El arte de saber beber con elegancia

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roger moore
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roger moore

Roger Moore fue primero El Santo, y luego James Bond, y, también, a todo lo largo de su carrera y de su vida, un ‘gentleman’ de pies a cabeza. Hay que ser elegante por naturaleza para no descomponer la figura cuando se practica el difícil arte de beber Martini sin soltar el pitillo. Y, sobre todo, para no vaciar la copa sobre la camisa ni quemarla con la brasa de un cigarrillo de tabaco de Virginia. El sentido del humor ligero dotó de un aura especial a todos los personajes que interpretó Moore… Y lo hizo siempre sin despeinarse.

miles davis
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miles davisPor ejemplo, con Miles Davis a la trompeta, de la añada del 58. Muy ‘cool’. De cuando ‘cool’ no quería decir ‘guay’. Mejor si el club es un recinto pequeño. Tiene que flotar el humo de los cigarrillos en el aire. Desde las esquinas, unos pocos focos producen fuertes contrates de luces y sombras. En una mesa, en segundo término, la melena rubia ligeramente ondulada de una mujer bella. A su lado, un hombre en mangas de camisa y copa en mano. Pies que marcan sin aspavientos los ritmos complejos. Y en las copas dominan los destilados. El fresquísimo gin tonic. El whisky con cubitos pero sin agua. Un cuba-libre de ese músico caribeño que se ha traído de su tierra un grito: “¡Azúcar!”, y mucha salsa para bailar.
ernest hemingway
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ernest hemingway No solo fue un grandioso vendedor de su obra literaria. También vendió de maravilla su propia persona e incluso la docena larga de lugares (desde Pamplona al Kilimanjaro; desde Madrid a La Habana) donde trató de sacarle a la vida todo su jugo. Ernest Hemingway contribuyó como nadie a la fama mundial de dos de los combinados basados en licores destilados: el mojito y el daiquiri. De este último se dice que Hemingway tomaba una docena diaria y luego, cuando por fin abandonaba El Floridita camino de su hotel, se llevaba “otro para el estribo”.
Duques de Windsor
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Duques de WindsorLa buena ginebra, la London Dry, sabe a esa gentileza específica de la gente educada de las Islas Británicas. La firmeza con la que camina un caballero británico, la soltura con la que lleva el traje, el nulo envaramiento… Virtudes que se concentraron de forma esencial en el Duque de Windsor. Ni siquiera le faltó la guinda de una historia de amor por la que renunció al trono. Fue rey solamente a lo largo de diez meses y 21 días. Dijo que no era capaz de hacer frente a la responsabilidad del monarca sin el apoyo de la mujer a la que amaba, y dimitió. ‘Very British’.
Harry Craddock
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Harry CraddockLo dijo James Bond. Es decir, que lo escribió Ian Fleming. El autor de las novelas del agente 007, admirado por Javier Marías, era todo un señor y un experto en elegancias varias. Por eso su personaje sabía que un Martini de verdad es un combinado que alcanza la perfección cuando el ‘barman’ no utiliza la cucharilla larga para revolver la ginebra y el vermut con los cubitos de hielo, sino que agita los ingredientes en la coctelera. Así lo hace en la imagen Harry Craddock, el ‘barman’ del Savoy Hotel, en presencia de Osbert y Sacheverell Sitwell, hermanos y escritores ambos, y de Martyn Roland, encargado del hotel. Es Nueva York y transcurre el año 1927. Luego, se le pone la aceituna. Y listo.
risas y prohibiciones
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risas y prohibiciones Transcurre el año 1926 y estamos en Newark. El puritanismo obtuvo en Estados Unidos su gran triunfo en 1920, con la Ley de la Prohibición, que se aplicó hasta 1933. Quien quiso y pudo, sin embargo, se rió de aquel absurdo. Es cierto que a veces había que amontonarse en los locales ilegales, como en esta divertida escena. Pero qué importa. Un buen trago de bourbon de contrabando sabe casi mejor que el que tomamos en tiempos más liberales.

Desde un frío lago en Escocia hasta el salón de un hotel en el Strand de Londres. Desde un rudo campesino faulkneriano, con su alambique casero junto a un maizal del Gran Sur, hasta el Oak Bar del Savoy en la Quinta Avenida. Desde la soledad y aspereza del cañizal de azúcar hasta la animada barra de La Bodeguita en la vieja Habana. Desde un matorral de grises enebros bajo un cielo nublado europeo, hasta el gin tonic del soldado británico destacado en India, y cuyas hazañas contó Rudyard Kipling.

[¿Dónde se bebe la mejor ginebra del mundo? Pinche para descubrirlo]

Los destilados hacen real el mito renacentista de la coincidencia de los opuestos: son enérgicos sin dejar de ser extraordinariamente sutiles. El proceso químico que se produce en los alambiques los carga de una graduación tan elevada de alcohol que es necesario rebajarlos antes de someterlos al envejecimiento que precede a su embotellado. Nacen en lugares inhóspitos, en climas extremos, pero se toman en lugares hospitalarios y elegantes del mundo entero. Sus comienzos son rudos; sus finales, elegantes. 

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