Descubrimos los lugares más recónditos de los cinco continentes

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Yunnan, China
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Yunnan, China

Todavía queda mucho por descubrir en China. Mis caminos aventureros me han conducido varias veces a la Provincia de Yunnan en busca del último matriarcado, situado en las orillas del Lago Lugu, a 250 kilómetros de la foto de las curvas, un lugar remoto en todos los sentidos, y especial, porque casi nadie habla inglés (y aún menos español), no hay fast food, y en realidad nada es fast. En la imagen, la carretera que lleva al apartado y lujoso hotel Banyan Tree. (Fotografía: Anna Nance) 

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Yunnan, China

Hotel Banyan Tree Lijiang: Ubicado a 2.000 metros sobre el nivel del mar, este premiado hotel de lujo se encuentra a 40 minutos del aerpuerto de Lijiang, en el corazón de China. (Fotografía: Anna Nance) 

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Isla Sifnos, Grecia
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Isla Sifnos, Grecia

Existen maravillosos lugares por conocer en las Islas Cícladas. Uno especialmente bello es la isla de Sifnos. Nombrada ya en los textos clásicos por sus riquezas áuricas, es un cúmulo de belleza, desde las mansiones neoclásicas de Artemonas hasta la iglesia de Chrisopigi, pasando por la misteriosa Castro, los centenarios olivares y las siempre transparentes aguas del Egeo. Sifnos es el lugar perfecto para descansar y disfrutar de la tranquilidad más clásica. (Fotografía: Anna Nance) 

Isla Sifnos, Grecia
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Isla Sifnos, Grecia

Imagen del inconfundible aspecto mediterráneo de la isla griega de Sifnos, en las Cícladas. Como recomendación, el Petali Village Hotel: un auténtico remanso de paz y lujo en el interior de esta bella isla del archipiélago griego de las Cícladas. (Fotografía: Anna Nance) 

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Bluefields, Jamaica
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Bluefields, Jamaica

La costa Sur de Jamaica no tiene ni grandes resorts ni pulseras de todo incluido. Es una maravilla de la naturaleza, donde los ríos se mezclan con el mar y la selva con las plantaciones. No es una zona peligrosa para viajar: al contrario de lo que cuentan de las ciudades caribeñas, se puede alquilar un coche e ir descubriendo bahías donde bañarse sin ser vistos. Ello, sin contar que en cada curva de sus carreteras se encuentran chiringuitos de pescado recién hecho, cocos frescos, zumos de frutas… (Fotografía: Anna Nance) 

Bluefields, Jamaica
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Bluefields, Jamaica

Vista interior del Bluefields Bay Jamaica Villas, ubicado a un kilómetro del lugar retratado en la imagen anterior, en el pueblo natal del músico Peter Tosh. Auténtico lujo jamaicano. (Fotografía: Anna Nance) 

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Sabi Sabi, Sudáfrica
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Sabi Sabi, Sudáfrica

Es difícil, en la actualidad, encontrar un safari en África con todas las comodidades, que más o menos asegure que llegues a ver a los Big 5, y no terminar en un atasco de turistas apuntando y disparando (la cámara) desde un minibús. Sin embargo, es posible estar en un baño de burbujas con un vaso de champagne y ver pasar a una jirafa seguida de un rinoceronte. Un mundo de paz con sorpresas, libre de todo aburrimiento y estrés. (Fotografía: Anna Nance) 

Sabi Sabi, Sudáfrica
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Sabi Sabi, Sudáfrica

Sabi Sabi’s Earth Lodge: Ubicado en el célebre Sabi Sand Wildtuin, el lujoso complejo ocupa 65.000 hectáreas en el suroeste del Kruger National Park. (Fotografía: Anna Nance) 

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Franz Josef, Nueva Zelanda
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Franz Josef, Nueva Zelanda

Franz Josef es un glaciar al que se puede ir sin tener que hacer un curso de escalada ni llevar un equipo de expertos para llegar a lo alto. Está muy preparado para el visitante, con muchas opciones de excursiones rigurosamente ecológicas pensadas para pequeños grupos; y resulta realmente fascinante observar esta tierra con sus millones de años de historia moldeada por el hielo y no por el hombre. (Fotografía: Anna Nance) 

Franz Josef, Nueva Zelanda
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Franz Josef, Nueva Zelanda

Aterrizaje en la isla sureña de Nueva Zelanda, célebre por el glaciar de Francisco José. (Fotografía: Anna Nance) 

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"Cuanto más lejos, más cerca, y cuanto más cerca, más lejos", repite, como en una letanía, el narrador de Siberiana, una de las últimas novelas del cubano Jesús Díaz (1941-2002). Esa intermitencia nunca despejada es la esencia misma del móvil que nos impulsa al viaje; la búsqueda de lo que Batjin llamó el “cronotopo”, donde espacio y tiempo, al fin, confluyen y se condensan.

Ya sea desde el transporte más sedentario, enaltecido al alimón por Borges y Lezama, a quienes les bastaba un punto fijo de la pared de la sala de estar para divisar, a través del “aleph” y los “tokonomas”, cada rincón planetario (“los viajes más fascinantes son los que transcurren en los corredores de nuestras casas”, proclamó el autor de Paradiso), o desde el nomadismo más vehemente, tal como describe, por ejemplo, Vargas Llosa el itinerario (polinésico y polisémico) de Paul Gauguin en El paraíso en la otra esquina.

Desde las utopías renacentistas, imaginarias y topográficas –con el descubrimiento, justamente, del ‘Nuevo Mundo’– hasta la implosión de escritores y artistas viajeros, en el siglo XIX, la Tierra era un espacio dual bien contundente, con sus centros cartográficos y sus extramuros de lugares exóticos muy concretos.

Se trataba de achicar a toda costa el finisterre, cimentar de materia geográfica los antiguos confines mitológicos, como las Islas Afortunadas o las Hespérides, que en la Antigüedad clásica se desprendían, como el inicio de una abismal catarata, de las columnas de Hércules. Oriente serviría, como su nombre indica, para orientarse, bajo el candil del madrugón solar, al punto de que solo por la exasperación de creer tomar esa ruta equivocada –como si se tratara de un más allá del Lejano Oriente, y de hecho, lo es, en una longitud esférica–, Occidente descubre el nuevo paraíso en el oeste, con la promisión, mucho más tangible y objetiva, de El Dorado.

Sin embargo, los tiempos modernos (de los que solo nos separa el prefijo post) dieron al traste con esa dicotomía convencional entre el adentro y el afuera, al punto de convertir el edén en una aventura subjetiva. Lo recóndito, tan asociado a la noción de paraíso, alude, obviamente, al paisaje exterior, pero también a una disposición interna, pues lo relevante empieza a ser el ánimo o estado paradisíaco. Frente a la extensión de la pica en Flandes en lugares cada vez más remotos, propia de los exploradores y colonizadores de los siglos precedentes, lo relevante es la embriaguez del descubrimiento, y del redescubrimiento.

Se tratará, en todos los casos, de una Arcadia subjetiva. “Cada cual nace con su propia idea del sur incorporada”, enarboló el poeta. Los mares del sur son, en realidad, una metáfora; un edén acuático, que exige ser achicado desde la propia barca, para eludir el corazón de las tinieblas oceánicas. Se trata ya de hallar “esa inexistente morada que solo existe en mi cabeza”, como escribe Cees Nooteboom en Hotel nómada. “No cuenta el destino, sino el camino, con tal de salirse del circuito del turista clónico”.

Por eso el ojo y la cámara centellean hacia la inminencia (“cuanto más cerca, más lejos y cuanto más lejos, más cerca”) por parajes intercambiables, que revestimos –o redesnudamos– con nuestra impronta. Un camino sinuoso e insinuante en un paisaje abisal; una pagoda en asueto de su condición de emblema para ser, al fin, ella misma; una recóndita bahía insular rumbo al continente, o continental rumbo a la Isla... pero siempre unas nubes, crepusculares o amanecientes (La luz de una nube en otra nube, JRJ dixit), como señales de humo, que nos recuerdan que solo casi –a la próxima curva– hemos alcanzado el paraíso, una materia en la que, por fortuna, siempre seremos pasajeros en tránsito. 

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