Más allá del Titanic: aquellos maravillosos transatlánticos

  • Pantalla completa
Listos para embarcar
1 de 17
Comparte la fotografía
Listos para embarcar

1912, Muelle de El Havre. La multitud despide al transatlántico France, de la compañía naviera francesa CGT, que zarpa hacia Nueva York.

Billetes
2 de 17
Comparte la fotografía
Billetes

Billetes de primera, segunda y tercera clase típicos de la época.

Pasajeros ilustres
3 de 17
Comparte la fotografía
Pasajeros ilustres Albert Einstein, llegando a la Gran Manzana en 1930.
Pasajeros ilustres
4 de 17
Comparte la fotografía
Pasajeros ilustres El novelista Joseph Conrad, llegando a Nueva York en el Tuscania, en 1923.
Pasajeros ilustres
5 de 17
Comparte la fotografía
Pasajeros ilustres Buster Keaton regresando a Nueva York en 1934.
Una guía
6 de 17
Comparte la fotografía
Una guía Ilustración del interior del buque Giulio Cesare, de 193 metros de eslora, activo entre 1922 y 1943.
Exteriores
7 de 17
Comparte la fotografía
Exteriores Pasajeros cruzando el Atlántico rumbo a Canadá en 1885 a bordo del Damara.
Hall
8 de 17
Comparte la fotografía
HallEl gran salón con columnas del Conte di Savoia (1932-1943).
Hacia el restaurante del Titanic
9 de 17
Comparte la fotografía
Hacia el restaurante del TitanicLa escalera del restaurante de primera clase del Titanic (1912).
Dormir en primera clase
10 de 17
Comparte la fotografía
Dormir en primera claseSuite del Nieuw Amsterdam en 1938.  Los pasajeros de primera clase, que suelen viajar por puro placer o por negocios, ocupan amplios y elegantes camarotes indviduales, cuando no lujosas suites, ubicados por lo general en las cubiertas superiores, encima del restaurante, la sala de té, la sala de baile y demás espacios sociales a ellos destinados. 
Los primeros camarotes
11 de 17
Comparte la fotografía
Los primeros camarotes En la cubierta inferior, encima de las mercancías, en camarotes de cuatro camas o en colas de literas, moran los pasajeros de la tercera clase: la más numerosa en cualquier barco, el gran motor humano que provoca el propio nacimiento de los transatlánticos. La inmensa mayoría de ellos huye de la miseria y de las guerras que asolan sus familias, sus países, Europa entera. En la imagen, camarote de tercera clase del Queen Mary, en 1936.
gastronomía sobre el agua
12 de 17
Comparte la fotografía
gastronomía sobre el aguaImagen del restaurante del City of St. Louis, de 1888.
Sala infantil
13 de 17
Comparte la fotografía
Sala infantilLa sala infantil del Ile de France (1927-1959).
Relax
14 de 17
Comparte la fotografía
RelaxLos baños pompeyanos del Imperator (1913-1921).
El largo viaje
15 de 17
Comparte la fotografía
El largo viaje1838-1945. El siglo de la emigración transatlántica. Durante el siglo XIX y hasta la gran Depresión de los años 30, emigran más de 60 millones de europeos.
Tierra en tierra
16 de 17
Comparte la fotografía
Tierra en tierraEl final del “siglo de oro”. Esta imagen aérea fue tomada el 15 de marzo de 1939 en el puerto de Nueva York. Entre los transatlánticos atracados (todos de ruta regular entre Europa y América) destacan, en orden de tamaño: el Normandie (de 313 metros de eslora, que se incendiaría en 1942), el Bremen (286 metros), el Conte di Savoia (248 metros) y el de Grasse (167 metros), que, en conjunto, pueden llevar a más de 7.000 pasajeros.

"Enorme”, exclama Julio Verne en Una ciudad flotante, el relato de su travesía transoceánica, de Liverpool a Nueva York, a bordo del Great-Eastern, en 1867: “Este es el adjetivo que mejor define a estos gigantes del mar, grandes como ciudades flotantes, que se deslizan silenciosos y profusamente iluminados sobre la negrura del océano. ¡Enormes!".

En el “siglo de oro” de los transatlánticos de línea regular, la experiencia de la travesía quedaba grabada para siempre en la memoria del pasajero: la llegada al puerto, la visión de la inmensa embarcación, inabarcable con la vista; la subida a bordo –el primer pie sobre el gigante, el primer paso hacia el Nuevo Mundo–, hasta la amplia entrada. Todo se recordaba: la acogida, las indicaciones, las escaleras, los infinitos pasillos; el camarote -esa habitación tan particular- sólo para dejar el equipaje y volver a salir a la proa, la popa o a algún costado, para ver el barco zarpar.

Hasta el siglo XIX no existió un servicio de transporte marítimo o fluvial público. Los barcos eran propiedad del comerciante o de la compañía comercial. Era un mundo de capitanes independientes o de sagas familiares muy parecidas a la del célebre armador Morrel, tan bien inventado por Dumas en El conde de Montecristo: compañías de hijos y padres armadores, cuyo único capital era, a menudo, un solo barco –eso sí, muy grande- del que dependía su vida entera; un barco a cuya partida asistían con la tristeza y la zozobra de quien ve partir a un hijo, y cuyo regreso empezaban a anhelar desde el mismo momento en que lo veían desaparecer en el horizonte.

Pero todo ello cambia definitivamente el 5 de enero de 1818, cuando el velero estadounidense James Monroe, de la Black Ball Line, zarpa de Nueva York con destino a Liverpool en el primer servicio público de línea regular transoceánica. Con su política de realizar travesías periódicas y aceptar cargas, la Black Ball Line revoluciona las actividades navieras tradicionales, dando comienzo a una auténtica carrera por el Atlántico.

Reportajes
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios