Sidney, Barcelona y otras ciudades del mundo, desde el cielo

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Dubai. Una metrópoli por las nubes
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Dubai. Una metrópoli por las nubes

Paroxismo del mito del progreso, a ello contribuye su atípica ubicación: el sueño occidental encarnado en Oriente. La ciudad avanzadilla de los Emiratos Árabes, el país más rico del mundo, está que se sale; con rascacielos que, al igual que la inflación de su poderoso nivel de vida, rompen las costuras de las nubes. Su ultramoderno Burj Khalifa es el edificio más alto del planeta, de casi 830 metros de altura. Por supuesto, también el centro comercial Dubai Mall. Emergida por igual del mar y del desierto, se trata del “tótem de la modernidad absoluta”. La imagen parece captada por Wim Wenders o bajo los efectos del LSD (Lienzo de Salvador Dalí).

Hong Kong. La isla hecha a sí misma
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Hong Kong. La isla hecha a sí misma

Pese a la apariencia de una colonia de corales, se trata de rascacielos que despuntan, en una de las ciudades planetarias con mayor densidad de población, aunque, al menos, han sido construidos con andamios de bambú. Cuando China era aún un gigante durmiente, hasta el otro día, Hong Kong (“Puerto fragante”, en cantonés) era su bulliciosa puerta de entrada y salida a Occidente. La mezcolanza de impronta colonial británica y ebullición asiática domina esta ciudad-isla, de vida vibrante y producción febril, como filigranas de kung fu. Una estatua de tamaño natural de Bruce Lee preside el espectacular centelleo de rayos láser próximo al puerto Victoria. Ni la Central Escalator, la escalera mecánica más larga del mundo, de 20 niveles y 800 metros de longitud, alcanzó a ser aquí escalera hacia el cielo.

Las Vegas. Sinuosas carreteras
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Las Vegas. Sinuosas carreteras

Podría ser el circuito destripado de una máquina tragaperras. O una radiografía de la cintura rockera de Elvis Presley en plena actuación. O el rastro del deambular etílico del inolvidable personaje de Nicolas Cage. El atractivo que ejerce la ciudad, acaso la más artificial del planeta, hace olvidar a veces que se trata de un oasis colorido e insomne en medio del desierto de Mojave. Podría ser que el neón rojizo de sus casinos no sea sino reflejo de sus tierras ferrosas, secretamente conducido por las carreteras procedentes del Gran Cañón, las heladas aguas del Mount Charleston o de los relieves del Valle de Fuego.

Barcelona. Bona si la cámara sona
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Barcelona. Bona si la cámara sona

Es un privilegio poder admirar así Barcelona, como desde dentro de la retina –todavía en vigilia, aún inserta en su boceto racionalista– de Antoni Gaudí. El modernista barcelonés resolvió de un solo trazo el problema de la subjetividad en el arte, al tiempo de enaltecer a su ciudad natal: “La originalidad no es otra cosa”, dijo, “que el retorno al origen”, lo cual tiene siempre algo de laberinto. Y otro ilustre vecino de la Ciudad Condal, Vázquez Montalbán, habló de “Barcelonas” para referirse a la urbe irreductible. Por un instante, el Montjuic se hace valle, las Ramblas se desplazan al centro de la memoria. Y, como un faro en un mar cartesiano, o alumbrando el amable dédalo de un jardín versallés, en la imagen emerge la Sagrada Familia.

Delhi. Entre el puzzle y el delirio
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Delhi. Entre el puzzle y el delirio

Cuentan que a la India, aunque sea la primera vez que se visite, hay que ir siempre con el ánimo de la segunda vez. Especialmente a su entrada, en la bulliciosa y descomunal Delhi, el duro contraste en la mente del viajero se duplica con el que se encuentra en su interior. Lo que semeja, en la imagen, un mosaico en un mural, es una megalópolis de casi 30 millones de almas con sándalo en la mirada. Y al desdoblamiento de la Nueva y la Vieja Delhi se le suman muchas más ciudades fragmentarias. Aunque no se vean, están presentes, por ejemplo, las aguas del río Yamuna, que bordean la ciudad como un anticipo del gran Ganges, y el imponente Quitab Minar, el minarete más alto del mundo, con 72, 5 metros de altura; ya integrados en la pacífica geometría del recuerdo del viaje.

Venecia. Canales hacia el mar
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Venecia. Canales hacia el mar

Paul Valèry concibió el mar que baña las urbes como “un techo de palomas”. En Venecia la imagen se exacerba por las cientos de miles que alfombran las baldosas de San Marcos. En el vaivén de góndola de la memoria, las plumas se confunden ahora prensadas con las musgosas dársenas. ¿Dónde los centenares de puentes y canales que iban a dar al mar, como los amoríos de Casanova? Cada cubil podría representar una de las 132 muescas que atesoró ese plusmarquista libidinal. También, los vestuarios para el estilizado Carnaval, o alguno podría ser, incluso, el nicho de Ezra Pound. Pero Venecia desde el aire es, sobre todo, la más cabal culminación de Venecia sin ti; cuando la propia ciudad se esfuma, como le ocurre a Gustav von Aschenbach, el célebre antihéroe de Muerte en Venecia, con la belleza inasible del andrógino Tadzio.

México DF.  Tras lomitas, no más
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México DF. Tras lomitas, no más

Una de las ventajas de la vista aérea es que la contaminación puede emular el difuminado del arte. Es lo que sucede con México DF, una de las más extensas y contrastadas megalópolis del planeta. Si uno aguza, no obstante, el zoom de la mirada, es posible percibir la silueta de un mariachi en la insomne y nunca afónica plaza de Garibaldi. O un detalle de los puntillosos murales de Diego Rivera en el mágico enclave del Zócalo. O, en fin, acariciar incluso la sombra del bigote o el poblado entrecejo de Frida Kahlo en su hermoso y bohemio barrio natal de Coyoacán. Deambulando por sus inabarcables calles, es fácil advertir que esta extraña ciudad fascinante es capaz de reciclarse y enaltecerse a si misma, a partir de lo que, con típico humor mexicano, alguien llamó el detritus federal.

Dogón Village.  La urbe de adobe
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Dogón Village. La urbe de adobe

Es uno de los grandes atractivos de Mali, en África occidental. En una meseta entre montañas, sabiamente equidistante del desierto y de las aguas del Río Níger, se halla este asentamiento de los dogones, una etnia rica en tradiciones, que ha logrado preservar su genuino animismo religioso frente al islamismo mayoritario del país. Más recoleta que su vecina Tombuctú, popularizada por el último Berlanga, nadie diría que esta silenciosa villa acoge a 800.000 almas. Ciudad totémica para una creciente práctica del senderismo, las propias fachadas de adobe de sus casas reiteradas, idénticas las unas a las otras, semejan las máscaras que los dogones emplean en sus rituales. Puertas y ventanas son los ojos asombrados.

Ulan Bator. Pagodas en el desierto
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Ulan Bator. Pagodas en el desierto

¿Quién diría que esos caminos han sido transitados mil veces, entre pagodas y símbolos soviéticos, por monjes budistas e intrépidos mongoles a caballo? Ulan Bator, una de las escalas emblemáticas del Transiberiano, es hoy un paraje de gentes afables, sito entre montañas y llanuras de distribución ecuánime. Un sol gélido puede iluminar el cielo del azul más límpido, sobre el predominio del desierto, que, a su vez, contrasta con el inmenso parque natural del Gobi. Los lugareños son tan nómadas como el trayecto de la cámara del visitante. Aquí, todos los caminos conducen al conjunto monumental de los templos de Chojin, y se dulcifican en presencia del bello monasterio de Gandan.

Sidney. El ‘surf’ de la mirada
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Sidney. El ‘surf’ de la mirada

Imposible discernir si Sidney es la ciudad cosmopolita más pequeña del mundo o la pequeña ciudad más cosmopolita del planeta. Alegre y luminosa, cuajada de exótica vegetación y abierta al mar de un azul diáfano, es una de las urbes más jóvenes: por energía vital y por cronología. Su casona más antigua, Cadman`s Cottage, data de 1816, y se exhibe como una reliquia junto a los aledaños rascacielos o la totémica Casa de la Ópera. Desde ahí se obtiene una vista privilegiada del imponente Sidney Bridge. En Sidney todo está a mano: los comercios en la calle Charlotte y las olas en el centenar de calas que riegan la bahía de Jackson. En sintonía con los miles de portadores de tablas que se dan cita en sus playas, vista de sopetón, la ciudad es un surf a la mirada.

El ojo nunca es ingenuo, proclamó Gastón Bachelard. Entre el tumulto de las grandes ciudades o ante los detalles de las urbes más exóticas, la mirada permanece en combustión; la pupila, acechante. Solo ante la inminencia de la llegada –cuando el destino es aún un mapa o una vista conjunta a través de una ventanilla– o la prueba infalible del retorno, a la salida, con el botín de la memoria reciente, el viajero obtiene una tregua para recuperar la armonía.

[Pinche aquí para ver: África, un safari entre las nubes]

Gentleman propone una vuelta al mundo en diez fotogramas de ciudades emblemáticas. Diez urbes de todo el orbe que, a vista de pájaro, devuelven al viajero el sosiego de la mirada, la soberanía de la imaginación recobrada.

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