Cómo se construye un Rolls-Royce. Visitamos su fábrica en Goodwood

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Un entorno sorprendente
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Un entorno sorprendente

Darse cuenta de que uno llega a la planta de Goodwood no es nada fácil. Una rotonda, un cartel que reza Rolls-Royce y una entrada que parece la de una opulenta hacienda. No se ve nada al entrar, sólo un césped cuidado como sólo la climatología y los ingleses son capaces de conseguir y unos pequeños árboles. Nada se intuye, nada se vislumbra, la planta no existe para el ojo humano y el silencio niega su existencia. Pero está allí. (Fotografía: Dani Gallego)

La luz como protagonista
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La luz como protagonista

La luz es el elemento más sorprendente de la planta de Goodwood. Los operarios trabajan en todo momento con una luz natural que incide en las carrocerías listas para ser ensambladas. Grandes claraboyas de forma escultural ponen la iluminación en la planta de oficinas y servicios. (Fotografía: Dani Gallego)

Planta de producción
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Planta de producción

Tras coronar un rasante de la carretera de entrada, aparece, entre estanques plagados de plantas acuáticas, un edificio en forma de ‘U’ con una superficie total de 35.000 metros cuadrados. Es la tan buscada planta de producción de Rolls-Royce. ¿Qué razón había para que no la viéramos? Tan sencilla como inesperada. Está construida en una hondonada del terreno, y sólo tiene dos alturas. Su cubierta queda enrasada con la campiña, de hecho, está recubierta por césped en su totalidad, de modo que se mimetiza con el que la circunda. No cabe duda, su arquitecto, Sir Nicholas Grimshaw acertó de pleno. Pero no sólo en eso, sino también en la estructura misma del edificio, en su adecuación con el medio. (Fotografía: Dani Gallego)

Silencio, se trabaja
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Silencio, se trabaja

Cuando se accede a la planta por la puerta principal, situada en el ala izquierda del edificio, uno se percata de que el silencio es el principio de funcionamiento en Goodwood. Allí trabajan 500 personas, 350 de ellas en la planta, es decir, en las áreas de pintura, línea de montaje, madera, cuero, costura, calidad, verificación, pruebas, etcétera. (Fotografía: Dani Gallego)

Construyendo una obra de arte
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Construyendo una obra de arte

La visita a la planta se inicia desde arriba, observando detrás de uno cómo se acumulan las carrocerías pintadas con el color elegido por el cliente y delante, el comienzo de la operación de ensamblaje. El área de pintura no se puede visitar por razones ambientales. Para empezar, ni el más mínimo ruido. (Fotografía: Dani Gallego)

A gusto del cliente
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A gusto del cliente

Cada día salen de la línea de montaje cinco coches, aunque cada uno de ellos requiere unas 260 horas de trabajo artesanal. En la línea, el primer ruido, mejor dicho, sonido mitigado, es el de los destornilladores eléctricos. Más adelante, una vez se ensambla en un área aparte el chasis con la mecánica, procedente de la planta BMW de Dingolfing, se realiza la ‘boda’ (unión del chasis con la carrocería) sin el menor murmullo, y menos aún cuando se montan los elementos del interior del coche, todos según los requerimientos previos del cliente. El coche está acabado, pero el proceso, no. (Fotografía: Dani Gallego)

El Phantom del siglo XXI
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El Phantom del siglo XXI

Elegancia discreta, modernismo y proporciones perfectas caracterizan al Phantom que se construye en Goodwood. Sus dimensiones, 5,84 metros de longitud, casi dos metros de anchura y 1,63 metros de altura, dan idea de cómo se puede viajar en un interior en el que distinción y lujo se unen para ofrecer lo mejor a sus ocupantes. Revestido con la madera y el cuero más nobles, ofrece su mejor apariencia al recibir la iluminación de los plafones del techo. Pero es a la luz del día cuando mejor se aprecian los detalles con que ha sido concebido. Las líneas rectas del salpicadero responden a la tradición Rolls-Royce. (Fotografía: Dani Gallego)

Trabajo especializado
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Trabajo especializado

La construcción artesanal del Phantom exige que en muchas de sus etapas tengan protagonismo unos operarios especializados en oficios que ya no se ven en las fábricas de coches. Sorprende que en Goodwood sólo trabajen dos robots, pero no que BMW haya mantenido un modo de hacer en el que la mano del hombre pone un sello especial de calidad y distinción. (Fotografía: Dani Gallego)

Esencia humana
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Esencia humana

El factor humano sigue siendo imprescindible para que el Rolls-Royce del siglo XXI mantenga las calidades de antaño. La vista, la paciencia, la destreza, el oficio, la meticulosidad y la exactitud son las cualidades exigidas. (Fotografía: Dani Gallego)

La artesanía más pura
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La artesanía más pura

Los departamentos de madera y cuero son el sancta sanctorum de la planta. En ellos sólo tiene cabida la mano del hombre. En el de la madera se trabajan las más preciosas –roble, nogal, arce, caoba– con limas, tijeras, planchas y pegamentos para lograr la perfecta simétrica de las vetas y de los nudos de las piezas que tienen que revestir el habitáculo del coche. No es cuestión de tiempo, el resultado no puede ser otro que la perfección. Lo mismo sucede en el del cuero. Un total de 16 pieles, cortadas en 450 piezas, se emplean en cada coche. La verificación de posibles arañazos, la exactitud del corte son imprescindibles para que el resultado sea óptimo. (Fotografía: Dani Gallego)

Cuando la mano supera a la máquina
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Cuando la mano supera a la máquina

Todas estas operaciones son prerrogativa de la mano humana. No hay máquina que la pueda superar. Por eso la planta de Goodwood también es diferente, y por eso, un siglo después de su aparición, los nuevos Rolls-Royce siguen siendo, posiblemente, los mejores automóviles del mundo. (Fotografía: Dani Gallego)

Cuando el Grupo BMW adquirió el derecho a utilizar el nombre Rolls-Royce y decidió continuar con la labor de un siglo iniciada por Charles Rolls y Henry Royce, en el ánimo de sus responsables latía la necesidad de conservar y potenciar el espíritu Rolls-Royce. Habían perdido la antigua sede de Crewe en favor de Volkswagen, pero no la capacidad de encontrar otra localización para erigir una planta de producción digna de Rolls-Royce y de sus clientes.

[Todos los que cayeron rendidos a Rolls Royce]

La búsqueda fue rápida, no había tiempo que perder, pero el resultado fue inmejorable: Goodwood. Habrá a quien ese nombre no le diga nada, pero tiene una importante y significativa historia ligada al automóvil. En Goodwood, al lado de un pequeño aeropuerto, se construyó un circuito que con los años se convirtió en uno de los santuarios del automovilismo mundial hasta que un tal Stirling Moss tuvo un grave accidente que le obligó a dejar la competición.

Esta es una de las razones que encontró Rolls-Royce Motor Cars Limited para instalarse allí, pero no la única. También la nostalgia explica su decisión. En sus últimos años de vida, Henry Royce vivió en la zona, desde donde todas las semanas viajaba a Derby para controlar la marcha de su empresa.

Una vez los responsables del Grupo BMW decidieron instalarse en Goodwoood, se pusieron en contacto con Lord March, que les abrió las puertas de modo incondicional. Una superficie de 172.000 metros cuadrados sirvió para que la planta de producción de Rolls-Royce viera la luz en sólo 19 meses y con una inversión de 105 millones de euros.

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