India, de la tradición al lujo: viaje por los 'mahal' más espectaculares

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Atardecer en el Lake Palace, en Udaipur, ciudad al sur del desierto de Rajastán. 

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El Umaid Bhawan Palace es una inmensa mansión art déco construida entre 1930 y 1940 por el entonces maharajá, Umaid Singh, que quiso erigir un monumento a la modernidad. en la imagen, la fachada. 

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El hall del Umaid Bhawan Palace, con 347 habitaciones, una cúpula de 56 metros e interiores art déco. 

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El ujier del palacio de mármol blanco de la cadena Taj Hotels.

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La suite Maharani en el Deogarth Mahal Hotel, en Deogarth, construido en 1670.

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El Devi Garh Mahal, cerca del pueblo de Delwara, construido en 1760 por el maharajá Raghudev Singh II y transformado en un hotel.

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Ejemplo del minimalismo que caracteriza la decoración de este hotel.

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Pushkar, una ciudad construida alrededor del lago más sagrado de India, con los ‘ghats’, las escaleras que conducen al agua, donde se realizan los rituales de purificación.

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Cada estado de India tiene sus peculiaridades culinarias, y las de Rajastán han sido fraguadas por el estilo de vida de los guerreros rajputas, siempre involucrados en largas campañas bélicas lejos del hogar, y por el hecho de que, durante siglos, la fruta y las verduras frescas han escaseado en el desierto rajastaní.

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Las mujeres se engalanan con joyas de oro y plata. lLos hombres llevan los pagri, turbantes de hasta 25 metros de largo, y los safa, más cortos y anchos.

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Las haveli azules, las casas de los comerciantes teñidas de azul añil para ahuyentar los mosquitos, ofrecen a los viajeros las más coloristas mercancías

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Decoraciones típicas de la tradición india.

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Una lujosa suite del Lake Palace en Udaipur, ‘la ciudad blanca’.

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Una estancia del Lake Palace, en Udaipur, con arcos polilobulados, frescos, incrustaciones de piedras y hasta un lujoso balancín.

La cantinela de los vendedores ambulantes de té con leche, que repiten incesantemente “chai, chai garam” (té, té hirviendo), se suma al caos de la plaza del reloj y del Sardar Bazaar, en la ciudad vieja de Jodhpur, donde se encuentran desde especias hasta un delicioso jugo de caña de azúcar, desde damascos hasta pashminas de Cachemira.

La antigua capital del reino de Marwar –uno de los 21 “estados” fundados por los distintos clanes rajputas que durante un milenio dominaron Rajastán siguiendo códigos caballerescos similares a los de la Europa medieval– está custodiada por el Fuerte Meherangarh, encaramado sobre un alto risco, desde el que se divisa una cascada de haveli azules (las casas de los comerciantes, pintadas de azul para ahuyentar los mosquitos) que cubre las pendientes hasta la llanura.

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Para llegar al fuerte hay que adentrarse en el laberinto silencioso de callejuelas, por donde transitan gráciles figuras femeninas envueltas en saris fucsias, turquesas, naranjas, verdes o amarillos, llevando tinajas de metal sobre la cabeza o meciendo a un recién nacido.

Como estela dejan el tintineo de las tobilleras de plata y el resplandor de las pulseras de cristal a tono con sus vestidos, salpicados de espejitos y abalorios. Tienen grandes ojos, que con las rayas oscuras del maquillaje resultan más profundos. Observan las sedas que muestra un vendedor o los recipientes de barro de otro puesto, se paran a mirar los carteles descoloridos de películas, medio despegados de las paredes. 

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