Belmonte, Dominguín, Manolete... Los retratos más íntimos de los toreros

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Luis Miguel Dominguín
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Luis Miguel Dominguín

De todas las ‘figuras’ del toreo, probablemente la más ‘figura’ ha sido Luis Miguel Dominguín, tan célebre por fuera de los ruedos como dentro de ellos. Fue amigo de Picasso, Franco le invitaba a cacerías. Picasso ilustró con grabados una ‘Tauromaquia’ escrita por Luis Miguel, y lo llamó, feliz como un niño, a contarle que iban a publicarla en Suecia, en Japón y en Italia. Le respondió el torero: “Será por mi prosa, porque tus dibujitos no se traducen”. Franco le preguntó un día: “Luis Miguel, ¿cuál de los hermanos Dominguín es el comunista? Y el torero le dijo: “Todos los hermanos somos comunistas, Excelencia”. Y todas las mujeres fueron suyas. Desde la propia, la bella actriz italiana Lucía Bosé (en la foto con él), hasta Ava Gardner, la joya de Hollywood. Y por añadidura se dio el lujo de ser, durante 20 años, el ‘Número Uno’ del toreo.

Salvador Sánchez 'Frascuelo'
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Salvador Sánchez 'Frascuelo'

La larga competencia entre el granadino ‘Frascuelo’ y el cordobés Rafael Molina ‘Lagartijo’, partió en dos, casi tanto como las guerras carlistas, la España del siglo XIX: la época del toreo ‘serio’. O, más bien, del toreo brutal. ‘Lagartijo’ era la finura; ‘Frascuelo’ la intrepidez. Con ‘Lagartijo’ estaban los intelectuales de la época. Por ‘Frascuelo’ las damas de la Corte perdían la cabeza y el recato: una duquesa le tiraba al ruedo un reloj de oro con sus iniciales en brillantes, una marquesa una petaca de plata con un corazón de rubíes. Los espectadores corrientes le arrojaban cigarros y palomas con cintas. Y al día siguiente, un revistero ecuánime resumía así su faena al cuarto toro de la tarde: “La perfección absoluta que cabe en lo humano”.

Manuel Rodríguez, “Manolete”
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Manuel Rodríguez, “Manolete”

“Si no sabes torear, pa’ qué te metes”, canturreaban sus detractores sobre la melodía del pasodoble ‘Manolete’. Pero era el que más sabía. El torero que años antes Juan Belmonte había vaticinado que vendría, como se anuncia la venida de un Mesías, y que sería capaz de “torear a todos los toros”. Un torero sobrio, seco, sin alegría, solemne, hierático, trágico: como lo llamó algún crítico, “un torero para después de una guerra”. En efecto, las únicas alegrías de los años del hambre de la posguerra española brotaron de la muleta sobria, seca, solemne, hierática, de Manuel Rodríguez, ‘Manolete’. Y también la tragedia. Cuando el 28 de agosto de 1947 lo mató el toro ‘Islero’ de la ganadería de Miura, en Linares, entre los olivares de Jaén, lloraron las dos Españas. La de aquí, y la trasterrada al exilio de México.

Ignacio Sánchez Mejías
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Ignacio Sánchez Mejías

¿Un gran torero? No. Y, sin embargo, “qué gran torero en la plaza, qué gran serrano en la sierra”, como escribió Federico García Lorca en su ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, que es el más hondo poema elegíaco de la lengua castellana. Lo compuso Lorca cuando a su amigo torero lo mató un toro en la plaza del pueblo de Manzanares “a las cinco en sombra de la tarde”. Además de matador de toros, Sánchez Mejías [en la imagen, en el centro] fue autor de una novela, algunas comedias y una tragedia: ‘Sinrazón’, inspirada en el análisis freudiano y ambientada en el manicomio de Sevilla.

Curro Romero
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Curro RomeroUn torero de Sevilla. Un mito de Sevilla. Un icono de Sevilla. Había que ver a Curro Romero, año tras año, década tras década, inaugurando la temporada taurina de la plaza de la Maestranza sevillana en la corrida de lujo del Domingo de Resurrección, chorreante de oros y de solemnidad como un paso de Semana Santa. Se iniciaba la primavera, reventaban de luz los cielos de abril, olía a romero. Toreaba Curro. El Faraón de Camas. El torero que durante más tiempo ha estado en activo en toda la historia: nada menos que 42 años. Curro Romero fue siempre la cara y la cruz, la agonía o el éxtasis, el triunfo del arte más sublime, o el fracaso del miedo rubricado a almohadillazos. Y cuando fracasaba decían los curristas: “Pero, ¿has visto con qué arte se ha bajado del taxi?”.
José Ortega, “Joselito”
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José Ortega, “Joselito”

Más de 80 años después de su muerte entre las astas de un toro, todavía se guarda por ella un minuto de silencio en todas las plazas de España el 16 de mayo: el joven dios inmolado en el ruedo. Como a los dioses, se le llama por muchos nombres: ‘Joselito’, ‘Gallito’, el ‘Coloso de Gelves’, el ‘Menor de los Gallos’. O, sencillamente, El Más Grande Torero de Todos los Tiempos. Al margen de la hipérbole, a la cual son tan dados los taurinos, Joselito el Gallo tuvo la virtud que define a los grandes artistas: la modestia de la inteligencia, que le permitió asimilar la revolución técnica y estética que traía al toreo su gran rival, Juan Belmonte, con quien había de llevar hasta su muerte el peso de la llamada ‘Edad de Oro’ del toreo.

Antonio Bienvenida
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Antonio Bienvenida

Bienvenida no fue un torero, sino toda una dinastía de toreros. De los cinco hijos, todos matadores de toros –del también matador de toros Manuel Mejías, el ‘Papa Negro’–, Antonio, el cuarto, fue el más famoso. Como todos sus hermanos [en la imagen, en familia, es el segundo desde la derecha], fue muy precoz: mató su primer becerro a los ocho años, y a los 12 se presentó por primera vez en público. “Los niños de Bienvenida” eran, en los años treinta, un espectáculo tan habitual como pudieron ser luego, digamos, los enanitos toreros. Antonio Bienvenida fue un maestro de corte clásico, caracterizado, como dijo un crítico, por su “luminosa prudencia”. Comprensible prudencia: desde muy joven los toros le pegaron cornadas y cornadas, una docena de ellas graves. Ya retirado de los ruedos, lo mató en el campo una vaquilla de tienta.

Juan Belmonte
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Juan BelmonteBelmonte fue el creador del toreo moderno. Se ha dicho que por ser un hombre casi contrahecho tuvo que adaptar a sus defectos físicos las técnicas hasta entonces atléticas del toreo, y que por haberse formado toreando de noche en las marismas del Guadalquivir tuvo que reducir las distancias entre el hombre y el toro, pues sólo así podía saber por dónde pasaba el toro. Y así sustituyó el ‘toreo de piernas’ por un toreo de muñecas, y cambió el aforismo de “o te quitas tú, o te quita el toro” por el principio de que “al toro lo quitas tú, si sabes torear”. Sí. Pero su revolución verdadera consistió en demostrar que “el toreo es una actividad del espíritu”. A los 70 años se suicidó de un tiro, por amor. (En la imagen –sentado en el centro– junto al escritor Ramón Pérez de Ayala; el escultor Sebastián Miranda a su derecha, y el pintor Ignacio Zuloaga, a su izquierda).
Paco Camino
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Paco CaminoLe llamaron “el niño sabio de Camas” porque cuando se presentó en público a los 12 años ya lo sabía todo y toreaba como un maestro. Sin esfuerzo, y con una naturalidad absoluta: como quien lava. Y ese fue también su castigo, pues los críticos dieron en afirmar que no estaba a su propia altura: que si hubiera querido habría hecho mucho más, que lo dominaban la pereza y la indolencia, la “mandanga”. Otros hablaron entonces de la ‘difícil facilidad’. Y tuvo que hacérsela perdonar una y otra vez, nada menos que con diez graves cornadas en toda su carrera: una cada dos años.

En el mundo contemporáneo el oficio de torero es el único en el que la vida se pone voluntariamente en juego. A un soldado le pueden pegar un tiro, un albañil puede caerse del andamio, incluso un rockero puede morir electrocutado por su guitarra eléctrica. Pero el único oficio en el que el peligro de muerte es parte constitutiva y fundamental es en el oficio del toreo.

El escritor Samuel Beckett decía que “ser un artista es atreverse a fracasar”. En el caso de un torero ese fracaso se paga con la vida, cosa que por lo general no le pasa a un poeta o a un músico. Pero, a la vez, se da la paradoja de que ese fracaso técnico y artístico que es la muerte, en el ruedo se transmuta en gloria eterna. Porque el toreo, además de un arte, es un oficio, es un rito, una tragedia, y la consumación de un sacrificio.

Dentro de los toreros hay una categoría especial, difícilmente definible: la de las llamadas “figuras del toreo”. No son necesariamente los que mejor torean, sino los que son más... ¿Qué más? Más. Los que tienen algo más. Los que son otra cosa. Aquí van unos cuantos, unas cuantas “figuras” del último siglo. 

Personajes
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