Il ballo del lodge: la fiesta más loca del Carnaval de Venecia

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El arte de ocultarse
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El arte de ocultarse

La Plaza de San Marcos y sus alrededores, o las terrazas de los restaurantes junto al Puente de Rialto, que de por sí son dos de los puntos más concurridos de la ciudad, esa noche se convierten en puro bullicio. Para disgusto de muchos, por la calle no todo el mundo va disfrazado aunque, si hubiese que elegir, la reina de la fiesta sería por ahora la maschera nobile, el clásico disfraz compuesto por el tabarro, la capa negra de seda, la baùta, la máscara blanca o negra, de cuero o del más típico cartón piedra, y el tricornio de fieltro: un atuendo que ha llegado a nuestros días prácticamente igual que cuando lo pusieron de moda los nobles del siglo XVII, empeñados en ocultar su identidad para disfrutar sin remilgos del irresistible placer de mezclarse con el pueblo

Como si no hubiera un mañana
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Como si no hubiera un mañana

A medida que avanza esa noche en la que todo parece posible, las góndolas y los taxi-botes remontan el Gran Canal como carrozas de cuento, perdiéndose de pronto por canales más estrechos para llevar a la gente a sus fiestas privadas, dejando detrás de sí estelas de agua, de voces y de risas. Y es que la auténtica razón de ser del Carnaval no es otra que sumarse a la algarabía generalizada como si fuera el último día de la vida.

El templo de la diversión
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El templo de la diversión

Entre Rialto y Ca’Foscari, la magnífica fachada del Palazzo Pisani Moretta, que de día apenas llama la atención entre tanta belleza arquitectónica –en la que es sin discusión la calle más bella del mundo–, profusamente iluminada, consigue atraer todas las miradas. Bañados por los halos de luces multicolores que les enfocan desde la otra orilla, los invitados del Ballo del Doge, la fiesta de máscaras más exclusiva desde que se retomó la celebración del Carnaval, en 1979, son conscientes de la admiración que despiertan a medida que desembarcan en el improvisado muelle flotante que conecta con la puerta principal.

Comienza la fiesta
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Comienza la fiesta

Con toda la ceremonia que requiere la ocasión, van haciendo su entrada, precedidos por los exagerados aspavientos de una corte de pulcinellas danzarines que les dan la bienvenida a la que a buen seguro va a ser la fiesta más especial de sus vidas.

La máscara, la auténtica reina
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La máscara, la auténtica reina

Una pareja de máscaras identifica la veneciana Plaza de San Marcos durante el Carnaval.

Invitados de honor
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Invitados de honor

La función comienza así de la mano de Pulcinella, uno de los personajes más irreverentes de la Commedia dell’Arte, el del traje blanco, sombrero en forma de cono y máscara de nariz alargada, como si hubiesen cobrado vida tras desprenderse de un lienzo de Tiepolo, a la sazón autor de varios de los frescos de los soberbios salones de este Palazzo, frecuentado en distintos momentos de la historia por el zar Pablo de Rusia, Josefina Bonaparte y el emperador José II de Austria, el hermano de María Antonieta, entre otros.

Una anfitriona de lujo
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Una anfitriona de lujo

Antonia Sautter, la emblemática anfitriona, inconfundible en lo alto de la majestuosa escalera de mármol, siempre se reserva el traje más espectacular con diferencia. Ella es quien les ha convocado de nuevo a todos, más para que contribuyan a crear el ambiente único y absolutamente embriagador que, sin excepción, deslumbra a los invitados año tras año, tanto si son primerizos como si son habituales.

Cena de gala
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Cena de gala

Por supuesto, en esta noche no hay nadie que no vaya vestido para la ocasión (ni siquiera la pequeña orquesta que puede apreciarse en la imagen) con un maravilloso traje de época, así que el efecto al entrar sólo podría ser comparable con la sensación de meterse de pronto en una súper producción de Hollywood. La mayoría de los invitados se pone en manos de Antonia y su equipo a la hora de elegir su atuendo, aunque también hay quien se lo encarga a medida con meses de antelación.

El universo de Antonia Sautter
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El universo de Antonia Sautter

En la calle Frezzeria, a espaldas de la Plaza de San Marcos, el atelier Venetia es el centro de operaciones de Antonia Sautter. Conocida dentro y fuera de su ciudad por la devoción que profesa por el arte en todas sus manifestaciones, esta “aristócrata, creadora y emprendedora”, como ella misma se define, parece convertir en algo sublime y refinado todo lo que toca, tal y como sucede con los más de dos mil trajes de época que ha diseñado. Cada uno es una creación única inspirada en un determinado periodo histórico, aunque su favorito es el siglo XVII, y todos pueden alquilarse con decenas de accesorios, desde sombreros y tocados hasta pelucas, adornos de plumas, turbantes, bolsos, bastones, zapatos y joyas antiguas. 

El emporio del Carnaval
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El emporio del Carnaval

Su pequeño emporio lo componen además dos tiendas, Max Art Shop e Il Sole e la Luna, ambas a escasos metros del atelier, en las que se agolpan decenas de máscaras, marionetas de profesionales, ricos terciopelos, zapatos, bolsos, complementos de cristal de Murano, cuadros, muñecas de porcelana y un sinfín de delicados objetos más, elaborados por los artesanos venecianos que forman parte de la cooperativa que la propia Antonia puso en marcha hace quince años.

Fiesta hasta el amanecer
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Fiesta hasta el amanecer

Tras la cena, en torno a la media noche, empieza la fiesta de verdad, que se prolongará hasta altas horas de la madrugada. En función de sus preferencias, los invitados pueden sumergirse en dos atmósferas muy distintas: la palaciega y la más contemporánea. La versión clásica se desarrolla en el piso de arriba, donde, desde el escenario, el maestro de ceremonias Maurice Agosti, que encarna a un perfecto Casanova, instruye a los asistentes en el aprendizaje de los pasos básicos del minueto al son de los violines para dar paso a continuación a una sorprendente sucesión de actuaciones y performances de acróbatas, bailarines y músicos que desatan encendidos aplausos. Mientras tanto, en el salón principal de la planta inferior, el desenfreno carnavalesco alcanza su punto álgido al ritmo del tecno más actual en medio de una ambientación digna de la discoteca más in de cualquier capital europea.

Por las noches, y más aún en las de invierno, Venecia es una ciudad fascinante y desangelada. Es entonces cuando todas las sensaciones que emanan de ella y que tanto han glosado los escritores y poetas que la han conocido a lo largo de los siglos, se acentúan para diluirse después con la neblina, que lo envuelve todo hasta el amanecer. Son sólo unas pocas horas fugaces, en las que cualquiera de sus rincones o de sus miles de canales, puentes, plazoletas, callejones y recovecos, se muestran más misteriosos que nunca. Pero si es la noche de Carnaval, entonces la que se despliega en diversos escenarios es la Venecia más puramente teatral.

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