Laponia, un lugar donde reina la calma

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Perspectiva de Saariselkä desde el Star Arctic Hotel, localizado en la cima de Kaunispää –cuyo significado es belleza en finés–. Saariselkä tiene la estación de esquí más septentrional de Europa. (Foto: Juan Pelegrín)

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Imagen del bosque boreal durante una sesión de Shinrin-Yoku en el Parque Nacional Urho Kekkonen. (Foto: Juan Pelegrín)

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El parque cuenta con 200 kilómetros de pistas de esquí de fondo, 34 de las cuales están iluminadas. (Foto: Juan Pelegrín)

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El reno, animal ligado a la cultura y la identidad samis desde su pasado como pueblo nómada. (Foto: Juan Pelegrín)

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Estampa invernal del lago Inari desde el restaurante del Wilderness Hotel Inari. (Foto: Juan Pelegrín)

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Anochece en la Laponia finesa y comienza la caza de auroras boreales. La localidad de Inari se encuentra 265 km al norte del Círculo Polar Ártico, una garantía (casi segura) de ver auroras boreales. En la Laponia finlandesa, si el cielo está despejado, pueden verse 200 noches al año. (Foto: Juan Pelegrín)

Finlandia es un país singular. Es decir, “poco frecuente, fuera de lo común o asombroso”, según la definición de este adjetivo. Es el país más feliz del mundo, de acuerdo al informe anual de las Naciones Unidas que mide el bienestar de los ciudadanos conforme a una serie de variables estadísticas y percepciones individuales.

Si, como decía Isaac Newton, la naturaleza se complace con la simplicidad, Finlandia ha hecho de esta máxima la virtud de su identidad. Mantiene el mayor número de bosques vírgenes de Europa –el 65% de su territorio atesora los últimos lugares salvajes a salvo de la actividad humana– y es un referente mundial en cuanto a la calidad del aire. Los finlandeses tienen un fuerte vínculo con la naturaleza, su bien más preciado.

La región de Laponia experimenta ocho estaciones al año. El invierno abarca tres: de la primera nevasca en octubre al paisaje nevado de abril. Desde la colina Kaunispää, el Star Arctic Hotel ofrece una panorámica de la tundra y la taiga que rodean Saariselkä, a 245 km al norte del Círculo Polar Ártico, en la Laponia finesa. El pueblo limita con el Parque Nacional Urho Kekkonen, uno de los más agrestes de Europa y con una superficie de 2.550 km2, escenario inmejorable para practicar esquí de fondo y alpino, senderismo y atisbar la diversidad de la fauna ártica.

La única huella humana se reduce a los refugios para excursionistas y las cercas levantadas por los samis para los 20.000 renos que pacen en este reducto de bosque primario continental. Un entorno salvaje que brinda, además, la oportunidad de sumergirse en el Shinrin-Yoku –baño de bosque–, la terapia japonesa iniciada en los 80 que invita a conectar con la naturaleza y absorber las bondades del bosque a través de los sentidos.

“Nuestra rutina nos hace olvidar que formamos parte de la naturaleza”, apunta Mari Rotko, guía de Shinrin-Yoku, y pasar tiempo en ella es beneficioso para la salud: reduce la presión arterial, la frecuencia cardiaca y respiratoria, la ansiedad y el estrés.

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