Arthur Miller, el testigo molesto

Es la voz crítica del sueño americano, el escritor que convirtió en protagonista al hombre corriente. Con él, el teatro cobró su dimensión social

Foto: Retrato de Arthur Miller en su mesa de trabajo. Fotografía tomada en torno a 1955. / GETTY IMAGES
Retrato de Arthur Miller en su mesa de trabajo. Fotografía tomada en torno a 1955. / GETTY IMAGES

Desde que Arthur Miller vino al mundo un 17 de octubre de 1915 en el barrio neoyorquino de Harlem, en una familia de inmigrantes judíos, parecía estar llamado a encabezar la renovación que el teatro americano pedía a gritos. Más de un siglo después, se puede asegurar que sus textos marcaron un antes y un después en la historia reciente del teatro, sumándose a la revolución iniciada por el padre del teatro norteamericano, Eugene O’Neill, y en la que compartió protagonismo con Tennessee Williams. Junto con el autor de La gata sobre el tejado de zinc, el dramaturgo neoyorquino contribuyó a derribar el mito americano a través de obras pobladas por entrañables perdedores que tocaban de forma excepcional la fibra del espectador.

Con solo 33 años, Arthur Miller ganó en 1949 el premio Pulitzer por 'Muerte de un viajante'. La obra 'Panorama desde el puente' (1955), le valdría un segundo premio Pulitzer.
Con solo 33 años, Arthur Miller ganó en 1949 el premio Pulitzer por 'Muerte de un viajante'. La obra 'Panorama desde el puente' (1955), le valdría un segundo premio Pulitzer.

Todos eran mis hijos, Muerte de un viajante o Las brujas de Salem son hoy patrimonio cultural de la humanidad por la universalidad de sus conflictos, una característica definitoria de la escritura de Miller, que entendía el buen teatro como “aquel que conseguía demostrar que la raza humana, a pesar de toda su variedad de culturas y tradiciones, es esencialmente una”, tal y como manifestó con motivo del II Día Mundial del Teatro en 1965.

Sin esa capacidad catalizadora de los conflictos del ser humano, la historia del teatro no podría presumir hoy de personajes tan complejos y golosos como el viajante Willy Loman, el protagonista de Muerte de un viajante, en cuyo drama se concentra una acerada crítica al capitalismo y la explosión de genialidad que le consagró como autor a sus 33 años. No en vano, le mereció el premio Pulitzer de Teatro, y su estreno en 1949 en Nueva York alcanzó las 742 funciones, bajo la batuta de Elia Kazan, quien la defendió como su obra favorita entre todas las que había dirigido por ver reflejada en ella a su propia familia.

A la izquierda, Arthur Miller y el director Elia Kazan en la época de la representación de Muerte de un viajante en Broadway. A la derecha, Kazan y Miller, en la localidad de Roxbury, fotografiados por Inge Morath en 1963.
A la izquierda, Arthur Miller y el director Elia Kazan en la época de la representación de Muerte de un viajante en Broadway. A la derecha, Kazan y Miller, en la localidad de Roxbury, fotografiados por Inge Morath en 1963.

Miller encontraba en la escritura una necesaria herramienta para entender la realidad. En una entrevista publicada en 1960 por la revista española Primer Acto confesaba: “No puedo escribir sobre algo que comprenda bien. Si sé lo que una cosa significa, si la he agotado en cuestión de experiencia, tendría la impresión de repetirme. Es necesario que descubra por primera vez aquello que escribo”.

Resulta elocuente que muchos de los temas que desfilan por sus obras están directamente relacionados con aspectos de su biografía, como se aprecia en una de las más intimistas, Después de la caída, en la que el autor parece exorcizar los fantasmas de su atormentado matrimonio con Marilyn Monroe en un texto escrito dos años después de su muerte y del complicado rodaje de la película Vidas rebeldes, guión de Miller protagonizado por la decadente estrella a las órdenes de John Huston.

Marilyn Monroe y Arthur Miller anuncian su compromiso delante de su domicilio, en Nueva York. Se casaron el 29 de junio de 1956.
Marilyn Monroe y Arthur Miller anuncian su compromiso delante de su domicilio, en Nueva York. Se casaron el 29 de junio de 1956.

Desde joven, Arthur tuvo que asumir trabajos precarios que, paradójicamente, se convertirían en fuente de inspiración para futuras obras. Su afición por el trabajo físico y manual –trabajó como estibador, conductor de camiones y en una fábrica de componentes automovilísticos– le puso en contacto con tipos que retrataría en obras como su segundo premio Pulitzer, Panorama desde el puente, un texto ambientado en los muelles de Brooklyn que denuncia las condiciones en las que trabajaban los inmigrantes.

Tras ahorrar el suficiente dinero, Miller conseguiría ingresar en 1934 en la Universidad de Michigan y graduarse en Lengua y Literatura Inglesas, tras lo cual no tardó en conseguir trabajo como guionista radiofónico y en ganar diversos premios, por obras como Un hombre con mucha suerte, hasta obtener su gran espaldarazo en 1947 con Todos eran mis hijos, distinguida por el Círculo de Críticos de Nueva York como mejor obra teatral del año.

Pese a la carga crítica de sus textos, Arthur Miller tuvo una calurosa acogida en la España franquista, en especial de la mano del director granadino José Tamayo

Fue también en sus años de estudiante cuando empezó a sentir el compromiso político y social que influiría en su carácter como dramaturgo y en el que jugó un papel fundamental la Guerra Civil española, que le arrebató a uno de sus compañeros alistado en la Brigada Lincoln y afianzó su posicionamiento contra todo lo que oliera a fascismo: “Para muchos fue nuestro rito de iniciación al siglo XX, probablemente el peor de la historia”.

Entre los importantes costes de su firme compromiso con la libertad de expresión, que le llevó a interceder por escritores perseguidos o censurados, destacan los serios problemas que encontró para estrenar en Broadway a partir de la década de los 70, al ser tachado en ciertos sectores de sermoneador. Una barrera efímera, que no conseguiría detener el caudal de un dramaturgo abrazado con entusiasmo por el teatro mundial, que reconoció en él a un excepcional testigo de su tiempo y al clásico universal.

A la izquierda, Arthur Miller y su última esposa, Inge Morath, esperando en el backstate del Lincoln Center Repertory en la noche del estreno de 'Después de la caída' (1964). A la derecha, el escritor con Inge Morath años después.
A la izquierda, Arthur Miller y su última esposa, Inge Morath, esperando en el backstate del Lincoln Center Repertory en la noche del estreno de 'Después de la caída' (1964). A la derecha, el escritor con Inge Morath años después.
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