Antonio de la Torre, sueños de cine

En 'Que Dios nos perdone' borda otro de esos personajes oscuros que han hecho de él un actor imprescindible

Foto: Antonio de la Torre posa para GENTLEMAN en el interior del bar Gonzalín, en la calle Eloy Gonzalo de Madrid. / LUA FISCHER
Antonio de la Torre posa para GENTLEMAN en el interior del bar Gonzalín, en la calle Eloy Gonzalo de Madrid. / LUA FISCHER

Dice Antonio de la Torre que volvió a Madrid para ser actor (ya había estado antes para ser periodista) con sueños de grandeza. Y no oculta que ahora, con un Goya en su currículum (AzulOscuroCasiNegro, 2006), consagrado como uno de los actores españoles más demandados, personaje de algunas de las últimas grandes películas de nuestro cine –Volver (2006), Balada Triste de Trompeta (2010), Grupo 7 (2012), Caníbal (2013), La Isla Mínima (2014) o Tarde para la ira (2016)–, da esos sueños por cumplidos. Lo que queda, contesta, son cosas del tipo “ver crecer a mis hijos”, en las que mejor no extenderse. Estos días estrena en toda España su última película, Que Dios nos perdone, dirigida por Rodrigo Sorogoyen, en la que interpreta a un inspector de policía que debe encontrar a un asesino en serie.

¿Suele juzgar a sus personajes?
Nunca. Trato de entenderlos, es la única manera de interpretar. Todo el mundo tiene una razón para hacer lo que hace, otra cosa es que esas razones sean perversas o enfermas... Pero tú tienes que meterte como si fueras él, si no no podrías hacerlo. Esto me parece la clave. En el caso de Tarde para la ira fue incluso fácil de entender: la venganza en un caso así es una pulsión reconocible para todos. Yo le dí mucho la vara a Raúl Arévalo con eso, porque me daba miedo que el personaje quedara vendido, que no fueras con él. Porque el personaje es el protagonista y es una historia delicada. Si me preguntas en frío qué haría si me pasara eso, diría “no, la justicia y tal”, pero hay una parte de mí que puede entender... Es horrible lo que digo, lo sé, pero es humano.

Raúl Arévalo, usted y otros nombres del cine, como Alberto San Juan, no solo comparten profesión, también amistad y cierto compromiso político. ¿Por qué, en su caso?
En realidad, yo digo lo mismo que mucha gente, pero a mí me ponen un micro. Ni siquiera diré que es necesario: es normal. Tengo la sensación de que cuando se critica a los artistas que hablan hay una especie de rechazo al poder que tienen y que, en nuestro caso, no es más que la notoriedad y cierta proyección. Ha dicho que uno de los valores que quiere transmitir a sus hijos es que no vale el éxito a cualquier precio.

¿Ha podido ir más rápido, o más lejos, por caminos extraños?
Yo no sé dónde está lo virtuoso, ni me atrevería a definirme así. Intento vivir conforme a unos valores que me hagan sentirme tranquilo. Valoro mucho el afecto y el aprecio de la gente. En ese sentido, entiendo que hay que hacer un camino sin pisar a nadie. Aunque de miserias nadie está libre, pero se hace lo que se puede. Últimamente doy mucho la brasa con la educación sentimental, que tiene que ver un poco con eso… Estaría bien una asignatura, una mezcla de interpretación como vehículo de conocimiento de expresión, y de educación sentimental, como una escuela de valores. Yo creo que tenemos una revolución pendiente, relacionada con los sentimientos.

Casos como el suyo, ¿cree que avalan esa idea tan peliaguda de que el éxito depende de uno mismo, del espíritu emprendedor?
Sí y no. Creo en el individuo y en las circunstancias. Es verdad, yo he dado el salto social, mi madre era analfabeta y mi padre con 12 años se puso a currar. Pero para que eso se produzca se tienen que dar las circunstancias adecuadas en una sociedad justa, basada en la meritocracia y no en la aristocracia, que fomente valores de solidaridad y la posibilidad de dar empuje a los más desvalorecidos, premios a los que más se esfuercen y más talentosos y que redistribuya de una forma razonable.

A estas alturas, ¿se le queda corto el cine español?
Ni de broma. Los mejores proyectos me siguen llegando en castellano. He hecho algunas cosas en inglés y me gustaría hacer más, porque me parece apasionante, es el mercado más potente. Y porque son interesantes, no porque España se me quede corta.

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