Alex Katz, el artista insobornable

Su capacidad para arriesgar, innovar y buscar su propio sello le apartaron del circuito artístico. Hoy, a sus 89 años, su simplicidad y expresión le convierten en pintor de culto

Foto: Light Landscapes, 2, una obra de 3,2 por 4,87 metros que puede verse en la Galerie Thaddaeus Ropac de París.
"Light Landscapes, 2", una obra de 3,2 por 4,87 metros que puede verse en la Galerie Thaddaeus Ropac de París.

Alex Katz (Brooklyn, 1927) vuela alto. Es veloz –más que el resto– y se adelanta a su tiempo. No es que esté desubicado, como algunos escriben de él. Poco o nada le importaban las críticas de su obra cuando empezaba a pintar en The Cooper Union School, en Nueva York. “Todo lo que soy se lo debo a esos años de búsqueda de identidad. Gracias a ese tiempo de marginación e incomprensión, conseguí encontrar el estilo que más me encajaba”, explica.

A sus 89 años, Katz posa como un joven neoyorquino. / LUA FISCHER
A sus 89 años, Katz posa como un joven neoyorquino. / LUA FISCHER

Hacia 1950, década en la que predominaba el expresionismo abstracto, Katz desafió al sistema y entró en escena como pintor figurativo. También anticipó el pop art –algunos le consideran el precursor–, y no encajó. Él adaptaba su propia energía y lógica formal a su mundo artístico, y no existía crítico capaz de ubicarle dentro de un movimiento. Sus cuadros con poca profundidad, líneas descriptivas, limpias y reduccionistas terminaron aceptándose cuando cumplió los 70: “No le gusto a mucha gente, pero es normal, mi estilo es muy agresivo”, asegura.

Desde entonces, sus obras se exponen en los museos más importantes, como el Metropolitan de Nueva York, el MoMA, la Tate Modern de Londres o el Albertina de Viena. En estos días, dos galerías europeas muestran parte de su trabajo. Alex Katz: New Landscapes es el título de la exposición que, hasta el 15 de octubre, puede verse en la Galerie Thaddaaeus Ropac, en París. Simultáneamente, la Galleria Monica de Cardenas, de Milán, exhibe Alex Katz: Small Paintings and Drawings, 1990-2016.

“El paisaje fue una manera de alejarme de Picasso y de Matisse –artistas a los que admira profundamente– pero no fue forzado”, aclara. Katz desarrolla en estas obras una pintura rápida y activa inspirada en la pintura de acción de Jackson Pollock, cuyas composiciones fueron una revelación para él. De hecho, explica que era el empeño por atrapar en su obra las cosas fugaces que pasan. “Descubrí que pintar de una manera automática me permitía extraer con más facilidad las verdaderas ideas de mi subconsciente, y ahí es donde yo quería ir. Me sentí seguro desde el principio”.

En su amplia colección de retratos destaca la presencia de la figura femenina. / GUGGENHEIM BILBAO
En su amplia colección de retratos destaca la presencia de la figura femenina. / GUGGENHEIM BILBAO
Conocer su obra implica entender su relación con Queens, con Nueva York, ciudad que le vio crecer, y Maine, la que le vio nacer como pintor. “En Queens todo el mundo era pobre. Yo logré encajar en The Cooper Union School, no sé por qué razón. En aquella época también estudiaron allí Frank O’hara, John Ashberry..., gente muy interesante. La verdad es que fue la mejor época de mi vida, cada día aprendía algo nuevo, no tenía responsabilidades, aunque trabajaba mucho. Mejoraba muy rápido y tenía unos profesores maravillosos”.

Sus padres llegaron a Brooklyn huyendo de la revolución bolchevique, al perder la fábrica que administraban en Rusia. “Tenían alma de artistas, en las paredes de casa siempre colgaban cuadros. Para mi padre lo máximo a lo que podía aspirar un hombre en la vida era a ser arquitecto, y yo fui pintor, que era justo lo anterior, así que me ayudaron muchísimo”, cuenta.

En Maine, ciudad en la que comenzó a interesarse por la naturaleza como referente para sus composiciones, nace como pintor. “Estudié en The Skowhegan School for Painting and Sculpture. Allí aprendí a pintar de verdad. Pintaba de manera inconsciente, conecté conmigo mismo y con mi subconsciente, y sentí que iba a ser un pintor profesional”. La historia de amor con esta ciudad se mantiene desde entonces, y la disciplina de la pintura plein-air que aprendió allí le llevó a trabajar al aire libre durante la mitad del año. “El talento no existe. Es un tema de ambición y energía”, y él lo tenía.

El paisajismo forma parte de la temática de Alex Katz desde sus inicios, en la década de los 50. / GUGGENHEIM BILBAO
El paisajismo forma parte de la temática de Alex Katz desde sus inicios, en la década de los 50. / GUGGENHEIM BILBAO
En la colección de retratos de Katz la figura femenina es protagonista habitual. Desde que en 1957 Katz y su esposa, Ada, se conocieron, ella ha sido uno de los temas más recurrentes de su obra. “Ada es una mujer fantástica, su madre solía llamarle Miss America por lo guapa que es. Además, es muy teatral y ha ido mucho al cine. Todas sus posturas y gestos están sacados de películas. Es muy elegante”, presume. Katz ha retratado la sonrisa de su esposa hasta en cuarenta ocasiones.

La única presencia masculina entre los retratos de la exposición es la del propio pintor, su autorretrato: “Me encantan y me divierten. Sirven para buscar una nueva imagen de mi mismo y salir de mi rol. Imagínate que hay un actor que igual me parece atractivo y elegante. Si me inspira, me pinto de esa manera”. El resto de modelos que retrata en sus cuadros los elige de manera instintiva. ¿Retrata a la alta sociedad de Nueva York, como comentan? “Pinto a gente de todo tipo, pero lo hago de manera tan atractiva que parece rica”, comenta. Si se le pregunta por el sentido de sus retratos y paisajes, de enorme tamaño, pintados sobre tablones de madera, responde: “Nada, son solo pinturas. Cuando acabo uno, voy a por el siguiente”. A sus 88 años, su objetivo es básico: “Poder levantarme por las mañanas. Cuanto mayor te haces más simple es todo”.

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