Las divas de la ópera: de María Callas a Montserrat Caballé

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María Callas
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María Callas

La pasión teatral. Revolucionó el mundo de la ópera con su fuerza dramática excepcional. Callas partía de la condición teatral de los personajes que representaba. Delineaba hasta el último de sus matices sicológicos, mostraba, con la convicción de una heroína trágica, sus más ocultas grandezas y miserias. Era un animal escénico.

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María Callas

Con ella la ópera reivindicaba su condición teatral. Pudiendo simbolizar una manera de antidivismo, se convirtió con el paso del tiempo en la diva por antonomasia. Su vida pública adquirió una gran notoriedad después de su relación con Onassis. ¿Un personaje? Violetta, de ‘La traviata’, en la puesta en escena de Visconti o bien teniendo a Alfredo Kraus como compañero de reparto (Lisboa, 1958). También son muy emblemáticas su Tosca –existe un documento con imágenes del segundo acto completo– o Medea, de la que hizo una película con Pasolini.

Kirsten Flagstad
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Kirsten Flagstad

El sentido dramático. La soprano noruega ha pasado a la Historia como una de las más importantes intérpretes –probablemente, la más– de las óperas de Wagner. Estaba a punto de tirar la toalla en su carrera como cantante cuando fue contratada como partiquina (un papelillo) en el Festival de Bayreuth de 1933. Un año después triunfaba en el mismo escenario como Sieglinde de ‘La Walkyria’ o Gutrune de ‘El ocaso de los dioses’. El Metropolitan de Nueva York reclamó su presencia de inmediato y allí canto Sieglinde, Brunilda, Elisabeth, Elsa o Kundry, situándose en lo más alto del escalafón wagneriano de su tiempo. 

Kirsten Flagstad
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Kirsten Flagstad

Tenía brillo vocal, potencia de emisión, personalidad escénica y una gran capacidad de comunicación. Era como una Callas a la alemana. ¿Un personaje para el recuerdo? El de Isolda. La versión discográfica dirigida por Furtwängler es de las que cortan la respiración.

Mirella Freni
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Mirella Freni

La sencillez. Nació, como Luciano Pavarotti, en el paraíso del vinagre: Módena, y con el tenor italiano de compañero hizo una Mimí de ‘La bohème’, de Puccini, para la posteridad. Tan es así que cuando los viudos de la Callas protestaron en una ocasión contra ella desde los pisos altos en una representación de ‘La traviata’ en La Scala de Milán, en los improperios no la mandaban a casa sino a cantar ‘La Bohème’. 

Mirella Freni
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Mirella Freni

Freni es la viva imagen de la humildad. De hecho posee más el aire de un ama de casa que de una estrella de la ópera. Pertenece al grupo de cantantes-actrices, y sus escenas inolvidables entran de lleno en lo más próximo a la vida cotidiana: como la carta que escribe Tatiana en ‘Eugenio Oneguin’, de Chaikovski. Su Amelia de ‘Simon Boccanegra’, de Verdi, está tan bien perfilada como su ‘Adriana Lecouvreur’, de Cilea. Su papel más emblemático es, no obstante, Mimí.

Victoria de los Angeles
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Victoria de los Angeles

La diva sensible. Se desenvolvió con idéntica maestría en el mundo de la ópera que en el del lied o canción de concierto. Su musicalidad era intachable. Al fraseo y la dicción impecables añadía buen gusto y delicadeza. Ciertamente, convertía en oro todo lo que cantaba. Daba igual que fuese una melodía del Renacimiento que una canción de cuna de Xavier Montsalvatge. 

Victoria de los Angeles
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Victoria de los Angeles

Si hubiese que etiquetar su divismo sería con palabras cercanas. La “diva sencilla”, por ejemplo. En el país vecino la conocían como “la voz de Francia” y los críticos más sesudos la consideraban la mejor cantante “francesa”de la Historia. También el repertorio español lo ha desentrañado como nadie. Su vida privada fue difícil y salpicada por el dolor. ¿Un papel para recordarla? El de la protagonista de la ópera ‘Manon’, de Jules Massenet. Un prodigio de dulzura, sensibilidad y definición sutil del personaje.

Montserrat Caballé
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Montserrat Caballé

La belleza vocal. Tiene una presencia poderosa e inconfundible. Físicamente, es la imagen de la diva de ópera a la antigua usanza. Sus sonoras carcajadas, el desparpajo con que dialoga con el público y su peculiar sentido del humor la sitúan como una persona accesible, popular, incluso simpática. La verdad es que cae bien. 

Montserrat Caballé
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Montserrat Caballé

La belleza de su color vocal es, en cualquier caso, legendaria. Los filados han sido una de sus especialidades. Los administra con una técnica escrupulosa y son especialmente hermosos. Lo que despierta grandes adhesiones a Caballé es la componente instrumental de su voz, su canto ensimismado y preciosista. Si el texto se entiende o no, es, en su caso, una cuestión menor. Escénicamente hace sus pinitos, si está bien dirigida. ¿Una ópera? Pues, quizás, ‘Norma’. Se presta a las mil maravillas al despliegue de su melodismo. Y, en otro estilo, ‘Salomé’, por su encendido lírismo.

Teresa Berganza
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Teresa Berganza

El perfeccionismo. La mezzosoprano madrileña siempre ha presumido de sus orígenes. Ha cultivado con incisividad el repertorio exquisito –Monteverdi, Mozart, Rossini– desde lugares emblemáticos como, por ejemplo, Aix-en-Provence. Su aspiración al perfeccionismo es proverbial y en función de ello le ha cantado las cuarenta hasta al mismísimo Karajan o ha cancelado un buen número de actuaciones si consideraba que no estaba en condiciones vocales óptimas. 

Teresa Berganza
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Teresa Berganza

De volumen pequeño y enorme intencionalidad expresiva a través de un fraseo primoroso, Berganza ha manifestado su condición de diva en detalles como la elección de un esmerado vestuario para sus actuaciones. Fueron esenciales en su carrera papeles como Cherubino en ‘Las bodas de Fígaro’, Rosina en ‘El barbero de Sevilla’ o la protagonista de ‘Carmen’. Ella es, en cierto modo, una mezcla de estos tres personajes.

Renata Tebaldi
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Renata Tebaldi

Transparencia italiana. Representa la ortodoxia del canto. La belleza de su voz, en el más puro estilo italiano, era inconmensurable. Tenía sus partidarios incondicionales que oponían esta actitud “abstracta” del canto por el canto a la “figurativa” en función de la emoción teatral de Maria Callas. Callas-Tebaldi: su rivalidad, o más bien la de sus seguidores, marcó una época en la lírica italiana. 

Renata Tebaldi
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Renata Tebaldi

Tebaldi hacía siempre de Tebaldi. Verdi y Puccini eran sus compositores preferidos. El crítico Rodolfo Celletti dijo de ella que “no hubo otra voz similar por belleza de tono, cremosidad, color y amplitud, una voz de belleza suprema en el timbre, en el acento y en el legato”.  Una de sus grandes bazas fue la homogeneidad de la voz. Mantenía la misma calidad en una gran extensión. Verdi resplandece a través de ella en óperas como ‘Aida’, ‘La forza del destino’, ‘Otello’ o ‘Don Carlo’. ¿Un papel a destacar? Pues, quizás,  ‘Aida’.

Elisabeth Schwarzkopf
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Elisabeth Schwarzkopf

La voz elegante. Una curiosa sensación de serenidad es lo primero que viene a la mente al provocar el recuerdo de la soprano alemana. De serenidad, de refinamiento, de voluptuosidad, de elegancia. La emoción se impone al recrearse en su melodismo cálido. Y un compositor sobresale asociado a ella por encima de todos los demás: Richard Strauss. 

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Elisabeth Schwarzkopf

No es extraño que a partir de los 45 años hiciese balance de su vida y se limitase a cantar únicamente los papeles con los que se sentía más identificada, y que dos de éstos fueran la Condesa de ‘Las bodas de Fígaro’, de Mozart, y la Mariscala, de ‘El caballero de la rosa’, de Strauss. Con ellos sintetizaba, en un hipotético punto de llegada, toda una manera de comprender la vida y el canto. Se refugió en la enseñanza al abandonar su carrera artística e incluso hizo –en Bruselas– una puesta en escena. De ‘El caballero de la rosa’, naturalmente.

Forman un cóctel muy particular entre seres humanos y diosas. Cantan, claro, y además maravillosamente, aunque cantar bien es una condición necesaria pero no suficiente para ser una diva de ópera. Ejercen un magnetismo irresistible y proyectan hacia la sociedad una imagen alimentada por aires de leyenda. Del latín “divus”; del griego “theos”, como “deus”. La etimología resalta el factor divino. El Diccionario Harvard de la Música sitúa a la diva en el mismo plano que a la “prima donna”: la cantante más destacada de una ópera o de una compañía lírica, pero con el añadido de un tipo de carácter “arrogante y con un temperamento altivo”.

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Los caprichos, los agitación de las cámaras fotográficas o de televisión a su alrededor, el desdoblamiento entre la vida social y la actuación en escena, la capacidad de transmitir emociones que lleven hasta la locura, forman parte de la que está alrededor de las divas. Para algunos incluso es algo así como la sal y pimienta de esta historia. Pero nosotros vamos a poner en primer lugar la cosa del canto. Del canto que sacude las entrañas, desde luego. Las divas encajan en un sistema de valores del pasado reciente. Con la hegemonía del cine y, especialmente, de la televisión, el perfil de las primeras figuras del canto ha cambiado a pasos agigantados.

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Las divas de hoy son, digámoslo así, residuales y no poseen las personalidades inconfundibles de las de antaño. Imponen su presencia a través de la voz de una manera menos determinante. Pueden incluso cantar mejor, pero no es eso de lo que se trata. Las divas de hoy miran de reojo su aspecto físico, se cuidan de otra manera, porque saben que cantar en un teatro es solamente la punta del iceberg. La cultura de la imagen impone sus condicionantes. El concepto de la credibilidad de los personajes que ponen en pie se sobrepone a otro tipo de valores considerados, desde una perspectiva actual, antiguos cuando no pasados de moda. Aunque las modas, ya se sabe, cambian cuando uno menos se lo espera.

El mito las envuelve, las protege, las arropa. Y desde el mito dominan el paso del tiempo, se convierten en Historia. Desde el mito y desde la emoción. Sus equivalentes masculinos pueden deslumbrar por la técnica –los tenores, por ejemplo, con sus registros irreales o, al menos, lejanos a la mayoría de los mortales– pero a ellas no les queda otro recurso que la transmisión de emociones. Con la voz, únicamente con la voz. Con la palabra elevada por el milagro del canto. Luego está cada una con su estilo, con su sensibilidad, con su manera de hacer y de decir. Aquí al lado están algunas de las más grandes. No son las únicas, ni mucho menos, pero son, sin lugar a dudas, un trozo imprescindible de la historia de la lírica. / Imágenes: GETTY

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