Polinesia, el olimpo del descanso y las aguas turquesas

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Lava, arena y fantasía
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Lava, arena y fantasía

Ante todo, el mar, que también es laguna: hay una alrededor de cada una de las islas –entre costas negras de lava solidificada y blanca de arena inmaculada– y el baluarte almenado de la barrera de coral que la defiende. Agua tranquila y transparente, como la mineral de los bebés, pero teñida de turquesa y habitada por un caleidoscopio de peces amarillos, azules, rojos, de rayas y de lunares, algunos fluorescentes, casi psicodélicos: el snorkeling en estas latitudes es un juego suntuoso, pues no sólo se dejan mirar, sino también acariciar, mientras en tierra los frutos crecen en los cinco tipos distintos de árbol del pan indígenas, en los millones de palmeras y en los cultivos de piña, pomelos, tamarindos, papayas y mangos; por no hablar de las flores de hibisco y frangipani, con sus maravillosos olores y colores. (Getty)

Belleza humana y natural
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Belleza humana y natural

Finalmente, está el encanto de la placidez, en la que incluso los pensamientos más agobiantes, esos de los que siempre parece que uno no puede librarse ni siquiera tan lejos de casa, se evaporan como llevados por los alisios; y, por último, la belleza de los polinesios, hombres y mujeres de pelo negro azabache adornado con pétalos y con el cuerpo lleno de tatuajes, en un paraíso en el que florecen aproximadamente 50 hoteles de lujo, que suman 3.000 camas, sólo en tres de los cinco archipiélagos que forman la Polinesia Francesa, a la sazón, las islas de la Sociedad, el archipiélago Tuamotu y las islas Marquesas, donde el lujo “es una virtud noble, que no debe confundirse con el confort”, como decía Jean Cocteau. (Getty)

El lujo virtuoso
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El lujo virtuoso

Son hoteles que aumentan la sensación de edén con su tecnología. Pero eso es lo menos relevante. Lo que cuenta son suntuosidades como la ebriedad del abandono a los colores de los amaneceres y atardeceres, acaso desde el balcón privado, suspendido sobre la laguna, de una villa-bungalow en el hotel Bora Bora Nui Resort & Spa, donde hay una escalerilla que llega directamente al agua y la intimidad es absoluta. (Getty)

La aldea de las 5 estrellas
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La aldea de las 5 estrellas

Con sus cinco estrellas, el Bora Bora Nui Resort & Spa se extiende detrás y delante de una playa blanca de las más extensas de Polinesia. En sus suites hay madera de cocotero, mármol, y escotillas de cristal en el suelo para ver bajo el agua; los tejados son de hojas secas de pandano, y las paredes, de corteza decorada y de peue o bambú trenzado. (Getty)

Placer aislado
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Placer aislado

El spa Miri Miri del St. Regis Resort ocupa, en cambio, 1.200 metros cuadrados de un islote privado: se llega a través de pasarelas a horcajadas de un brazo artificial de la laguna oriental de Bora Bora, que roza y penetra en el motu Omee, donde se encuentra este otro hotel maravilloso, inaugurado en 2006, desde donde zarpan embarcaciones que se adentran en el azul abigarrado del mar y del cielo. (Getty)

Gastronomía y vistas de lujo
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Gastronomía y vistas de lujo

En Papeete, la capital de Tahiti, surge el Sheraton Hotel Tahiti Resort & Spa: 200 habitaciones con vistas a la laguna y al puerto metropolitano (entre 330 y 800 € al día) en el parque perfumado de una antigua propiedad real (Polinesia era una monarquía cuando, en 1880, Pomaré V, su último rey, la malvendió a Francia). Resucitado en 2005 por una vieja gloria de la hostelería del Pacífico meridional, en este Sheraton imperan las lámparas de ostras negras y el feng-shui, pero también el titaifai –un vistoso tejido local para las colchas– y los tiki –esculturas antropomorfas de la cultura indígena–. Parecido es el estilo del Sheraton Moorea Lagoon Resort & Spa, en la zona septentrional de la isla de Moorea, a 25 kilómetros al oeste de Tahití, entre la bahía de Opunohu y la histórica de James Cook: 106 bungalows, 42 de los cuales están en los jardines, siete en la playa, 57 sobre palafitos (entre 390 y 990 € al día), decoradaos con madera kahaia de Tuamotu y bambú, con bañeras de estilo imperial, con patas de latón. (Getty)

Más allá de la perfección
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Más allá de la perfección

el espectáculo superlativo, el verdadero “gran lujo”, está fuera, en el océano, a 16.000 kilómetros de España, entre Australia y California, en el mar más bello del mundo, en la pirotecnia de la puesta de sol, sobre el cielo turquesa y más allá, bajo la montaña encantada e inexplorada que domina las dos bahías, a diez minutos en coche desde el hotel. Allí, entre plantaciones de ananás, surge el Marae Titiroa, un lugar de cultos ancestrales polinesios, un rectángulo de basalto cubierto de musgo hierático a las puertas de un tupido bosque de castaños autóctonos con el tronco hueco: son cajas armónicas naturales, que los sacerdotes percutían para convocar al pueblo a los ritos. (Getty)

Una piscina en el agua
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Una piscina en el agua

La piscina del Resort St Regis de la isla de Bora Bora se funde con el mar, uno de sus principales lujos y atractivos. (Getty)

Villas exclusivas
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Villas exclusivas

El Miri Miri tiene cien villas inmensas, que cuestan un millón de dólares cada una, de madera y mármol, todas con terraza y pérgola, algunas con piscina, jacuzzi al aire libre e incluso helipuerto y embarcadero. Entre ellas, frente a una bahía y a una playa privada, se encuentra la Maison Royale, “la suite más grande del Pacífico”, que mide 1.200 metros cuadrados y cuesta 15.000 euros al día. (Getty)

Acceso privado al mar
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Acceso privado al mar

Las suites sobre palafitos y villas con acceso privado al mar son algunos de los lujos del Bora Bora Nui Resort and Spa. Se trata, según los expertos, de uno de los mejores resorts del mundo. (Getty)

Desde el aire, las islas de Polinesia parecen esmeraldas engastadas con una corona de coral, esparcidas sobre una capa que recuerda un graffiti, el Océano Pacífico, con todas las tonalidades de azul y del añil. Tahití y sus 117 islas no usurpan la fama de paraíso terrenal que les atribuyeron los primeros exploradores europeos, los amotinados del Bounty, Paul Gauguin, Marlon Brando y Jacques Brel. Y es que ningún otro lugar del mundo constituye tal sobredosis de belleza como la que aturde nada más poner el pie en estas tierras paradisiacas.

Sin duda, tenía razón el escritor estadounidense James A. Michener (1907-1977): ¿Cómo se puede describir el lujo emocionante de la belleza exagerada, única y múltiple de la Polinesia Francesa? Lo mejor –está claro– es ir allí a comprobarla, aunque sea una vez en la vida; verlo con ojos propios, a dejar que los sentidos disfruten. Por otra parte, también tenía razón el viejo William Shakespeare (1564-1616): “La belleza persuade sola, sin necesidad de oradores ni traductores”.

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