Diez razones (subjetivas) para conocer Madeira

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 EN LA CIMA, EN MEDIO DEL OCÉANO
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EN LA CIMA, EN MEDIO DEL OCÉANO

De origen volcánico, Madeira –del archipiélago forman parten también Porto Santo y un grupo de pequeñas islas deshabitadas– cuenta en el centro de su territorio con los tres picos más altos: Ruivo (1.862 metros), Torres (1.851) y Arieiro (1.818). La imagen pertenece a este último, al que se accede en coche y desde el que se abre, hasta el Ruivo, una de esas caminatas que conquistan a los aficionados al senderismo. El trayecto desde la marítima Funchal hasta las cimas de Madeira, sobre las nubes, es quizás una de las mejores formas de entender, de golpe –apenas 20 kilómetros en 40 minutos–, la grandeza de este pequeño lugar. (Fotos: Olga Jiménez y Juan Luis Gallego).

 Un refugio en la costa
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Un refugio en la costa

Prácticamente aislado, accesible solo por mar durante siglos, Fajã dos Padres acompaña la historia de la isla. Habitado y cultivado desde el siglo XV, en la actualidad un funicular que desciende 300 metros en algo más de dos minutos es la única forma de llegar a este lugar desde tierra. Además de una plantación de mangos, plátanos y todo tipo de árboles y flores tropicales, cuenta con una pequeña playa –rollos y plataforma de acceso–, media docena de pequeños y sencillos alojamientos sobre el mar y un restaurante en el que comer, entre otras muchas posibilidades, productos del mar tan locales como las lapas.

 El diseño se sienta a la mesa
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El diseño se sienta a la mesa

Nini Andrade Silva, nacida en Funchal, es una de las más prestigiosas diseñadoras de interiores del mundo, que une a sus intervenciones arquitectónicas el diseño de mobiliario y decoración y su pasión por la pintura. El Nini Design Centre es su huella en la isla, un peculiar edificio en una roca ganada al mar que, además de una exposición permanente con obra de la artista, cuenta con una animada cafetería 'lounge' y un exquisito restaurante con vistas a la costa y a las colinas de Funchal.

 La herencia colonial
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La herencia colonial

Se llama Quinta da Casa Branca y es, probablemente, uno de los alojamientos más sugerentes de la isla, un oasis tropical diseñado para el relax. Es imposible sustraerse a él, hasta el punto de que esta propiedad de más de 28.000 metros cuadrados se ha convertido en un destino turístico en sí mismo: quienes lo conocen, repiten en una segunda o tercera visita en la que los encantos de Madeira pueden esperar. Construida en torno a una explotación agrícola del siglo XVIII, cuenta con un edificio nuevo que, integrado completamente en la propiedad, acoge la mayoría de los habitaciones; una casa señorial de mediados del siglo pasado para albergar seis espectaculares 'suites'; y diversas instalaciones como dos piscinas –una solo para adultos–; restaurante, bar, 'spa'… escondidas en un exuberante jardín que, además de una enorme plantación de bananas, incluye más de 260 especies de árboles y flores de todos los lugares del planeta.

 El centro histórico
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El centro histórico

Bien podría haber ilustrado esta propuesta una de las calles empedradas del centro histórico de Funchal; o uno de sus característicos edificios blanqueados en contraste con la piedra negra que enmarca puertas y ventanas, como la catedral; o el Mercado de los Labradores, donde frutas tropicales y pescado conforman una estampa típica. Pero hemos elegido el interior de la fábrica de Santo Antonio, fundada en 1893, especializada en todo tipo de dulces, galletas y compotas. Es solo un ejemplo de los sabores tradicionales que inundan la isla y que tienen en la poncha, una mezcla de ron local, limón exprimido y miel, mezclados con herramientas y ritual propios, otro de sus referentes. Los Food and Wine Walking Tour, que organiza Wine Tours Madeira, es una buena forma de degustarlos.

 Los nuevos chefs
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Los nuevos chefs

La generosa cocina portuguesa, que suele acompañar sus platos de pescado o carne con abundantes guarniciones de patatas y verduras, es también patente en la variada oferta gastronómica de Madeira. Junto a la muy apreciable cocina tradicional, con el pulpo, el pollo, el cerdo y el famoso pez espada madeirense (nada que ver con el que conocemos por ese nombre en España) como productos estrellas, se ha abierto paso en la isla una gastronomía de vanguardia, que no olvida sus raíces pero que las reinventa con nuevas cocciones, sabores y presentaciones. Kampo, un coqueto restaurante en el centro de la ciudad, es uno de los emblemas de esta nueva cocina, y su chef, Júlio Pereira (en la imagen, en el centro), uno de sus protagonistas. Comparte calidad, aunque en un concepto muy diferente, con Villa Cipriani, el magnífico restaurante situado en un balcón sobre el mar del histórico hotel Belmond Reid`s Palace.

 Un litoral infinito
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Un litoral infinito

La Punta de San Lorenzo (en la imagen) es el lugar más oriental de la isla. A su extremo se accede por un sendero de tres kilómetros que transcurre, suave, sobre una lengua de tierra con el océano Atlántico a ambos lados. Los impresionantes paisajes que allí se dibujan son solo una muestra de los que ofrece la costa madeirense. Para admirarlos, entre los muchos miradores que jalonan la isla, destacamos dos: en el sur, Cabo Girão cuenta con un privilegiado enclave, plataforma de cristal incluida, con un mar infinito enfrente y 580 metros de acantilado a los pies; y en el norte, Ribeira da Janela acoge en su costa unas curiosas e imponentes formaciones rocosas.

 Vinos únicos
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Vinos únicos

Apreciado en todo el mundo, con una larga historia plagada de hitos, como su elección para celebrar la Independencia de Estados Unidos en 1776, el vino de Madeira es uno de los productos más característicos de la isla. Condicionado por un suelo y clima únicos –las altas temperaturas de conservación juegan un destacado papel– y cinco tipos de uvas –serial, boal, verdelho, malvasía y tinta negra–, ofrece una variedad de acabados con distintos grados de secos y dulces que permiten degustarlo tanto como aperitivo como para cerrar la comida. La visita a las instalaciones de la firma Blandy’s (a las que pertenece la imagen), en el centro de Funchal, es una buena forma de acercarse a los secretos de este vino.

 Un balcón sobre el mar
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Un balcón sobre el mar

Al oeste de Funchal, en el barrio de São Martinho se extienden a lo largo de la la Estrada Monumental algunos de los resorts más importantes de la isla. Vidamar Resort Hotel es uno de ellos, un cinco estrellas capaz de albergar en unas inmensas y cuidadas instalaciones todo lo necesario para una estancia llena de experiencias. El mar, en primera línea, al que se accede a través de varias plataformas situadas en la amplia zona de piscinas, es el protagonista. Cinco restaurantes –la media pensión es el régimen más habitual en el hotel–, un gimnasio, un área de 'spa' con tratamientos, un programa de actividades diversas y, sobre todo, un conjunto de 'suites' y habitaciones con amplios balcones sobre el mar completan el escenario perfecto para el turista.

 Surcando las olas
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Surcando las olas

Hay tradiciones turísticas a las que uno no debe sustraerse. Surcar los mares de Madeira durante dos horas a bordo de una lancha para intentar divisar delfines y, si es posible, ballenas, es una de ellas. Hay un componente de suerte, pues no siempre la travesía termina localizándolos, pero no solo: algunas de las empresas que ofrecen esta servicio, como Rota dos Cetáceos (en la imagen, una de sus embarcaciones), cuentan con vigilantes apostados en los altos acantilados de la costa buscando con prismáticos pistas de la presencia de delfines y ballenas para transmitir su localización a los capitanes de las embarcaciones.

No busque aquí las típicas estampas de Madeira. Ni tampoco referencias (salvo esta, quizás sea difícil escapar del todo a la tentación) a Cristiano Ronaldo, probablemente su ciudadano más ilustre. La galería fotográfica que acompaña estas líneas no pretende presentarse como una guía turística del archipiélago portugués; es simplemente resultado de una visita relajada, con vocación hedonista, encaminada a saborear la isla en el sentido más amplio posible del verbo. También, por supuesto, en lo referente a su gastronomía, la de vanguardia, que se abre paso gracias a un pequeño grupo de audaces chefs –con Júlio Pereira, al frente de Kampo, como uno de sus referentes– y al lujo exquisito de sus propuestas históricas –como Villa Cipriani, en el Belmond Reid´s Palace, el hotel más antiguo del lugar-–, pero también la tradicional, que tiene en el pescado de sus costas, las carnes grelhadas, las frutas tropicales y los dulces artesanos su mejor, y variada, carta de presentación.

Encierra también este artículo –aunque Madeira invita igualmente a grandes caminatas entre parajes de desbordante naturaleza– un solaz y pausado disfrute de sus paisajes: los costeros especialmente, en donde en lugar de playas arenosas se extienden vertiginosos acantilados imposibles que solo de cuando en cuando permiten calas empedradas frente a un agua cristalina; y los montañosos, en una isla que desde Funchal –la capital de la isla– se extiende hacia el interior siempre subiendo para dibujar continuas colinas que encierran pueblos y rincones adaptados, arquitectónica y socialmente, a una orografía peculiar.

Es por tanto esta una visión subjetiva de una isla bendecida por atributos estos sí objetivamente envidiables: con apenas 57 kilómetros de largo y 22 de ancho, unos 90 días lluviosos al año, su temperatura fluctúa entre los 25 grados en verano –cuando esta visita se produjo, Madrid rozaba los 40º– y 17 en invierno. No en vano, el turismo constituye su principal fuente de ingresos. Pero no tema: no se topará aquí con largas colas, visitas masificadas o una atención apresurada y descuidada para exprimir al turista. En eso, en el respeto al turismo con una oferta de calidad, los portugueses hace mucho tiempo que pueden dar lecciones a muchos países. Incluso cuando la propuesta es tan variada como la de los dos alojamientos que visitamos durante nuestra visita: por un lado, Quinta da Casa Branca, un auténtico oasis tropical en Funchal construido en torno a una antigua granja, el primer Hotel Design inaugurado en Madeira, un auténtico destino en sí mismo, en el que la naturaleza es la protagonista y el relax obligado; por otro, Vidamar Resort Hotel, un inmenso establecimiento de instalaciones inacabables –cinco restaurantes, spa, gimnasio…– con acceso directo al mar a través de plataformas construidas en su amplísima zona de piscinas.

Quienes hayan visitado ya la isla quizás encuentren en esta selección de propuestas una razón para volver; para quienes aún no lo hayan hecho, este artículo es lamentablemente corto: baste decir que, como estos, hay en Madeira otros cien sabores que no deberían perderse.

www.apmadeira.pt

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