El museo riojano que lo sabe todo sobre vino: visitamos su asombrosa colección

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Antes de entrar en el museo, no es posible imaginar todo lo que se atesora en el interior: un espacio increíble por interiorismo, diseño museístico, contenido y concepto, nunca visto antes en Europa, Estados Unidos o Australia, que le ha llevado a ganar en Melbourne la calificación de Mejor Museo del Vino del Mundo. (Foto: Omar Ayyashi)

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El Museo de la Dinastía Vivanco es modélico por la política museística adoptada, con la utilización sabia y conjunta de espacios, imagen, sonido, señalización y visualización perfecta de todo aquello que se precisa para entender lo que se quiere explicar. La transición de unas salas a otras a través de rampas hace que el paseo resulte más placentero. Dentro tiene cabida todo lo que esté relacionado con la uva y el vino, sean máquinas, objetos, olores, sabores, materiales y arte de todo tipo desde el más antiguo al más actual. (Foto: Omar Ayyashi)

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El edificio del museo, diseñado por el arquitecto J. Marino Pascual, fue concebido con dos objetivos básicos: integración en el paisaje y utilidad y funcionalidad. Por ello, no agrede al paisaje verde de miles de viñas sobre el que se asienta. Domina el suave color dorado de la tierra con el contraste de dos colores básicos: el verde de los viñedos y el rojo de las uvas. El agua, en forma de estanques y fuentes, confieren al lugar una atmósfera de reposo. Hay frente a la fachada un espacio ajardinado “plantado” de esculturas coloristas, que no son otra cosa que troncos de viejas cepas de formas caprichosas, que ha utilizado sabiamente la pintora Nela Escalera.

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Se inicia el recorrido en una imponente nave, de plata basilical, con una zona central diáfana que está rodeada por once salas, ordenadas a modo de capillas laterales, dedicadas a los diversos procesos de cultivo y de la elaboración del vino. En la primera, dedicada al origen del vino, el visitante recibe información que arranca hace más de 8.000 años. Se exponen objetos de cerámica y bronce relacionados con el vino, auténticas joyas que proceden de 3.200, 1.027 ó 715 años antes de Cristo procedentes de culturas egipcias o chinas. Se sitúa en el 6.000 antes de Cristo el cultivo continuado de vides en la región transcaucásica. A través de gráficos, mapas e imágenes se marca el recorrido que siguieron los cultivos hasta llegar a La Rioja en tiempo de los romanos. (Foto: Omar Ayyashi)

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Un aliciente externo del museo es su situación privilegiada en el mapa de la Rioja: en un pañuelo, Briones, Haro, Santo Domingo de la Calzada y Ezcaray, todo a tiro de piedra... en coche. El visitante no debería perder la oportunidad de conocer Briones, un pueblo encaramado en una loma, lleno de sinuosas calles empedradas, tachonadas de casonas llenas de historia, que desembocan en una plaza. Hay una imponente iglesia que vale la pena visitar aunque solo fuera para ver el coro. Hay una casa rural recomendable, El Mesón.

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La colección de arte y arqueología con relación a la uva y al vino, que es el orgullo de la familia, y que deja sin habla al visitante. En una sola planta se atesoran valiosísimas piezas de bronces y estelas funerarias egipcias, cerámicas y ritones (recipientes para ofrendas a los dioses) de la Grecia y Persia clásicas, frontales de sarcófago romano en bronce (siglo iii a. C.) y toda clase de representaciones de Osiris, Dionisio y Baco, dioses egipcio, griego y romano, respectivamente, ligados al culto al vino. Y, además, mosaicos, espejos y esculturas romanas con representación de uvas o vendimias. (Foto: Omar Ayyashi)

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Además de la sala de barricas (en la imagen), protagonista del museo, el visitante que ama el cine tiene una sorpresa: una salita donde se proyectan escenas de películas en las que la vendimia o el vino es protagonista. Entreveradas aparecen opiniones de actrices y actores españoles que aman el vino. (Foto: Omar Ayyashi)

Maravillosa colección de objetos
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Los objetos y artilugios, como los que aquí enseñamos, en torno al vino forman parte del atractivo de este museo irrepetible. 

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Los objetos y artilugios, como los que aquí enseñamos, en torno al vino forman parte del atractivo de este museo irrepetible. 

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Los objetos y artilugios, como los que aquí enseñamos, en torno al vino forman parte del atractivo de este museo irrepetible. 

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Los objetos y artilugios, como los que aquí enseñamos, en torno al vino forman parte del atractivo de este museo irrepetible. 

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Los objetos y artilugios, como los que aquí enseñamos, en torno al vino forman parte del atractivo de este museo irrepetible. 

Se trata de un enclave privilegiado, en las estribaciones de la Sierra de Cantabria y a orillas del río Ebro, en una zona de microclima. En su rico suelo de arcilla calcárea se asientan viejas cepas en 300 hectáreas de viñedos en los que domina la variedad del tempranillo, que convive con el mazuelo, el graciano y la garnacha.

Con el caldo de esas uvas se elaboran los crianzas y reservas de la selección familiar de la Dinastía Vivanco. Una familia dedicada al vino por cuatro generaciones desde que en 1915 Pedro Vivanco González comenzó a elaborar y embotellar vino en una bodega de Alberite.

A partir de 1940, el negocio creció y se amplió sucesivamente con la apasionada dedicación de su hijo Santiago Vivanco Yangüela (que creó otra bodega en Logroño) y especialmente de su nieto, Pedro Vivanco Paracuellos, quien compró y vendió vino a los principales productores y bodegueros de la Rioja.

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