Visitamos la casa de D’Annunzio en el 80 aniversario de su muerte

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En su salsa
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En su salsa

Detalle de la biblioteca, el lugar que mejor representa a D’Annunzio, en cuya entrada está la inscripción: “Hallarás algo más vasto en la selva que en los libros”.

El dormitorio
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El dormitorio

El lugar de descanso (y otras fiestas nocturnas) de D’Annunzio, llamado ‘stanza della Leda’, en honor de la amante de Júpiter convertida en cisne.

 

Narciso de la perfección
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Narciso de la perfección

D’Annunzio (en la imagen, en el año 1920 en el jardín de su mansión) no es alto, pero es delgado y fibro­so, de rostro ova­lado, mentón y nariz prominentes, ojos pequeños, mirada lánguida, prácticamente calvo, con perilla y bigote en forma de asta de to­ro. Proviene de una familia bur­guesa de la provincia. Adora a su madre, Luisa, “la que casi todas las noches se levantaba pa­ra venir a mi habitación a investigar mi sueño, me ponía una mano en el corazón y se incli­naba para sentir mi aliento”; no así a su padre, Fran­cesco, que murió dejando a su familia en la ruina. Gabriele no acudió a su entierro. “Me es cercano y a la vez lejano, es­tá hecho de mi sustancia y me es desconocido”, escribió en Triunfo de la muerte, publicado al año siguien­te.

El patio
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El patio

Bautizado bajo el nombre de Pórtico del Parente,  el patio está realizado por el arquitecto Maroni y dedicado a Miguel Ángel. 

Listos para el banquete
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Listos para el banquete

El comedor de los huéspedes, llamado ‘stanza della cheli’, por una tortuga que le regaló la marquesa Luisa Casati.

Una cama muy particular
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Una cama muy particular

'Sala del Leproso’, también llamada ‘de los sueños puros’, concebida como cámara fúnebre.

Un auténtico Casanova
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Un auténtico Casanova

Los hombres le envidian y las mu­jeres le adoran, porque D’Annunzio es “ávido de sexo desde muy temprana edad”, un auténtico Casanova que se pasa la mitad del tiempo haciendo el amor y la otra mitad, contándolo. Su sed de nuevas conquistas es constante, y a estas altu­ras de su vida ha yacido ya con más de la mitad de las 500 amantes que llegará a coleccionar, dispuestas a todo por este “hombre nuevo” que ansía “una nueva vida”, y que se llama a sí mismo profe­ta; un hombre ocurrente, elegante, aventure­ro, romántico, maníaco de la estética y discreto consumidor de cocaína, que puede ir vestido como un dandi o galopar desnudo durante horas. 

El Arengo
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El Arengo

Lugar sagrado de los jardines en la casa del lago de Garda, donde D’Annunzio se reunía con los ex legionarios de Fiume.

Literato y guerrero
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Literato y guerrero

En el final de la Primera Guerra Mundial, cuando Aus­tria se rinde, D’Annunzio, enfermo de éxito, no lo acepta, y, en plena Conferencia de Paz de París, ignora las órdenes del gobierno y sigue lu­chando por la anexión de Dalmacia a Italia, con la complicidad de Mussolini. En la imagen, Mussolini visita a D’Annunzio en el Vittoriale, en 1925.

“Soy un soldado, tengo la obligación de combatir
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“Soy un soldado, tengo la obligación de combatir"

Con 52 años, D’Annunzio se alista como oficial. Tiene ya 52 años, pero al ministro que le pide prudencia, respon­de: “Soy un soldado. No sólo puedo, sino que tengo la obligación de combatir. Vos que­réis salvar mi preciosa vida. Pues bien, yo tiro mi vida por el puro placer de contradeciros y tirarla. No quiero la paz, sino morir en la pa­sión y en la lucha. Y quiero que mi muerte sea mi mejor victoria”. Al año siguiente, durante un aterrizaje, es herido y pierde la visión en su ojo derecho; en el hos­pital, con ambos ojos vendados, escribe Not­turno, una serie de relatos considerados de lo mejor de su producción literaria.
En la imagen, D’Annunzio a bordo de su SVA, en 1918

Futurismo remoto
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Futurismo remoto

En casa de una amante pianista, en Venecia, meditará un nuevo exilio en Francia, pero conocerá a la jovencísima Hevelina Scapinelli, y decidirá retirarse con ella a una finca a orillas del Lago de Garda, que lla­mará “Vittoriale degli italiani”, y transformará en “un lugar de misterios”, repleto de recuerdos y de sím­bolos. Allí recibirá a litera­tos, actrices, empresarios de teatro, camaradas nostálgicos, y al propio Duce, para quien seguirá siendo “el poeta más grande de Italia”. Publicará el quinto volu­men de Laudes, y una selección de escritos y discursos titulada La penúltima aventura.

Últimos días de soledad
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Últimos días de soledad

Encerrado en su estudio, pasará cada vez más tiempo hablando con la cabeza de mármol de Duse, y escribirá su Libro secreto. En 1937 será nombrado Presidente de la Academia de las Letras italiana. Declarará: “He jugado con el destino, los acontecimientos, las suertes, las esfinges y las quimeras. El verdadero jugador de bacará tiene en sí algo de mi sentimiento desenfrenado, que es la verdadera nobleza y la verdadera belleza de mi larga vida”. Fallecerá a los 75 años, el 1 de marzo de 1938. Será una muerte perfecta, una hemorragia cerebral en su estudio, al lado de la cabeza de Duse, rodeado de libros, marcados por sus ex libris: “Tengo lo que he donado”, “Lo hecho, hecho está”, “Aquí estaremos muy bien”...

En 1898, cuando el médico inglés H. Ellis acuña el término narcisismo, Gabriele D’Annunzio –el mayor Narciso de la literatura italiana de todos los tiempos, nacido en Pescara en 1863– tiene 35 años y es un poeta, novelista, columnista, ensayista y orador ya muy popular en su país. Ha publicado una treintena de libros, algunos muy sonados por escabrosos, como la novela erótica El placer, un canto “¡a la Belleza que no cono­ce dolores!”, o El inocente, donde con frialdad describe un infanticidio.

Es un sibarita de la palabra, que anhela “es­cribir un libro donde todas las palabras vivan y sean musicales como las hojas que tiemblan”. En poesía, tras su precoz debut con In me­moriam, publicado a los 17 años, ha com­puesto Tierra virgen, El libro de las vírgenes, Las vírgenes de las rocas, La Quimera, o Poema paradi­síaco, entre otros; y sus ideas heroi­co-patrióticas están expuestas en El Ejército de Italia, Odas navales, o Alegoría del otoño. Su firme convicción de que “vida y arte son lo mismo” influyó mucho en Tommaso Marinet­ti, fundador del Futurismo.

Personajes
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