esta época no lo habría sido, es una época que no me interesa en absoluto, no me reconozco en nada. Soy un viejo pintor un tanto cascarrabias. Pero no me puedo quejar: he hecho lo que he querido, he dicho lo que me ha dado la gana. Y eso tengo que agradecérselo a alguna gente a la que le ha interesado mi obra.

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