ENTREVISTA

Antonio Catalán, una trayectoria marcada por el éxito

Lleva toda su vida vinculado al negocio hotelero, primero en NH y ahora en AC Hotels by Marriott. 4.000 habitaciones en todo el mundo contemplan su palmarés

Foto: La última apertura, el AC Hotel Dialgonal L´illa, en Barcelona.
La última apertura, el AC Hotel Dialgonal L´illa, en Barcelona.
Antonio Catalán, presidente y fundador de AC Hoteles by Marriot. / MASSIMILIANO POLLES
Antonio Catalán, presidente y fundador de AC Hoteles by Marriot. / MASSIMILIANO POLLES

Las siglas de AC no son las de Antonio Catalán, sino las de Alicia, Alejandra y Carlota, sus hijas. El desarrollo de sus hoteles –primero los NH y ahora los AC Hotels by Marriott– ha sido su principal pasión desde los 19 años. Hoy, gracias a tres millones de pesetas, cuenta con un patrimonio de más de 4.000 habitaciones y miles de empleados que repartidos por el mundo hacen gala de una gestión empresarial exquisita, de esas a la antigua usanza. Catalán nos recibe en su moderno y amplio despacho del AC situado en la urbanización madrileña La Finca para hablar de su infancia y de lo fácil y lo difícil de la vida.

¿Qué tipo de carácter debe tener una persona que posee más de 50 hoteles y una alianza con una cadena internacional de más de 4.100?
Me considero un positivista genético. Cuando tengo un problema, no le doy vueltas. O sirve para aprender, o no tiene sentido alguno sufrir.

Lo del positivismo genético suena a “como piensan los hombres”.
No creo que sea un tema de sexo. La vida es una carrera de obstáculos y siempre ocurren cosas. Si no es a ti, es a tu hermano, a tu amigo o a un trabajador que se pone enfermo. Con este trabajo manejo mucha gente y veo mil casos de personas a las que la vida les da un palo. Al final esto es un laberinto, nadie se libra de nada y la familia perfecta no existe. O afrontas las cosas con un cierto optimismo, o la vida te come.

¿Cómo fue su infancia?
Soy de un pueblecito de Navarra en el que mi padre era taxista. Era el único coche que había ara 6.000 habitantes, así que le veía poco. Él era ambulancia, chófer... todo. La posguerra fue una época muy dura para él y para su generación. A mi me pilló de refilón y además estuve interno en Vitoria desde los ocho años, así que imagínate. Salíamos de allí para ir a casa en Navidad y Semana Santa. Recuerdo que tenía siempre las manos abiertas del frío… En mi maleta pequeña había un cambio de ropa. En esa época tú sabías cuál era el esfuerzo y cuál era el premio. Hoy en día no tienes ni idea de nada.

¿Le afectó de alguna forma esa etapa en el internado?
No tengo ningún tipo de frustración ni trauma. Vengo de una generación más sacrificada. Cuando nací no existía ni la televisión, y mi madre ponía la novela en la radio y a las dos de la tarde escuchábamos el boletín. Era lo que había entonces, una sociedad con ganas de crecer, de esforzarse, y muy domesticada.

“Me considero un positivista genético. Cuando tengo un problema, no le doy vueltas. O sirve para aprender, o no tiene sentido alguno sufrir”

¿Qué valores han cambiado desde entonces?
Hoy se ha perdido la figura de la autoridad. En aquel momento todo era mucho más rígido, ahora la sociedad es mucho más permisiva.

Antes de cumplir los treinta años abre su primer hotel. ¿Casualidad o siempre le había gustado el sector?
Fue hacia el año 78. Mi padre también tuvo un pequeño hotel familiar en Navarra en el que trabajé una época. Imagino que el tiempo que pasé allí, entre pasillos, cocinas y habitaciones, me inspiró y animó, pero mi objetivo real era independizarme porque no me entendía muy bien con mi padre. Así que con tres millones de pesetas que tenía me lancé a la compra de un hotel: me costó 95 millones y lo amortizamos en 24 meses. El concepto de hotel urbano fue muy revolucionario en aquel momento. Del primero pasas al segundo… Y así.

Quería ser su propio jefe y triunfó.
Más o menos. Mi generación es muy trabajadora. Creo que pertenezco a una juventud sana y no veo que ninguno de mis amigos tenga traumas. Tuve suerte. Yo no conocía nada, no había droga, hacía deporte… No tenía acceso a casi nada y fui feliz.

El AC Hotel Washington, con un diseño que une sofisticación cosmopolita y ocio a orillas del mar.
El AC Hotel Washington, con un diseño que une sofisticación cosmopolita y ocio a orillas del mar.

¿Ha heredado alguno de sus seis hijos su faceta de emprendedor?
Mis hijos en general han salido emprendedores, con ganas de hacer cosas diferentes, pero no hablamos de la misma época. Han tenido de todo, hasta bici antes que triciclo. Los de mi edad estamos más curtidos. Pienso que la juventud de ahora se divide en dos tipos de gente: la que tiene muchas ganas de salir y otra que está defraudada. Tú misma habrás visto que tus padres han mejorado en todo, en casa, en coche, en vacaciones. Ahora la sociedad es distinta… Es la mejor formada, pero la que menos expectativas de trabajo tiene. Y vive al día.

¿Cómo es el sector de la hostelería?
Es fantástico, muy vocacional. El cliente siempre tiene la razón y hay que estar muy encima de él en estos momentos de tanta demanda y oferta. Creo que España tiene una de las mejores ofertas del mundo. De nuestro país han salido empresarios increíbles, gente que ha empezado desde cero, como los dueños de cadenas como Riu, Barceló… Son todos ejemplo de personas emprendedoras y luchadoras. Y eso que trabajamos de sol a sol, aquí nadie regala nada.

¿Qué hace cuando no trabaja y qué le divierte?
El trabajo me divierte mucho, también el deporte. Soy un apasionado de la Ruta Xacobea, que hago desde hace 25 años en bicicleta. La suerte es encontrar un trabajo que te encanta porque al final es a lo que uno dedica más tiempo… Y las horas de dormir son muy pocas. El resto es de la familia, mis hijos, mi mujer. ¡Tengo hasta siete nietos!

El confort no es una opción en AC Hotels, sino una regla a seguir.
El confort no es una opción en AC Hotels, sino una regla a seguir.

No sé si le veo como el típico abuelo. ¿Lo es?
No he terminado de entender el ejercicio de abuelo porque todavía tengo un hijo de 18 años, así que estoy en otra etapa.

¿En qué se fija usted cuando entra en un hotel? ¿Tiene aquello que llaman deformación profesional?
Sin querer sí. Antes, cuando era más joven y viajaba a Nueva York, por ejemplo, me cambiaba hasta cinco veces de hotel en la misma semana, para ver y conocer. Desmontaba las habitaciones y me fijaba en absolutamente todos los detalles.

¿Qué le gusta más de su trabajo?
El trabajo es muy divertido, coges mi agenda y no tengo un día igual a otro. Estoy un lunes en Cáceres y el miércoles en Londres. Tengo mucho trabajo de despacho también, pero voy a ver hoteles, restaurantes, a estudiar otros formatos. Al final este es un trabajo muy creativo. Nuestra cadena no es una franquicia al uso, no existe un manual de procedimiento. Trabajamos mucho en cada marca, en crear, en experimentar.

Desde hace unos años, los hoteles ofrecen ahora algo más que hospedaje. ¿Qué opina de esta tendencia?
Cada vez hay más fórmulas gastronómicas. Ahora la gente se empeña en llevar a los cocineros con estrellas a los hoteles, pero me creo poco la fórmula esta. Un chef de renombre está muy bien en su restaurante, pero no en el de un hotel. Un restaurante es un tema demasiado personal, y a un hotel la gente va a dormir o a una reunión.

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