Marilyn y Arthur Miller, los Burton, los Kennedy, Picasso... Parejas de ases

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Marilyn Monroe y Arthur Miller
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Marilyn Monroe y Arthur Miller

Nunca estuvo tan bella Marilyn Monroe como en su madurez, los años en que la pizpireta de Hollywood, el cuerpo más deseado del mundo, se unió a un hombre de letras, un tipo con gafas que por no tener no tenía ni un triste agente de prensa. Si antes Marilyn se había casado con la fuerza, en la persona de Joe di Maggio, estrella del béisbol, finalmente lo hizo con la inteligencia de Arthur Miller. Y el cambio le sentó bien. El cine y la fotografía dieron un salto adelante gracias a esta unión que hizo real de nuevo el mito griego de Pigmalión, el del hombre ilustrado que educa y afina el alma primitiva de la mujer. Marilyn no era nada tonta, sino todo lo contrario, y encontró al lado de Miller la poca paz que la vida le concedió. Sólo que Marilyn llevaba en su seno una desazón incurable, e incluso para Miller fue demasiada Marilyn.

Pablo Picasso y Jacqueline Roque
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Pablo Picasso y Jacqueline RoquePicasso las amó a todas, una tras otra y simultáneamente, y sólo hizo parada y fonda cuando encontró a Jacqueline Roque. El pintor vivía en Vallauris, en esa zona tan malagueña del sur de Francia, y desde que la conoció entró en una fase de fidelidad histórica. Ella tenía 27 años y él 73. A Jacqueline la odiaron muchos, todos aquellos a los que ella cerró la puerta, tanto en La Californie, la villa de Cannes donde iniciaron su vida juntos, como en el castillo de Vauvenargues. Pero Pablo la amó como a ninguna, y la pintó y la dibujó una y otra y otra vez, literalmente cientos, miles de veces. El viejo erectando ante la mujer joven fue uno de sus temas desde ese encuentro. Así que se pintó a sí mismo mirándola, sobre todo en las diversas series de “el artista y la modelo” creadas a partir del 53. Y la pintó a ella sola, sobre todo el cuerpo serrano que veía en ella el septuagenario y luego octogenario artista, pero también los ojos, esos ojos que sobre el lienzo se transforman en diamantes y que centellearán para siempre reflejando la pasión del gran voyeur.
Richard Burton y Elizabeth Taylor
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Richard Burton y Elizabeth TaylorLiz Taylor era la niña proletaria inglesa que triunfó en Hollywood. Richard Burton era la voz que decía Shakespeare como un minero. Jamás hubo personas más dispares, ni caracteres tan empecinados, bajo un mismo techo. En el cine hicieron pública su pasión, la fuerza de atracción inmensa que les unía, como en ‘Cleopatra’. Y también la furia enfrentada de sus personalidades opuestas, como en ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’. En cualquier caso, la historia de sus uniones y desuniones, bodas y divorcios seguidos de nuevas bodas, cuenta la única verdad de la pasión amorosa: que no admite la estabilidad, que sólo vive si está agitada por fuerzas magmáticas capaces de destruirla,que es puro riesgo, que construye y destruye con la misma facilidad. El resto es novela rosa.
Frida Kahlo y Diego Rivera
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Frida Kahlo y Diego RiveraEn vida fueron una pareja, y la posteridad les ha conducido a ser otra. La mujer cejijunta y semitullida que aguardaba en casa el regreso del famoso pintor, ha terminado siendo la famosa pintora que, al parecer, estuvo casada con un muralista de cierto renombre. La vida puede ser injusta, pero la historia no lo es, y ha situado a Diego Rivera en el montón de los buenos pintores, para subir a Frida Kahlo al altar de los escasísimos artistas grandes de verdad. Nadie peregrina a casa de Rivera cuando va a Coyoacán para ver la casita azul, sino a casa de Frida, la mujer que supo retratar el alma humana como pocos lo han hecho en el siglo XX. En ese estudio del primer piso de la casa azul de Coyoacán están la gloria y el drama de Frida Kahlo. Incluso en la reconstrucción ficticia, para turistas, de lo que fue su hogar, se nota que Rivera no andaba mucho por casa.
John Lennon y Yoko Ono
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John Lennon y Yoko OnoJohn Lennon no era más que parte de los Beatles hasta que llegó Yoko Ono y descubrió al hombre que compuso ‘Imagine’. Probablemente John nunca fue él mismo, siempre fue lo que otros le hacían ser. Con Paul y George y Ringo su talento creó inagotablemente cancioncillas memorables. Con Yoko llegó a ser la imagen y la voz de los neoyorquinos, de los progres y ricos y modernos y cosmopolitas, esa raza singular que el mundo entero imita. Si John fue el hermano mayor del grupo de Liverpool, con Yoko fue el lado femenino de un matrimonio que exhibía lo que los otros ocultaban: que las parejas se atan en la cama. Ella fue el Pigmalión de la pareja, y él el cuerpo maleable que se dejó esculpir por el elemento más fuerte de los dos. Tenían cuerda para rato, pero llegó un idiota muerto de envidia y le pegó un tiro a John.
Jfk y Jacqueline bouvier
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Jfk y Jacqueline bouvier A algunos les repugna la idea de que alguien pueda amar infinitamente a dos personas en una sola vida, pero Jackie Kennedy amó a John como no se suele amar, y luego repitió, y con los años amó también a Onassis, con el exceso que se supone natural en esta pasión. Jackie era la mujer ideal para el joven Kennedy, el chico de la nueva generación que pretendía cambiar los Estados Unidos, convertir esa nación no sólo en el país más poderoso del mundo sino también el más atractivo, el más deseado. Así fueron John y Jackie, la pareja perfecta porque los dos eran guapos, modernos e inteligentes. Y era natural que presidieran felices el país más grande y feliz de la tierra. Se les veía tan el uno para el otro que el final de su relación tuvo que ser el que fue, una tragedia: John tendido en el coche, desangrándose, Jackie tirada sobre él empapándose en su sangre, llorando desagarrada.
Grace Kelly y Rainiero de Mónaco
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Grace Kelly y Rainiero de MónacoGrace Kelly era actriz pero, sobre todo, una rica heredera de la Costa Este. La rubia preferida de Alfred Hitchcock, la joven elegante, educada y sonriente para la que la sexualidad es un mito oscuro y sucio. Nada más normal que se sintiera tentada por un príncipe mofletudo de la Côte d’Azur, el hombre que le prometía una corona y un trono principescos. Él siguió siendo sólo un título nobiliario, sin más personalidad que el mínimo imprescindible. Ella inventó un cuento de hadas, se convirtió en heroína del antifeminismo, dejó su familia y su oficio, y quiso entrar en la leyenda. Porque el destino de Grace era el de representar la leyenda de Cenicienta, y así lo hizo, concienzudamente, con envidiable profesionalidad. La procesión fue siempre por dentro, hasta el dramático final, porque Grace nunca dejó de ser la más angelical, la más bella.

Solemos olvidar que la historia de la burguesía es la negación misma del amor, y que hasta finales del siglo XIX el matrimonio era, para esa clase social, la forma que adoptaban las fusiones empresariales. Acostumbramos a no recordar tampoco que, fuera del mundo occidental, las parejas se unen por conveniencia familiar, y que así son las cosas para la inmensa mayoría de los pueblos del mundo.

Pero no lo tenemos en cuenta porque nosotros, los occidentales, creemos en el amor. Creemos en el amor y, además, creemos que es la única fuerza que debe intervenir en la formación de las parejas. Creemos que siempre une almas gemelas, que si es verdadero dura toda la vida, que sólo merece el nombre de amor cuando es puro, y que en la pureza del amor está la clave de la paz espiritual. Creemos que es el sentimiento más hermoso, más auténtico, y el más fuerte, pues es capaz de derribar barreras inexpugnables.

[Lea aquí: Regalos muy personales]

Por mucho que Quevedo, con aquello del “polvo enamorado”, lo expresara de forma extraordinaria, el amor vive lo que vive, y raras veces se prolonga hasta más allá de la muerte. Quizá fuese conveniente modificar también esta idea y pensar que la mejor pareja es la que llega a ser intensa, aunque sólo fuese durante un año, una semana, un día. Tampoco se cumple en la realidad otro mito asociado al del amor. Ese que dice que esa pasión siempre une medias naranjas, tal como lo contaba ya Platón.

Hablando de elegir pareja, lo más frecuente es que nos fascine nuestro opuesto. Tal vez sea ésta la razón por la cual las parejas no gozan de gran estabilidad, porque contra lo que dice el mito son más bien uniones de opuestos. Por eso, el autor de Romeo y Julieta, ese canto al amor, y sobre todo a la rebeldía individual contra las imposiciones de los clanes, también escribió la más sarcástica de las burlas contra el amor. Pues según el mismo Shakespeare, en Sueño de una noche de verano, el amor es un engaño con el que nos convencemos a nosotros mismos de que los burros son los seres más bellos del mundo. 

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