¿Cuáles son las ciudades más románticas del mundo?

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París
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París

Ningún instrumento más universal para medir el amor que el metro de platino iridiado que se conserva en París. Es posible que las cigüeñas no vengan de allí, pero es, sin duda, la capital planetaria con mayor concentración de nidos de amor. Conocida secularmente como “ciudad del amor”, sus iconos predilectos son un homenaje monográfico a l’amour.
En la imagen de Thurston Hopkins, una pareja se abraza en las orillas del Sena, con la catedral de Notre-Dame al fondo, 1952.

Venecia
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Venecia

Venecia rivaliza con París en la ostentación del título de “ciudad del amor”. En realidad, son complementarias: un paso más allá en la ensoñación que cabría imaginar Sena adentro; una mayor humedad y vaivén de góndola que sobrevendrá a los cuerpos en otra parte del mismo minueto del amor. El suelo veneciano es de musgo y agua, tan resbaladizo y bello como la dársena que aguarda, siempre a remo, a la levitación de los amantes. Su estructura de dédalo, con centenares de puentes y canales, emula los vasos comunicantes del amor; una guía para el extravío y el arte del reencuentro. La ciudad lleva en sus venas la más variada gama, desde el plusmarquismo aventurero del oriundo Giacomo Casanova –con su exhaustivo recuento de 132 medallas amorosas– a la pasión tardía de Gustav von Aschenbach, el célebre antihéroe de Muerte en Venecia, que persigue la belleza inasible del andrógino Tadzio. 

Ibiza
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Ibiza

Más a mano, a las puertas del Mediterráneo, Ibiza es otra que tal baila. Sobre la denominación originaria de “Isla blanca”, por sus fachadas enjalbegadas a juego con las arenas y la luz solar, Ibiza adquiriría también el sobrenombre de “Isla del amor”. En ella se orearon y blandieron los primeros vientos contraculturales. “La cinta al pelo para el pelo encinta”, enarboló un poeta. Desde Walter Benjamin a Pink Floyd, Albert Camus o Roman Polanski, la relación de personajes que han dejado encendido testimonio de los encantos ibicencos no puede ser más variopinta.

Bali
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Bali

Junto a las ciudades continentales -que, en ocasiones, pueden servir de escala para el circuito del love on the road, como el de los legendarios Bonnie and Clyde–, también hay islas que parecen expresamente diseñadas para avivar el duende del amor. Es el caso de Bali, la “isla esmeralda”, considerada la cuna de la universal consciencia divina del amor. Recientemente reavivada como uno de los platós más deslumbrantes para el idilio de los personajes de Julia Roberts y Javier Bardem en Come, reza, ama, Bali ofrece la disposición de una telúrica alcoba a la intemperie. Desde que, a partir de los años 60, Occidente empezó a codiciar con ojos libidinosos el espiritualismo oriental, Bali se convirtió en un carismático referente. 

San Francisco
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San Francisco

En el enamoramiento, tiempo y espacio se dan la mano. A San Francisco le bastó con montar un festival bajo el rótulo de “verano del amor” (en 1967) para convertirse en un icono del amor mundial. A la vera del parque Golden Gate, cientos de miles de personas atendieron al reclamo de John Philips, que exhortaba a venir a San Francisco “con flores en el cabello”. Fue primero la Meca de la contracultura y el movimiento hippy, para devenir luego en la capital del movimiento gay. En la zona comercial del Gran Castro, junto a la barriada neurálgica de Haight-Ashbury, ondea la bandera del orgullo homosexual como un símbolo ineludible de esta ciudad con nombre de cóctel sonrosado.

Río de Janeiro
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Río de Janeiro

Para los que ya conocen La Ciudad Maravillosa, todos los elogios, el de Le Corbusier incluido, son inútiles, insuficientes, escasos. Y más cuando, subidos en el Pão de Açúcar, contemplamos cómo la tarde se derrite tras los terrones rocosos del espectacular litoral de la bahía de Guanabara. No cabe la menor duda: Río es más Río desde la altura, desde el Corcovado, desde el Pão de Açúcar, desde cualquiera de los morros, como son conocidos las formaciones rocosas que la circundan.

Las Vegas
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Las Vegas

Si hay amores que matan, otros frenan la destrucción. ¿Cómo no recordar la entrañable historia de amor entre el etílico personaje de Nicolas Cage y la salvífica prostituta que encarnaba Elizabeth Shue en Leaving Las Vegas? También un motel en una selva de neones puede servir de tierno tálamo. Si el espectro es tan amplio como la definición que ofrece Luis-Ferdinand Cèline en Viaje al fin de la noche, “el amor es el infinito al alcance de los perros”, hay lugares que, por impropios, resultan ser los más propicios. Para desmentir el refrán de afortunado en juegos, desafortunado en amores, parece concebida esta ciudad dormitorio insomne, donde se vive el amor-exprés como antaño la fiebre del oro. Bastará poner a Elvis Presley por testigo, para celebrar matrimonio sin salir del automóvil. 

Mikonos
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Mikonos

La isla griega de Míkonos se encuentra en el centro del archipiélago de las Cícladas, entre las islas de Tinos, Delos, Siros y Naxos. Míkonos, cuyo nombre se escribe de diversa maneras (Mykonos, Míconos) es una isla pequeña, con menos de 90 km 2, pero mundialmente conocida gracias a sus playas y su diversión. Las discotecas, junto a la playa y la música electrónica, son sinónimos del verano y del invierno en Míkonos, no en vano se ha llamado a Mykonos la Ibiza de Grecia. Además de por sus discotecas y fiestas en la playas, Míkonos se ha convertido en una isla simbólica del movimiento del arcoiris. Un ejemplo de apertura y diversidad, de necesaria imitación. En este mundo convulso que nos ha tocado vivir, Mykonos, una isla libre y abierta, acoge al viajero sin hacerle preguntas, esperando que del intercambio sólo salgan cosas mejores. Un puntito de esperanza, una luz que brilla en la noche y que nos llama, como un faro en mitad del mar. 

Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos, señala Pere Gimferrer, en simétricos planos reversibles. Tan inconmensurables como el mar o tan determinados como la isla de Citerea, a la que se embarcan sin remisión los amantes, esos símbolos están necesariamente referidos al espacio.

¿Quién no atesora su propia geografía del amor, con paisajes y rincones venerados? Es lo que el filósofo Gaston Bachelard ha llamado la “topofilia” sagrada que nos constituye, desde espacios a la intemperie a recovecos íntimos, capaz de organizar nuestros afueras y nuestros adentros.

De hecho, desde los amantes de Teruel o de Verona, o los jóvenes guanches Jonay y Gara –de cuya inmolación brotó para siempre el parque de Garajonay, en la isla canaria de La Gomera-, a la Salamanca de Calixto y Melibea o Las Bahamas de Penélope y Javier Bardem, el amor es siempre cosa de tres: los dos amantes y el lugar en que se escenifica el encuentro.

Hasta tal punto es determinante el recinto en que se celebra el amor, que éste continúa, muchas veces, a la espera, más allá de las vicisitudes de los amantes, como sucede con 'Venecia sin ti', del genio eterno Charles Aznavour, o el París que aún aguarda la anhelada reposición del beso de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en el aeropuerto de Casablanca...

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