Máquinas de escribir: los objetos añorados de la escritura

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La pionera Remington impuso en 1874 el teclado QWERTY.
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La pionera Remington impuso en 1874 el teclado QWERTY.

”Por favor, no use mi nombre de ninguna manera, ni siquiera divulgue que tengo una máquina. He dejado de usar la máquina de escribir por completo debido a que no pude escribir una carta con ella sin recibir como respuesta una solicitud de que no sólo la describa, sino que también indique los progresos en su uso, etc., etc. No me gusta escribir cartas, y por eso no quiero que nadie sepa que tengo esta pequeña broma generadora de curiosidad”. El texto anterior data de 1875 y está firmado por Mark Twain, una de las plumas más notables de la literatura mundial, aunque no queda claro si fue escrito a mano o en la denostada “pequeña broma generadora de curiosidad”. Lo cierto es que le cabe al creador de Las aventuras de Tom Sawyer ser el primero –que se sepa– en entregar un texto mecanografiado luego convertido en libro: Vida en el Misisipi (1883); aunque la verdad es que el original era manuscrito y fue luego pasado a máquina por una secretaria.

La proverbial Underwood Nº 5: casi cuatro millones de unidades de este modelo se fabricaron en las primeras décadas del siglo XX.
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La proverbial Underwood Nº 5: casi cuatro millones de unidades de este modelo se fabricaron en las primeras décadas del siglo XX.

Parece entendible el cambio tecnológico que debió de significar pasar de redactar con mano propia y tintero o estilográfica mediante –esta última, por cierto, de nacimiento y desarrollo contemporáneo al artefacto que nos ocupa–, a hacerlo como quien toca el piano. De hecho, del piano, de los tipos movibles de la imprenta, de la máquina de coser, del telégrafo y hasta de la expertise de la construcción de relojes, es de donde provienen muchos de los elementos que terminaron por dar forma a la máquina de escribir tal cual la imagen mental que más o menos se nos aparece.

La Corona, éxito comercial, transportable con cierta comodidad, fue la preferida de Ernest Hemingway.
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La Corona, éxito comercial, transportable con cierta comodidad, fue la preferida de Ernest Hemingway.

Si de hacer historia se trata, hay varios antecedentes, que no materializaciones, el más antiguo de mediados del siglo XVI. Desde entonces fueron apareciendo varios desarrollos similares, algunos de ellos con la intención de ayudar en la comunicación de las personas ciegas. Pero la primera patente que marca una relación con el artilugio tal como lo conocemos se le expidió en 1829 al estadounidense William Austin Burt por su Typographer, aunque nunca llegó a ser lanzado al mercado. Esa prerrogativa le corresponde al ingenio ideado por los también estadounidenses Christopher Sholes, Frank Haven Hall, Carlos Glidden y Samuel W. Soule. Lo cierto es que pronto Sholes abjuró del invento, lo que no impidió que su nombre –por esas cosas del copyright–, junto al de Glidden, figurara en el modelo en que terminó por corporizarse, también conocido como Remington Nº 1, en 1874. La firma Remington and Sons, la encargada de manufacturarlo y comercializarlo, se dedicaba por entonces a las máquinas de coser, pero había adquirido su fama y poder económico con la fabricación de armas durante la Guerra Civil estadounidense.

Detalle de la Remington, que aún hoy sigue siendo estándar.
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Detalle de la Remington, que aún hoy sigue siendo estándar.

Aquel modelo Nº 1, si bien solo contaba con mayúsculas (las minúsculas y las teclas con números fueron posibles a partir del modelo Nº 2, cuatro años más tarde), ya tenía una disposición del teclado hoy icónica: QWERTY, que es como se lo conoce popularmente a partir de las primeras seis letras de la fila superior. Originalmente, el teclado estaba dispuesto por orden alfabético, de izquierda a derecha, de arriba a abajo. Pero esta disposición presentaba un problema: cuando dos teclas vecinas eran digitadas con velocidad la máquina podía atascarse. Se optó entonces por reorganizarlas, separando las que más seguido se pulsaban. Incluso una teoría –nunca confirmada– sostiene que no es casual que con letras situadas en la fila superior pueda escribirse la palabra inglesa 'typewriter' (máquina de escribir), un truco para facilitar a los vendedores demostrar las bondades del producto. El teclado QWERTY, desde entonces, ha permanecido inalterable, con adaptaciones a cada idioma.

Logo original de la máquina de escribir Remington.
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Logo original de la máquina de escribir Remington.

La mejora tecnológica definitiva, la que labró el formato estándar de allí en adelante, es paralela al inicio del siglo XX. La marca Underwood, especialmente el modelo Nº 5, permitió algo hasta entonces inédito: leer lo tecleado de manera simultánea, un adelanto nada menor, pues impulsó, ahora sí, su masificación en oficinas y demás estamentos burocráticos. El cambio cultural fue notable.

El legado de Remington vive presente hoy en día y las máquinas de escribir se alzan como objetos de coleccionista.
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El legado de Remington vive presente hoy en día y las máquinas de escribir se alzan como objetos de coleccionista.

Con el tiempo quedaron obsoletos los insultos que a veces recibían los pioneros que enviaban una carta o nota tipeada en vez de manuscrita, acusados de una 'calidad impersonal de comunicación'. Por otro lado, abrió una nueva salida laboral socialmente aceptada para las mujeres, que con el nuevo siglo cada vez más poblaban las oficinas y podían ser ya no solo operadoras de teléfono –otro invento vital de ese tiempo–, sino también mecanógrafas, paso previo para el desarrollo de un nuevo puesto profesional, el de secretaria.

La Lettera 32, lanzada en los años 60 por la italiana Olivetti, y que rápidamente se consagró como la favorita de los estudiantes y de los periodistas viajeros.
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La Lettera 32, lanzada en los años 60 por la italiana Olivetti, y que rápidamente se consagró como la favorita de los estudiantes y de los periodistas viajeros.

Pero si la máquina de escribir introdujo un nuevo modo de organizar la comunicación, también trajo nuevas maneras de procesar y archivar la información. Más aún, su uso dio encaje a una nueva manera de pensar, de expresar las ideas. Para explicarlo, retrotraigámonos hacia 1882, cuando Friedrich Nietzsche, con problemas de visión, se hace con la conocida como bola de escritura, diseñada algunos años antes por el director del Instituto Real de Sordomudos de Copenhague, Hans Rasmun Malling-Hansen, y que, a diferencia de la pesadísima Remington, permitía ser transportada. Por deficiencias en el mecanismo, el artefacto no terminó de cundirle al autor de Así habló Zaratustra, aunque sí le permitió alumbrar una serie de textos que, según una mirada experta, mostraban un cambio desde lo argumentativo a lo aforístico, desde la retórica a un estilo telegráfico.

La revolucionaria eléctrica IBM Selectric, de 1961.
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La revolucionaria eléctrica IBM Selectric, de 1961.

Un músico amigo le hizo notar que quizá el uso de la máquina estaba cambiándole la impronta expresiva y que, de hecho, él mismo notaba en su propio trabajo que la escritura dependía a menudo de la calidad de la pluma y del papel que utilizaba. Esta reflexión provocó otra en Nietzsche: “Nuestros útiles de escritura contribuyen en la formación de nuestros pensamientos”. Más de 130 años después, la matriz de esa disquisición llega desde el actual mundo digital. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales es un libro de Nicholas George Carr, publicado en 2010, que explora los efectos de las tecnologías de la información en la inteligencia y en la cultura humana. Entre otras ideas plantea que si a leer y a escribir se aprende, es evidente que ese proceso afecta el sistema neurológico de la persona.

Esta máquina ntrodujo un elemento de impresión único, esférico, intercambiable para aplicar distintas tipografías, conocido como ‘la pelota de golf’.
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Esta máquina ntrodujo un elemento de impresión único, esférico, intercambiable para aplicar distintas tipografías, conocido como ‘la pelota de golf’.

Otro punto de vista suma el escritor Don DeLillo. “Necesito el ruido de las teclas de la máquina de escribir. La materialidad de un tecleo tiene un peso, es como si usara martillos para esculpir las páginas. Es como si labrara el mármol, solo que mis trabajos son bidimensionales: me gusta ver las palabras y las frases cuando van tomando forma”, escribió.

 

Su llegada, hace más de un siglo, cambió la comunicación; su decadencia, no sin melancolía, llegó con el mundo digital.

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