El muy literario arte de matar: las diez reglas de la novela policíaca

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Creador de un juramento
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Creador de un juramento

El egregio G. K. Chesterton, creador del Padre Brown, que presidió el Detection Club desde su fundación, en 1930, hasta 1936. Algunos señalan al propio Chesterton (otros a la más solemne Sayers) como el probable responsable del juramento de iniciación: “¿Prometes que tus detectives resolverán entera y verdaderamente los crímenes que se les presenten sirviéndose solo del ingenio que disfrutéis otorgándoles, sin caer en o hacer uso de revelaciones celestiales, intuición femenina, magia potagia, camelos, coincidencias o actos divinos?”. (Foto: Getty Images)

Las 'soirées' del Detection Club
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Las 'soirées' del Detection Club

La idea partió de Anthony Berkeley, más famoso quizás bajo su nom de plume, Francis Iles, con el que firmó Complicidad, estudio criminal que serviría a Hitchcock para regalarnos Sospecha (Suspicion, 1941). A él se le ocurrió que sería agradable reunir, disfrutando de los placeres de la buena mesa, a otros autores policiacos con intereses similares a los suyos. Fue en 1928, aunque no hay registro de actividad del Detection Club, como acabó llamándose este ilustre cónclave, hasta dos más tarde, el año en que murió el ‘padre’ sir Arthur Conan-Doyle. Entre los primeros elegidos, bajo la presidencia del egregio G. K. Chesterton, prestigiosos ‘mayores’ como E. C. Bentley, la baronesa Emmuska Orczy, creadora de la célebre Pimpinela Escarlata, el pionero Arthur Morrison –su Martin Hewitt fue uno de los rivales de Sherlock Holmes– o A. A. Milne, recordado en cambio como creador del tierno osezno Winnie the Pooh. Su mesa la compartieron prometedores novatos llamados a un éxito presuroso: además de Christie y Sayers, Nicholas Blake (alias del poeta laureado Cecil Day-Lewis) o Michael Innes, entre otros. En la imagen, una joven Agatha Christie. (Foto: Getty Images)

Dorothy L. Sayers
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Dorothy L. Sayers

No es poco lo que le debemos a Dorothy Sayers: el celebérrimo 'My Goodness, My Guinness', eslogan de la cerveza más famosa de Irlanda; una traducción canónica de la Divina Comedia y lpor último, pero no menos importante, al exquisito y repelente a un tiempo Lord Peter Wimsey. La seriedad de Sayers desentona con la excentricidad festiva de Edmund Crispin. Bajo ese seudónimo se refugió Robert Bruce Montgomery, compositor, organista y pianista, quién publicó El caso de la mosca dorada, su primera novela, antes de abandonar el Saint John’s College de Oxford. Su obra, como lo demuestran las gozosas La juguetería errante o la recién aparecida Enterrado por placer, muestra un gozoso talento para los diálogos chispeantes, su predilección por la farsa y un (buen) gusto por las citas y los apartes intelectuales. Legendarias las partidas de bridge en su retiro de Totnes con ilustres amigos como Kingsley Amis, Philip Larkin y Agatha Christie. (Foto: Getty Images)

Ngaio Marsh
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Ngaio Marsh

Ngaio Marsh (su exótico nombre de pila proviene de un arbusto oriundo de su Nueva Zelanda natal) tuvo el honor de pertenecer a ese soberano cuarteto conocido como Reinas del Crimen. Su extensa producción suele describir al detalle ambientes artísticos –no en vano Marsh desarrolló una larga carrera profesional en el teatro– y mezcla los elementos policiales con un costumbrismo propio de la comedy of manners. Un hombre muerto y Un asesino en escena, sus dos primeros títulos, acaban de ser reeditadas por Siruela. (Foto: Getty Images)

Margery Allingham
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Margery Allingham

En cuanto a la prolífica y diversa Margery Allingham, entre sus novelas tan pronto encontramos thrillers aventureros de inspiración más o menos buchanesca (esto es, de John Buchan, autor de Los treinta y nueve escalones) como whodunits clásicos, siempre con un punto romántico y Albert Campion, otro dandi investigador, como protagonista. El signo del miedo, está también de actualidad en nuestras librerías, y Muerte de un fantasma pasa por ser una de las cimas del género. (Foto: Getty Images)

Precursores de un estilo
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Precursores de un estilo

Ex-libris (marca de propiedad) del Detection Club en una edición de la novela Enter Sir John, donada por sus autores, y miembros del club, Helen Simpson y Clemence Dane. La novela le serviría a Alfred Hitchcock como base para su primer film sonoro, Asesinato (1930). (Foto: Getty Images)

El decálogo del misterio
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El decálogo del misterio

El reverendo Ronald Knox, teólogo y autor de media docena de enigmas entre los que destaca 'The viaduct murder', enunció en 1929 un nuevo decálogo de riguroso cumplimiento por todo escritor de misterio:

1. La aparición del culpable no deberá aplazarse hasta la caída del telón, amparada en la sorpresa y el desconcierto más absolutos, ni resultar éste un personaje cuyos pensamientos hayamos “conocido” y que se revelen falsos.
2. Nada de fantasmas, abracadabras, ni arte de magia: las explicaciones sobrenaturales están prohibidas.
3. Hay que limitar los pasadizos y cuartos secretos a una austera ración de uno por libro.
4. Se desaconseja el uso de venenos remotísimos –el curare del Amazonas fue un clásico al que acudir en momentos de falta de inspiración– y que no dejan la menor traza, así como de ininteligibles y fatigosas explicaciones científicas.
5. No hay cabida para pérfidos culpables chinos. (Foto: Getty Images)
 

El decálogo del misterio
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El decálogo del misterio

6. Prohibidos también el azar y las casualidades, los accidentes que revelan al culpable o las corazonadas injustificadas (e injustificables).
7. El detective y el culpable no han de ser una y la misma persona.
8. Toda la información o pista de las que disponga el investigador deben ser compartidas con el lector, confiando en su inteligencia e ingenio.
9. El inevitable ayudante –al que el reverendo se refiere como “el Watson”– debe ser agradable, sencillo, bonachón, virtudes que suplirán una falta de inteligencia rayana en la estupidez.
10. Los hermanos gemelos y los dobles no harán acto de presencia a menos que se les allane el camino con maestría. (Foto: Getty Images)

Comprendida entre las dos guerras mundiales, por Edad de Oro se conoce un período radiante y fecundo del relato policiaco que sirvió para desarrollar un canon, esto es, una serie de códigos y convenciones que confluyeron en la fórmula del 'whodunit' (una contracción de la pregunta en inglés “¿quién lo ha hecho?”).

Un puñado de autores descollaron entonces en el delicado arte de confundir al público, dirigiendo su atención a las antípodas de la verdad, hasta el último capítulo. Aquel en el que el detective reúne en torno suyo a todos los sospechosos para revelar, mediante la todopoderosa razón, al culpable.

Los de la Edad de Oro fueron un grupo de escritores maestros en armar enigmas con aire de puzle; ingeniosos, sutiles, a veces truculentos, solo a medias serios, amigos de los crímenes más espantosos y rebuscados que quepa imaginarse, de los pueblecitos de la campiña inglesa, de los personajes que nunca son lo que parecen y de los detectives excéntricos y perspicaces.

Con ellos, un género de literatura popular adquirió certificado de autoría y hasta cartas de nobleza. Y si bien algunos han caído en un olvido que tiene mucho de muerte (nunca mejor dicho), otros como Agatha Christie, Dorothy L. Sayers, Margery Allingham, Anthony Berkeley o Edmund Crispin perviven en los escaparates de las librerías y siguen conquistando nuevos lectores. 

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