Bartomeu Gomila, el arte de restaurar relojes

La restauración relojera bebe de la tradición para recuperar conceptos que mejoran con el paso del tiempo. Esta es la experiencia de este artesano menorquín

Foto: Bartomeu Gomila en su taller de restauración de Menorca, donde ‘devuelve’ a la vida grandes piezas relojeras. / TIAGO REURER
Bartomeu Gomila en su taller de restauración de Menorca, donde ‘devuelve’ a la vida grandes piezas relojeras. / TIAGO REURER
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Artesanía llevada a la excelencia, a la que se le añade conocimiento y respeto por la tradición. Ahí radica la distinción del trabajo que realiza el relojero y restaurador Bartomeu Gomila, y es lo que contiene el Reserva Original de Ramón Bilbao, una forma de entender el vino donde es necesario el tiempo, lo mismo que se necesita para comprender por qué en cada uno de los relojes que Gomila ha devuelto a la vida hay algo más que un trabajo técnico de reparación. Hay creación, y en ello ha invertido tiempo y dedicación desde que llegó casi por casualidad al universo de la restauración.

Cada uno de los relojes que Gomila ha devuelto a la vida significan algo más que un trabajo técnico de reparación.
Cada uno de los relojes que Gomila ha devuelto a la vida significan algo más que un trabajo técnico de reparación.

“Un día, en un viaje a Suiza descubrí el taller que Audemars Piguet posee en su manufactura y que dirige Francisco Pasandín. Viendo aquellos trabajos, cambió mi visión de la relojería. Hasta aquel momento era solo un relojero”. Desde entonces no solo cambia su dedicación, sino también la percepción de cómo han de hacerse las cosas. “Con la industrialización se han perdido algunas técnicas no escritas, que no pasan tan fácilmente de generación en generación. Y hay que tener en cuenta que cuando restauras has de ser especialmente cuidadoso, porque saltarte un solo paso sería un sacrilegio”.

Algo que también sigue a rajatabla Bodegas Ramón Bilbao en cada una de las añadas. Gomila lo tiene claro: “Hay que dedicar a cada cosa su tiempo y su medida, y hacerlo como se realizaba durante el siglo XVII y XVIII. Cuando los relojeros llevaban su propio ritmo”. Las cosas bien hechas. Tan simple y a veces tan complicado, porque hay que ponerse en el lugar del creador: “No solo es hacer la pieza, es saber lo que estaba pensando el relojero cuando lo ideó. Se requiere investigación, un proceso para mí estimulante porque puede resultar interesante de cara a futuras piezas y soluciones mecánicas”.

Gomila afirma que nada es imposible, pero si hay momentos difíciles, compensados sobradamente “cuando el reloj empieza a funcionar de nuevo, cuando resucita. Es un momento íntimo en el que te sientes un privilegiado pues eres el primero en ver que vuelve a la vida”. Un momento que en el vino se produce cuando en la bodega se cata por primera vez el fruto de tantas horas y mimos. Como el relojero, hay un momento privado, de anticipación a lo que disfrutará el cliente. De descubrir el resultado que concede el tiempo y el respeto por la tradición: convertirlo en una experiencia personal.

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