De Anna Pavlova a Martha Graham: genios de la danza del siglo XX

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MARTHA GRAHAM
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MARTHA GRAHAM

La energía. Es el oráculo de la danza contemporánea. Su profundo amor por el cuerpo y su “obsesión por decirle cosas nuevas al mundo” le dieron fuerza para vivir casi todo el siglo XX, dedicada a su Martha Graham Dance Company. Fue además una mujer de su tiempo que se interesó por la danza libre que florecía en Europa y comprendió enseguida que el tutú carecía de sentido en una sociedad que había cambiado su modo de vestir y por tanto de moverse. Graham no sólo reflejó esta transformación en sus coreografías, sino que abordó conflictos de la época, como la discriminación racial, siendo la primera en integrar otras etnias en su compañía. Pero si algo aprendió de la cultura oriental y enseñó a sus alumnos, entre los que se encontraban Gregory Peck, Bette Davis o Woody Allen, es que el movimiento se hace expresivo cuando nace del abdomen, centro de energía del ser humano.

GEORGE BALANCHINE
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GEORGE BALANCHINE

El estilo. Iba para bailarín, pero una seria lesión en la rodilla cambió el rumbo de su carrera convirtiéndole en el coreógrafo fundamental del siglo XX, emisario del ballet ruso en EE UU. Fue precisamente su traslado a Nueva York, en los años 30, el que le permitió desarrollar el estilo ‘balanchiniano’: una forma neoclásica de bailar que, a partir del estilo académico ruso, evolucionó hacia los nuevos gustos estadounidenses. Largas horas de ensayo con sus bailarines forjaron otra de sus grandes aportaciones: la perfecta simbiosis entre música y danza, para la que se apoyó en su amigo, el gran compositor Igor Stravinski. Ese fue el germen del New York City Ballet que fundó en 1948.

ALICIA ALONSO
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ALICIA ALONSO

El ímpetu. La heroína del ballet cubano cuenta que en una función en Argentina recibió una ovación de 45 min. y que salió a saludar 49 veces. Tiene alma de diva pero, sobre todo, de luchadora. En un país carente de tradición de ballet, Alicia se empeñó en desarrollar su vocación de bailarina y llegó a fundar el Ballet Nacional de Cuba, que aún hoy dirige. No tuvo un camino de rosas: a los 19 años una enfermedad en los ojos le dejó parcialmente ciega. De no ser por su carácter optimista, el mundo se habría quedado sin sus maravillosas interpretaciones de "Giselle" y "Carmen".

ROLAND PETIT
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ROLAND PETIT

La versatilidad. A pesar de su mirada penetrante y pose marcial, el balarín y coreógrafo Roland Petit supo adaptarse a los tiempos, partiendo de una base puramente clásica al frente de su primera compañía, Les Ballets de París, y evolucionando hacia innovadores trabajos con el Ballet de Marsella, como el "Pink Floyd Ballet", con la actuación en directo del mítico grupo de rock. Pero Petit es ante todo un maestro camaleónico que tiene intuición para sacar lo mejor de sus bailarines valiéndose de una técnica pulcra y exigente. La española Lucía Lacarra, su última musa, siempre le agradecerá que le enseñara a interpretar, porque si algo domina Petit es el dibujo de los personajes, como lo demuestran sus grandes protagonistas: "Carmen" y "El jorobado de Notre-Dame". Él, cuya vida es la historia de la danza del siglo XX –y del XXI, ya que sigue en activo– se queja de la falta de coréografos clásicos actuales.

MAURICE BÉJART
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MAURICE BÉJART

El mestizaje. La genialidad del recién desaparecido Béjart reside en que jamás diferenció la danza clásica de la contemporánea y que en su compañía Béjart Ballet Lausana confluían danzas hindúes, africanas, flamenco… “Con ellas el cuerpo hace lo que quiere. Luego ya todo depende de la inspiración del creador”. Y en este caso el creador, además de bailarín y coreógrafo, era filósofo, amaba viajar, adoraba la cultura japonesa y derrochaba tal imaginación que mezclaba en escena a Mozart con Freddie Mercury o cambiaba las mallas por jeans. A pesar de las críticas, sacó el ballet de los teatros y lo llevó a plazas y polideportivos, en su obsesión de convertir la danza en el arte del siglo XX.

RUDOLF NUREYEV
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RUDOLF NUREYEV

El temperamento. De él se ha dicho que ha sido el mejor bailarín del siglo XX y un hombre con un gran temperamento. Si es verdad que el nacimiento determina mucho el carácter, debemos recordar que Nureyev vino al mundo en un tren entre Siberia y Vladivostok en un momento muy complicado de la historia de su país. De hecho, tras impresionar a la audiencia parisina, desertó de la URSS y se forjó una extraordinaria carrera, primero como estrella del Royal Ballet de Londres y, más tarde, como director del Ballet de la Ópera de París. Su promiscuidad y su orgullo acabaron convirtiéndose en su sentencia de muerte, pues contrajo el sida en los 80 y rechazó tratamiento.

ISADORA DUNCAN
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ISADORA DUNCAN

La libertad. La revolución de la danza nació en la costa de California encarnada en una niña que entendió el movimiento como un juego. Primero, imitando las olas del mar; luego, bailando las partituras de Mozart y Chopin que su madre le enseñaba al piano y, más tarde, inspirándose en las ninfas clásicas del British Museum o del Louvre para sus rompedoras puestas en escena, vestida únicamente por una túnica vaporosa y con el pelo suelto. Siempre dijo que era su alma la que bailaba, no su cuerpo, un alma libertaria que abanderó el triunfo de la Revolución rusa y las incipientes vanguardias europeas, pero también un alma marcada por los escándalos y las tragedias que le persiguieron hasta su cinematográfica muerte por estrangulamiento en Niza, cuando su bufanda se enganchó en la rueda automóvil en el que viajaba.

MAYA PLITSÉTSKAYA
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MAYA PLITSÉTSKAYA

La elegancia. Dicen que ingresó en la escuela del Teatro Bolshoi gracias a una reverencia en la prueba de selección, en la que demostró su gran sensibilidad para la danza. Le venía de familia. De su madre, actriz dramática, heredó esa expresividad que dotaba de fuerza a sus históricos personajes: "Ana Karenina", con partitura de su marido, el compositor Rodion Schedrin, o "Isadora", de Maurice Béjart. Su padre, bailarín, le inculcó la técnica precisa que pronto adquirió y transmitió a sus alumnos, entre los que se encontraban los artistas del Ballet Clásico Nacional de España, que la estrella dirigió entre 1987 y 1990, y que la ligó tanto a nuestro país que acabó adoptando la nacionalidad española. Quizá pesaban sobre su elegante espalda aquellos años en los que se convirtió en icono del regimen comunista ruso, con el que nunca comulgó. Su grácil forma de moverse y sus ágiles pasos, que parecían desafiar a la gravedad tanto sobre el escenario como fuera de él, han hecho que Maya Plitsétskaya haya pasado a la historia mundial del ballet con el sobrenombre de ‘reina del aire’.

ANNA PAVLOVA
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ANNA PAVLOVA

La poesía. Como si estuviera predestinada a representar "La muerte del cisne" una y otra vez sobre el escenario, Anna Pavlova nació frágil y se crió en el campo ruso, rodeada de aves, insectos y flores que inspiraron sus futuros papeles. Con interpretaciones memorables como "Giselle" o "Las Sílfides", al lado de Nijinski, dio la vuelta al mundo, y su fuerte disciplina, aprendida de sus maestros Marius Petipa y Michael Fokin en la Escuela del Ballet Imperial, le impulsaron a llevar el ballet a los límites de la perfección fundando su propia compañía. Minutos antes de su muerte, se resistía a abandonar a su público y le daba a su ayudante la siguiente indicación: “Prepara mi vestido de cisne”.

VASLAV NIJINSKI
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VASLAV NIJINSKI

El talento. Sobrenatural de Nijinski marcó un antes y un después en la historia del ballet. Hijo de bailarines polacos, ingresó en la época dorada de la Escuela del Ballet Imperial de San Petersburgo. Pero fue su encuentro con el mecenas Diaguilev –con quien mantuvo una atormentada relación sentimental– el que le lanzó al estrellato con grandiosos papeles en "Scheherazade" o en "El espectro de la rosa", con los que el bailarín realizaó el gran salto a la fama mundial. Nijinski aprovechó su fama para romper con las formas clásicas incorporando movimientos angulosos, casi eróticos, que causaron escándalo. Cuando estaba en lo más alto, Nijinski entró en un proceso de locura que truncó su carrera.

Las personas que aparecen en este reportaje merecen un puesto en la revolución que abrió la danza a nuevos caminos hace más de un siglo. Todas ellas se propusieron bailar para expresar su angustia frente al vacío de una nueva sociedad, industrial, amenazada por las guerras, el fracaso del capitalismo o la emancipación de la mujer.

Tuvieron que romper con la serenidad del mundo romántico del siglo XIX para explorar la violencia del movimiento y abrirse a culturas desconocidas, danzando hacia la esencia de un movimiento nuevo, despojado de toda fastuosidad carente de fondo.

Y en esta aventura unos –entre ellos Pavlova, Nijinski o Petit– revolucionaron el arte del ballet, mientras otros, como Balanchine, Martha Graham o Isadora Duncan, dieron pasos agigantados hacia la danza contemporánea que ha llegado a nuestros días.

Hijos todos de una misma época, muchos de ellos trabajaron juntos en esta empresa y dejaron el terreno abonado a las siguientes generaciones del siglo XX. Cada uno poniendo en movimiento lo mejor de sí: energía, libertad, talento o elegancia para explotar las infinitas posibilidades de la obra de arte que es el cuerpo humano.

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