Refugio en el destierro: reabre la casa de Victor Hugo en el exilio de Guernsey

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El exterior característico "de las residencias burguesas de la isla", como la describe Henri Pigaillem en su libro 'Les Hugo'.

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El comedor, con una gran H realizada en azulejos.

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Las paredes juegan un papel protagonista en la decoración de la propiedad. Grabadas en madera, forradas en brocado o ataviadas de estampados orientales, conforman uno de los tantos tesoros que alberga la casa.

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Se palpa en todas las estancias de la casa una deocración muy teatral, con objetos de diferentes estilos.

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Un cierto 'horror vacui' se palpa en el conocido como Salon Rouge, decorado, al igual que el conjunto de la residencia, por el escritor y ubicado en la primera planta. 

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Rincón de ocio, con mesa de billar y opulentos cuadros adornando la pared.

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Desde el 'Look-out' se divisa el mar, y a lo lejos, Francia, el país que dejó el escritor. 

Victor Hugo (1802-1885) sufrió, como tantos, el desgarro del destierro. Obligado por sus convicciones, aquel que ya con 15 años escribió “seré Châteaubriand o nada”, apuntando maneras, y que a lo largo de su dilatada carrera escritural bucearía en prácticamente todos los géneros literarios –poesía, novela, relato…–, se revela como toda una personalidad en el campo de las letras, así como de la política, cuando Luis Luciano Bonaparte, conocido como Napoleón III, llega al poder gracias a un golpe de Estado. Es el 2 de diciembre de 1851. A los pocos días, el padre de Notre Dame de Paris, que le llamó “Napoléon le petit”, toma la decisión de abandonar Francia.

Si primero se decanta por la cercana Bélgica, más tarde se dirige a la isla británica de Jersey, donde permanece poco, para instalarse definitivamente en el también archipiélago de Guernsey. Desde allí, en el Atlántico, frente a Normandía, divisa su país cada día, una decisión que le convence para radicarse allí con su mujer y sus tres hijos. “Fue a una isla porque comprendió hasta qué punto Santa Elena aportó al mito de Napoleón”, ha señalado Jean-François Kahn, uno de sus biógrafos. Fija su residencia en Guernsey de 1856 a 1870. 

Pronto repara en una gran casa que le seduce. Cuesta 25.000 francos de la época. Gracias a un adelanto de 20.000 francos de su editor, debido al éxito de Las Contemplaciones, se lanza a comprarla. La llamará Hauteville House –se halla en la Hauteville Street– y será su único hogar en propiedad en vida. “Su aspecto exterior es el de las residencias burguesas de la isla: construcción cuadrada, hileras regulares de ventanas de tipo guillotina, fachada de color neutro, jardín de hierba y árboles”, como la describe Henri Pigaillem en su libro Les Hugo.

Mientras Carlos de Beistegui comenzó a desarrollar a partir de los años 20 del siglo posterior un estilo decorativo que se conocería como el “estilo Beistegui”, el dueño de esta residencia deja también patente el suyo, siendo Hauteville House ese lienzo en blanco n el que va plasmando sus gustos, sin importarle lo más mínimo la opinión de los demás. L’exilium vita est (‘El exilio es la vida’) es uno de los lemas que se lee en la vivienda, junto a otros como Homo, deus o patria (Hombre, dios o patria) o las iniciales VH. “Todas las riquezas acumuladas por Victor en Hauteville House provienen de Francia, pero también del archipiélago. Lo que no lo encuentra, lo encarga en otros países, sobre todo en Holanda y Bélgica”, según Pigaillem.

No hay espacio para el minimalismo, para muros depurados. A su morador le encanta el eclecticismo y la decoración densa, muy teatral, con objetos de diferentes estilos, como se palpa en el interior de esta construcción de exterior moderno para la época, y tres plantas. Si hay una estancia con la que quedarse, esta sería la que se halla en el tercer piso, conocida como look-out: acristalada y donde el escritor pasó la mayor parte de sus horas, trabajando en una mesita plegable, mientras divisaba el mar y, a lo lejos, la nación que dejó.

Desde aquí “se situaba por encima de los demás, para iluminarlos mejor, como un faro”, ha indicado Odette Blanchette, administradora actual de la vivienda, que pertenece a la ciudad de París desde 1927, cuando los herederos del escritor donaron esta propiedad de más de de mil metros cuadrados, en una parcela que sobrepasa los dos mil y en cuyo jardín lucen los siete árboles que Hugo decidió plantar un 14 de julio –fecha simbólica para Francia, la de la toma de la Bastilla y hoy Fiesta Nacional–.

Hombre de ego sobredimensionado, hasta el punto de que muchos lo llamarían ‘Victor Ego’, se inclina a lo largo de su vida por el culto a su imagen, por ser fotografiado en diferentes actitudes y espacios, porque sabe que tendrá impacto, que junto a su obra permanecerá para la posteridad, por lo que posa de modo estudiado. Como es sabido, existen también cientos de caricaturas de él –se cuentan alrededor de un millar–; tema que hasta dio para una exposición reciente en la Maison Victor Hugo de la plaza de Los Vosgos, de la capital gala. La mayoría de las caricaturas destacaban su prominente frente, ridiculizándolo de algún modo. No hay duda de que interesó “a todos los dibujantes de su época”, en palabras del historiador Gérard Pouchin.

Siguiendo con Hauteville House, en la última planta, a la que accedería pasando por la biblioteca, finaliza Los miserables y redacta por completo Los trabajadores del mar, definida por Marc Eigeldinger como “el libro del exilio y de la soledad insulares” y publicada cuatro años antes de su regreso a Francia. Lo cierto es que podía haber retornado antes, en agosto de 1859, cuando Napoleón III anuncia una amnistía para los proscritos, pero no lo hace, decidiendo “compartir el exilio y la libertad hasta el final”, como apunta Pigaillem; es decir, hasta 1870, al abdicar el emperador. Hugo es un hombre de valores sólidos y está convencido de que su país será una república, así como que las naciones europeas llegarán a unirse. Y acierta.

En su país es acogido con honores y júbilo por la mayoría, sobre todo por la clase obrera, a la que apoyaba. Se había erigido en su portavoz y el hecho de haber pasado tantos años en el exilio le había aportado el aura de héroe. Instalado en el distrito XVI de París, será el único escritor cuya calle –en la que reside– es bautizada con su nombre en vida, y ocupará el cargo de senador durante alrededor de una década. Fallece el 22 de mayo de 1885. Sus funerales son un acontecimiento nacional, que reúne a un millón de personas, desde la plaza de la Concordia hasta el Arco del Triunfo. Funeral que deviene en una fiesta, como al finado le hubiera gustado. Sus restos reposan desde entonces en el Panteón de Grandes, en una cripta junto a los de Émile Zola y Alexandre Dumas.

Tras 18 meses clausurada por obras, posibles en gran medida a una donación de 3,5 millones de euros por parte de Pinault Corporation, Hauteville House y sus jardines, donde ha intervenido el afamado paisajista Louis Benech, vuelven a estar abiertos al público –todos los días, salvo los miércoles, durante seis horas, hasta el 30 de septiembre; cerrada entre octubre y abril por las condiciones climáticas de la isla–. Visitarlos es como volver a otra época de la historia y sentirse más cerca de aquel hombre que publicó más de 50 volúmenes, en un entorno que es testigo mudo desde hace más de siglo y medio de la vida de un autor que es todo un mito.

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