Kubrick: las imágenes callejeras del cineasta que primero fue fotógrafo

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Fotografía nocturna del boxeador Walter Cartier, realizada en octubre de 1947.

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El actor Montgomery Clift, con 28 años, posa para Kubrick después de su primer éxito en el cine con ‘Red River’. Era marzo de 1949.

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El director de orquesta Leonard Bernstein retratado en la intimidad, también en el año 1949.

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El pintor George Grosz en las calles de Nueva York, en 1948.

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Niños peleándose en la calle, una imagen tomada en Nueva York en 1946, en cuyo encuadre se adivina ya al maestro de la cámara.

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Imagen de la serie 'El mayor espectáculo del mundo', un reportaje sobre el circo (1948).

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El reportero radiofónico Johnny Grant, rodeado de “las chicas del coro”, en 1946.

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Autorretrato de Stanley Kubrick realizado a mediados de los años cuarenta.

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Las fotografías publicadas en este reportaje pertenecen al libro Stanley Kubrick. Drama & Shadows: Photographs 1945-1950, de Rainer Crone, editado por Phaidon Press Limited con 300 fotografías de Kubrick hechas para la revista Look.

Nadie se llevará una sorpresa viendo estas fotos de un tal Stanley Kubrick, que se ganó la vida como fotógrafo durante cinco años, en espera de conseguir que alguien le diera la oportunidad de dirigir películas. El autor de estas imágenes es el joven de pelo corto que se autorretrata con la Leica bajo una luz cenital que resalta el filo de su nariz y la curva ciliar de su frente más que los ojos, pero que valora sobre todo, y extrañamente, las manos. Unas manos dobladas de manera algo afectada y elegante y que parecen enguantadas; manos de mago de circo.

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Su colección es magnífica. En esas fotos juveniles, hechas para llegar a fin de mes, encontramos ya una mirada diferente, una mirada arquitectónica, que esencialmente es la misma que nos dio luego imágenes para toda la vida, como la del ojo pintarrajeado y aterrador del gamberro (Malcolm McDowell) que Kubrick fabricó en una de sus películas más grandes, 'A Clockwork Orange' ('La naranja mecánica').

Kubrick fue de joven empleado de la revista Look, para la que trabajó durante cinco años. Cuando el catedrático de cine de la universidad de Munich, Rainer Crone, le preguntó dónde tenía copias y negativos de su trabajo de la época, su respuesta fue que no tenía nada. Ni siquiera los derechos de autor. Crone y sus alumnos encontraron por fin el tesoro en unos almacenes que tenía en Ohio la Biblioteca del Congreso norteamericano, gracias a una donación de sus fondos que la revista Look hizo en 1952

En efecto, el director formó parte del equipo de fotógrafos de la revista desde 1945 hasta 1950. Y lo que hizo fueron siempre trabajos de encargo, de los que apenas se publicó una ínfima parte en las páginas de la revista. Son fotos de época, fotos de una América de posguerra que todavía no arranca como la gran potencia mundial que llegó a ser a partir de los cincuenta.

A Kubrick se le pide lo mismo que a los demás fotógrafos de la típica revista ilustrada de esos años. Se le pide pura y simplemente fotoperiodismo. Y él cumple con su trabajo, pero lo hace a su manera. Y la suya es una manera de artista que supera de lejos los parámetros periodísticos. Por decirlo con las palabras del propio Rainer Crone, “la principal diferencia entre Kubrick y los fotógrafos contemporáneos surge de forma inmediata por su manera concienzudamente organizada de encuadrar de acuerdo con una finalidad dramatúrgica”. Estos grises, sombras, negros, blancos, son los mismos de su primer cine en blanco y negro: 'Atraco perfecto'.

En el caso de Stanley Kubrick, incluso la fotografía callejera y el fotorreportaje son fruto del ojo que mira más que de la cosa mirada. Y el ojo del fotógrafo, como el del pintor, como el del cineasta, lo que hace sobre todo es construir. Un ejemplo de foto construida es la que pertenece al reportaje sobre los furgones blindados de la policía neoyorquina. Otro, extraordinario, la de su reportaje en el circo familiar, sobrevalorando al hombre vestido con traje que emerge, gigantesco, por la derecha del encuadre, convirtiendo casi en un juguete a los artistas circenses que ensayan su número al aire libre.

Además de componer, como en estos casos, para que la fotografía adquiera esa otra dimensión hay que mirar muy bien. Hay que estar atento a esa expresión, ese ademán, esa actitud, que concentran el estado de ánimo, el aspecto del alma que uno tal vez pretendía ocultar pero que en cierto gesto sale a la superficie con transparencia, con verdad. Exactamente lo que capta la cámara de Kubrick en su serie sobre el más famoso reportero radiofónico de la época, Johnny Grant, que en la foto aparece rodeado por las “chicas del coro”, verdadero tema de la foto.

A Kubrick le interesó siempre mirar al individuo, no como representante de un grupo sociológico, sino en su radical individualidad. Retratar su diferencia, su especificidad feroz y distinta, a veces dolorosa, otras adorable, como ocurre en el retrato del jovencísimo Leonard Bernstein, que acababa de triunfar como director de orquesta sustituyendo –como en el guión de un éxito de Hollywood– al gran Bruno Walter al frente de la Filarmónica de Nueva York. O en los retratos de una actriz que no fue gran estrella, Betsy von Fürstenberg, o de uno de los grandes pintores europeos de su tiempo, George Grosz. Ahí la cámara de Kubrick fue espejo del alma. 

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