Studio 54: el club donde empezó la gran juerga de Nueva York

  • Pantalla completa
La gran juerga comienza
1 de 10
Comparte la fotografía
La gran juerga comienza

En el número 254 de la calle 54 Oeste de Nueva York, a la sombra perenne de rascacielos como el Citycorp Center, entre teatros, bancos y delis, se levanta un edificio de ladrillo color mostaza de tenue inspiración art déco. Su corazón alberga un mito, que descansa, aún más que en sus cimientos, sobre su propia leyenda. La nocturnidad alevosa y la confluencia de talentos son común denominador en sus numerosas reencarnaciones: construido como malograda Opera House a finales de los felices 20, pronto sería reconvertido –tras el crash de la Bolsa– en Casino de París, para, durante el New Deal, acoger el Teatro de la Música del Federal Project de Roosevelt. En la imagen, un abarrotado Studio 54. El logo fue creado por el prestigioso diseñador Gil Lesser.
Fotografía: Getty Images
 

La casa de los famosos
2 de 10
Comparte la fotografía
La casa de los famosos

El 26 de abril Studio 54 abría sus puertas con un multitudinario “¡Ábrete, Sésamo!” –se cuenta que para asegurar el éxito se enviaron 5.000 invitaciones personalizadas– que no se perdieron Mick Jagger y Jerry Hall, Liza Minnelli, Diana Vreeland o Halston, ni el futuro presidente Trump y su flamante primera esposa rubia, Ivana. Warren Beatty, Woody Allen y Diane Keaton o Frank Sinatra se quedaron fuera aquella noche. No sería la única vez, y así, el más que habitual Warhol, daría con la clave del éxito del club al que todo el mundo soñaba con entrar. En la foto, Michael Jackson en los comienzos de su carrera en solitario, un asiduo con mucho flow.
Fotografía: Persson

Puro show
3 de 10
Comparte la fotografía
Puro show

Diana Ross (en la imagen) dándolo todo en la pista de baile. Un vistazo a la nómina de habituales pasma. Citar significa dejarse a tantos como se nombran, pero no podían faltar, además de Warhol y su Factory al completo, Truman Capote, Jackie Onassis, Liz Taylor, John Lenon y Yoko Ono, Al Pacino, Bianca Jagger, Lauren Hutton, Calvin Klein, Divine, David Bowie… El eslogan de una de sus legendarias fiestas de fin de año –en la que se desató, por suerte sin víctimas de gravedad, una tormenta de cuatro toneladas de purpurina– sirve de perfecto resumen: Standing on stardust. Exacto.
Fotografía: Getty Images

Caras habituales
4 de 10
Comparte la fotografía
Caras habituales

Liza Minnelli, habitual en la sala, con su padre, el director de cine Vincente Minnelli, y unos amigos.
Fotografía: Dustin Pittman

Época de desenfreno
5 de 10
Comparte la fotografía
Época de desenfreno

El confeti no era lo único que volaba por la sala, sus rincones y baños, así que pronto comenzaron los encontronazos con la ley debido, sobre todo, a la venta de alcohol sin licencia y el consumo de drogas en el local. En la foto, Halston, diseñador de moda, besa a Elizabeth Taylor en la fiesta de su 46 cumpleaños, celebrada el 6 de marzo de 1978. Detrás, las Rockettes, bailarinas de The Radio City Music Hall.  

El auge del disco
6 de 10
Comparte la fotografía
El auge del disco

La música disco dio paso a Madonna y Cindy Lauper, a Duran Duran y los ‘nuevos románticos’, y viejos y nuevos amigos, de Warhol a Cary Grant, de Brooke Shield o Michael Jackson a Gloria Vanderbilt, volvieron a inundarlo. Pero no se trataba más que de un remake. Como sentenció Pessoa, “la decadencia es la pérdida total de inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida”. En la imagen, Truman Capote, siempre impecable, incluso bailando desatado.
Fotografía: Adam Scull-photolink.net

Cuna de la cultura
7 de 10
Comparte la fotografía
Cuna de la cultura

Paloma Picasso junto a su marido, el dramaturgo y director teatral argentino Rafael López-Sánchez, a su izquierda, y un jovencísimo Javier Arroyuelo, periodista y escritor, también argentino.
Fotografía: Dustin Pittman

Hora de cerrar
8 de 10
Comparte la fotografía
Hora de cerrar

La clásica escena tras una fantástica noche, a la hora de cerrar.
Fotografía: Anton Perich

Una retrospectiva especial
9 de 10
Comparte la fotografía
Una retrospectiva especial Los aniversarios tienen la capacidad de inspirar hasta al más desmemoriado; y cuarenta años, incluso sin llegar a la redondez áurea, suponen una buena oportunidad para reconstruir lo que fue. No olvidemos que el recuerdo es el único paraíso del cual nunca seremos expulsados. Y ya que hablamos de memoria y paraísos, de aniversarios y brillo dorado, la publicación del libro Studio 54 (Rizzoli) resucita no solo la historia del mítico local, trufada de caras y excesos, sino también la del Nueva York de finales de los 70, la revolución sexual, el despuntar de la cultura de las celebrities, la fiebre disco…

Los aniversarios tienen la capacidad de inspirar hasta al más desmemoriado; y cuarenta años, incluso sin llegar a la redondez áurea, suponen una buena oportunidad para reconstruir lo que fue. No olvidemos que el recuerdo es el único paraíso del cual nunca seremos expulsados. Y ya que hablamos de memoria y paraísos, de aniversarios y brillo dorado, la publicación del libro Studio 54 (Rizzoli) resucita no solo la historia del mítico local, trufada de caras y excesos, sino también la del Nueva York de finales de los 70, la revolución sexual, el despuntar de la cultura de las celebrities, la fiebre disco…

“Solo una persona podía contar esta historia”, reza su incipit. Esa persona es Ian Schrager, uno de sus socios fundadores y directores creativos durante su primera, gloriosa y efímera etapa (también promotor hotelero, creador de Morgans Hotel Group y, ahora, del hotel Public, en el que, por cierto, se anuncia la apertura de un espacio de ocio innovador, como Studio 54 en su día, dicen).

[Lea aquí: 40 años de fiestas de famosos]

Sirva su sensual descripción del club para franquear la entrada que tan fieramente guardaron sus porteros: “Una especie de bailoteo sin fin, superintenso con ecos de danza tribal. Era como si la pista se convirtiese en un organismo con vida propia, moviéndose y latiendo, arriba y abajo, respirando una y otra vez, todos al unísono, como si solo fuesen uno”.

A vueltas con el mito
El XX fue un siglo caracterizado por su insatisfecha hambre de mitos, modelos y justificaciones del comportamiento humano que acaban por generar formas de pensar y proporcionan las respuestas necesarias para desentrañar la realidad. Si Studio 54 se convirtió en un lugar  mítico fue por abrir un espacio, en el cenit de la revolución sexual, a la total libertad sexual, por promoverla y exhibirla.

Su vida –al menos en las etapas ‘legítimas’– se inscribe en la intersección de la llegada a la mayoría de edad de la generación baby boomer, el control de la natalidad posterior a esta en los EE UU, la corriente conservadora subyacente en la política norteamericana que llevaría a Reagan a la Casa Blanca y el zarpazo del SIDA, por lo que su doble máxima de apertura de mente y total libertad y sus desprejuiciados encuentros en los palcos se convirtieron en una suerte de recuperación militante de las bacanales de arboleda de Simila, a los pies del monte Aventino. Studio 54 fue un pleasure dome orgulloso de sí mismo cuando “sexo, drogas y rock and roll” aún parecía un inofensivo mantra. La barca pasa, pero el río queda. Esperemos que no se seque nunca. 

Reportajes
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios