Limusinas: la historia del mayor exponente del lujo sobre cuatro ruedas

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Hechas para disfrutar
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Hechas para disfrutar

Las limusinas tienen una particularidad más esencial incluso que el tamaño y el lujo, algo que ya estaba presente en las primeras: se caracterizan por llevar un compartimento cerrado, aislado del que ocupa el conductor y, sobre todo, aislado también del mundo exterior. Además, una limusina no está hecha para correr, aunque pueda hacerlo, –como la Maybach 57 de la imagen, que alcanza los 250 km/h– sino para disfrutar de un paseo diferente o, quien sabe…

Símbolo de poder
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Símbolo de poder

Roma, 11 de noviembre de 1967. Jacqueline Kennedy sonríe desde su limusina. Viene de pasar diez días en Camboya y Tailandia, dispuesta a pasar unos cuantos más en Roma antes de su regreso a su mansión de Estados Unidos.

Ficción y realidad
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Ficción y realidad

En la tradición literaria norteamericana del siglo XX, por ejemplo, nada sería igual sin las limusinas, enaltecidas sobre todo por aquel gran apasionado del automóvil y de la opulencia que fue Francis Scott Fitzgerald:un escritor que jamás tuvo casa propia, pero que se gastaba los royalties generados por sus libros en coches, los más lujosos que pudiera permitirse. Estos por lo general eran de segunda mano y a menudo no estaban en muy buen estado. Pero sus personajes sí eran ricos, riquísimos, y se deslizaban por el mundo a bordo de lujosísimas limusinas.
En la imagen, la limusina R&R Phantom.

Los 90, el momento de la modernización
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Los 90, el momento de la modernización

A finales de los años 90 y sobre todo en los primeros años de este siglo, las limusinas empiezan a mostrar en su interior una serie de artilugios dignos de un emir del Golfo Pérsico. Así, en su interior puede encontrarse un salón con pantallas de plasma y surround, una pista para bailar, incluso un cuarto de baño con jakuzzi para cinco, separado por un tabique del resto del habitáculo, decorado y avituallado como la sala de un enorme chalet de lujo. Y otras ordinarias locuras.

Seña de distinción
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Seña de distinción

El autor, compositor, intérprete y actor francés de origen armenio, Charles Aznavour (París, 1924), considerado en todo el mundo como ‘el embajador de la canción francesa’, se pasea en su limusina por París en 1964.

Carrera hacia la exuberancia
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Carrera hacia la exuberancia

Fue con la democratización del automóvil (es decir, gracias a los primeros modelos asequibles) cuando las empresas europeas Rolls Royce y Mercedes, seguidas más tarde por otras como Cadillac o BMW (en la imagen, una limusina Serie 7), iniciaron la loca carrera hacia la exuberancia.

Glamur en cuatro ruedas
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Glamur en cuatro ruedas

La actriz francesa Brigitte Bardot a su salida en limusina del aeropuerto de Londres, en diciembre de 1968, proveniente de París, donde ha asistido al estreno de ‘Shalako’, su última película.

Los grandes rockeros, a la cabeza
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Los grandes rockeros, a la cabeza

Fueron luego los grandes rockeros, con Elvis Presley a la cabeza, quienes se encargaron de resucitar la fama de la limusina en los años sesenta y setenta. La de Elvis llevaba, por supuesto, incrustaciones en oro macizo. En realidad, de ahí al Hummer H2, con capacidad para decenas de personas, no había más que un paso, que, sin embargo, tardó aún más de treinta años en darse. De hecho, se dio con el cambio de milenio.
En la imagen, limusina LEXUS LS 600h.

El exhibicionismo pasó a mejor vida
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El exhibicionismo pasó a mejor vida

Hoy, vuelve a ser posible la escena de 'El gran Gatsby' en la que el narrador se ríe a carcajadas en el coche en el que cruza con Gatsby el puente de la isla Blackwell, cuando les adelanta una limusina conducida por un chófer blanco en la que brincan y ríen una chica y dos chicos negros de riqueza sin duda muy reciente. Ello, porque las nuevas limusinas de auténtico lujo son mucho más compactas y ya no privilegian el tamaño, sino la clase.

La belleza está en el interior
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La belleza está en el interior

La limusina actual procura pasar desapercibida por fuera y, en cambio, cargarse de valor por dentro. En la imagen, un ejemplo de ello: el Audi A8, hoy en día un modelo, a priori, nada despampanante, convertido en una de las más confortables limusinas. 

Siempre recordaré aquella frase de una chica valenciana: “Prefiero llorar en un Rolls que dar saltos de alegría por la calle”, dijo con la mirada perdida en algún lugar lejano, quizás en el amplísimo asiento tapizado de cuero, con una copa recién servida desde el mueble bar de la enorme limusina que acababa de nombrar.

Tampoco olvidaré jamás la siniestra secuencia inicial de la película Mullholland Drive, dirigida por David Lynch –que también usa la limusina como símbolo del mundo codiciado por todos–, en la que una limusina se desliza colina arriba por una calle de Hollywood. Delante van dos hombres y detrás una mujer sola. La limusina se detiene: “No tendríamos que detenernos aquí”, dice ella. Uno de los hombres se apea para abrirle la puerta, mientras aparece un coche con jóvenes pasándolo en grande, poco antes de que, como suele ocurrir con Lynch, el universo de ensueño se convierta en pesadilla…

En el siglo XX las limusinas entraron a formar parte del imaginario humano como símbolo máximo de la culminación de la riqueza y del poder. Pasa una limusina por la calle y las miradas, cargadas de envidia, se vuelven a observarla, tratando de averiguar qué expresión se dibuja en los rostros de los privilegiados ocupantes de aquella moderna carroza de oro. Porque eso es una limusina. Un objeto de cuento de hadas equipado por la tecnología moderna.

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