Rugby, la historia de un deporte de 'hooligans' jugado por caballeros

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El dandy Obolensky
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El dandy Obolensky

Lejos quedan ya, claro, el dandismo mitad oxoniense mitad ruso blanco del Príncipe Obolensky, de quien se cuenta que tomaba ritualmente una botella de champán y una docena de ostras antes de vestir la camiseta del XV de la Rosa (la selección inglesa) y realizar eslálones imposibles para anotar ensayos. En la imagen, corre perseguido por un contrario antes de marcar un ensayo para el equipo Oxford University en un partido contra Blackheath, el 13 de noviembre de 1937.

El debut de una estrella
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El debut de una estrella

El príncipe ruso Alexander Obolensky (1916-1940), fotografiado el 4 de enero de 1936, en su primer partido con Inglaterra, en el que anotó dos ensayos contra los temibles All Blacks.

El debut de una estrella
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El debut de una estrella

El príncipe ruso Alexander Obolensky (1916-1940), fotografiado el 4 de enero de 1936, en su primer partido con Inglaterra, en el que anotó dos ensayos contra Irlanda.

Llega Francia
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Llega Francia

Fotografía, tomada en 1909, de un partido de rugby en la localidad francesa de Bordeaux. En 1910, Francia fue invitada a a lo que en adelante sería el Torneo de las Cinco Naciones por haber endosado a los ya entonces temibles All Blacks de Nueva Zelanda ¡8 puntos! en una derrota épica (8-38) en París.

Un clásico
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Un clásico

El equipo de Irlanda sale al terreno de juego en un partido contra Francia, en 1914. Contrariamente a lo que sucede en muchos otros deportes, antes de su primera edición no existía torneo internacional global alguno que dirimiera oficialmente la histórica y reñida pugna entre las selecciones nacionales de los dos hemisferios, boreal y austral.

Política y deporte
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Política y deporte

El entonces presidente de Francia, Paul Deschanel, saluda a los jugadores de Francia y País de Gales en un encuentro del Torneo Cinco Naciones, en 1920. La idea de un Mundial, pese a remontarse a los atómicos 50 del pasado siglo XX, no conciliaba a unos dirigentes demasiado celosos por preservar la tradición amateur del rugby. 

Política y deporte
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Torneo de las Cinco Naciones, 26 de marzo de 1955. El capitán del equipo francés, Jean Prat, presenta a otros jugadores al entonces presidente de la República, Rene Coty.

'Batallas' históricas
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'Batallas' históricas

Imagen de un partido del Torneo de las Cinco Naciones disputado en 1959. Se enfrentaban Francia y Escocia en el estadio de la localidad de Colombes, cerca de París. 

'Batallas' históricas
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'Batallas' históricas

El ímpetu de las federaciones australiana y neozelandesa, como si de sus colosales delanteras se tratara, lideró el propósito y ambos países consiguieron organizar conjuntamente el primer torneo en el verano de 1987.

Profesionalización
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Profesionalización

Sin dicha transición profesionalizadora, no podríamos disfrutar hoy de uno de los grandes acontecimientos deportivos planetarios, la Copa del Mundo de rugby, cuya octava edición se disputa estos días (entre el 18 de septiembre y el 1 de noviembre).

Un imperio poderoso
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Un imperio poderoso

Desde entonces, el dominio del Sur resulta aplastante: seis de los títulos –Australia, Sudáfrica (dos títulos cada uno) y Nueva Zelanda (tres)– frente al solitario triunfo inglés en 2003. No hace falta ser un gran aficionado para saberlo: ¿quién no tiene grabada en la retina, gracias al tándem Eastwood-Carlin, la imagen de un extasiado Nelson Mandela entregando la copa al rubio capitán springbok François Pienaar ,para muchos con los rasgos de Matt Damon? Y lo mismo sucede con la haka, la danza de guerra tribal maorí con la que los All Blacks amedrentan a sus rivales, sólidamente instalada ya en el imaginario colectivo. Como de costumbre, el pasado mundial de 2015 centró sus miradas en los hombres de negro, que defendían título.

Una de las definiciones con más insistente eco del rugby la dio el tan agudo como poco deportista Winston Churchill:“Un deporte de hooligans jugado por caballeros”. Y cierto es, como se argumentaba en una de las populares comedias de la serie Jeeves del recuperado escritor P. G. Woodhouse, que el objetivo principal del juego es “recorrer el campo con el balón para depositarlo más allá de la línea de marca contraria, y para ello ciertas dosis de agresividad y violencia están permitidas, como hacerles a los contrarios cosas que en cualquier otro ámbito supondrían dos semanas entre rejas y la reprimenda de un juez”.

Divertido, sí, pero como todos los estereotipos un poco simplón. En realidad se trata de un juego de reglas y tácticas complejas, alambicadas, tan ininteligibles en un principio como precisas e inflexibles. Y ya que hablamos de firmeza, ¿qué decir de los valores sobre los que se fundamenta el hermano díscolo del fútbol, cuyo origen mítico está en la rebeldía de un torpe adolescente, William Webb Ellis, que durante un encuentro escolar no solo cogió el balón con las manos, ante la generalizada estupefacción, sino que corrió con él en pos de un insólito e inaugural gol? Entre ellos, el trabajo en equipo, el compromiso y la solidaridad, el espíritu de sacrificio o una exquisita deportividad.

Y todo pese a la espectacularización mediática del juego, la vigorexia y una cierta galactización de sus estrellas, efectos no deseados de la profesionalización, a comienzos de los años 90 del siglo pasado, de un deporte otrora romántico, aún hoy exaltante.

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