La siesta: el gran placer del verano

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Semiótica del reposo
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Semiótica del reposo

Los significados colaterales del término “reposo” nos ofrecen muestras del rechazo que trae implícita nuestra manera civilizada (?) de entender esa idea. La palabra “tumbona” lo dice todo, con ese sufijo que añade su inri peyorativo al significado ya negativo del “tumbarse” (a la bartola, claro). Frente a la semiótica que convierte en pecado el hecho de que nos abandonemos al descanso, debemos escuchar al antiguo instinto que nos recomienda dejarlo todo.
Brigitte Bardot toma el sol durante un descanso del rodaje de Vie privée, de Louis Malle, en 1961.

'Slow living'
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'Slow living'

El verano trae consigo, por fin, el tempo lento; la recuperación de una forma sabia y olvidada de entender la vida, sin nada que hacer o, mejor dicho, sin nada que no queramos hacer. Es el relajo del cuerpo que permite que se relaje la mente. La lentitud, ese arte perdido, que se aprende de nuevo tan pronto como desconectamos: sin móvil ni tablet ni portátil, sin conciencia del mundo. Los viejos placeres primitivos de la lagartija tendida al sol, la felicidad de una lentitud reencontrada, consciente y llena de buenas ideas.
Le Brusc, en la Provenza francesa: piscina diseñada por Alain Capeilleres en 1976.

'The Big Sleep'
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'The Big Sleep'

Aprovechando el sol y la sombra, la siesta es el símbolo más preciso de la actitud apropiada para el ocio. El cuerpo se descompone, libre al fin de la tensión que trae consigo la vida frenética. La mente se va amodorrando y, de repente, nos abandonamos al sueño que nos ha conquistado subrepticiamente. Lo dice la frase común: el sueño nos ha “vencido”, y la suave derrota que ha sufrido la conciencia nos brinda un paraíso en la tierra. Ajenos a todo, dejamos por fin de ser esclavos del tiempo, esclavos sin tiempo.
El actor francés Alain Delon, capturado en una siesta de 1964.

Cuerpos bellos, moda eterna
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Cuerpos bellos, moda eterna

El verano es el reinado de la belleza de unos cuerpos al fin expuestos en una semidesnudez tolerada. Desde los años ‘40, el bañador, combinado con unas gafas de sol a juego, ya no es sinónimo de pecado, sino de elegancia. En el escenario infinito de la playa o en el reino acotado de la piscina, lucen en su plenitud los dedos de los pies, la dureza de los tobillos, la longitud de los muslos, la curva brusca de los hombros, el volumen de los pechos o los pectorales. Es el triunfo de los cuerpos liberados.
Gene Tierney y su hermana, Patricia, lucen bañadores y gafas de sol diseñados por John Swope en los años ‘40.

Desayuno  en la hierba
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Desayuno en la hierba

Un parque civilizado. Bajo la sombra tenaz y fresca de los árboles enormes, la charla infinita por delante. El grupo de amigos, el ingenio, las risas, las historias contadas con el arte de la narración oral. Y también, para dentro de un rato, la promesa de una larga siesta, el intercambio de caricias; y, luego, despacio, los cuerpos que se entregan, sin casi proponérselo, a los juegos veraniegos del sexo al aire libre, el lento retozar animal al que la tarde lenta invita generosamente.
Foto de grupo realizada por Lee Miller en 1937. De izquierda a derecha: Nusch, Paul Eluard, Roland Penrose, Man Ray y Ady Fidelin.

Fuga con causa
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Fuga con causa

Una de las cualidades únicas de la lectura es su poder de abstraernos de todo lo que no sea el mundo en el que nos sumerge el libro, sobre todo cuando se trata de ficción. Huimos así de nuestros propios problemas, de las tensiones de nuestra vida y nuestro cuerpo, para zambullirnos plenamente en un mundo imaginado por otro, en su desazón. Si la vida cotidiana exige mantener la tensión con el montaje nervioso de una serie de televisión, el universo tranquilo de las vacaciones invita a leer novelas, sobre todo esas tan largas que nos aseguran un verano entero entregados al deporte de sumergirnos en la imaginación ajena.
El actor británico David Niven leyendo en el ventanal de su casa, durante el verano de 1955.

La pereza costera
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La pereza costera

El mundo cerrado de las islas mediterráneas permite también liberar la mente del universo inmenso de la “postglobalidad”. Un yate que, al menos aparentemente, no nos lleva a ninguna parte, que costea sin rumbo fijo. Echada el ancla, primero será ese chapuzón en aguas que refrescan el cuerpo, empapan el cabello y permiten volver a cubierta. Allí, la contemplación del mar deslumbrante, de la costa verde o rocosa, invita a dejar correr el tiempo y entregarse al dolce far niente, a la dulce libertad de pensar.
Elizabeth Taylor y su esposo Richard Burton en el Kalizma, el yate de ambos, en 1967, en el rodaje de Boom.

Retorno a  la vida natural
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Retorno a la vida natural

Lejos del mundanal ruido, algunos buscamos el silencio de los escasos parajes que nos ofrecen todavía ese placer supremo: la soledad. A ritmo pausado, un lago de montaña ofrece sus distancias asequibles para el bote de remos. Es el viaje que no lleva (necesariamente) a ninguna parte, el recorrido hacia el fondo de nosotros mismos, en un escenario donde predomina la ausencia del coche y del rascacielos. Sin paredes ni techo, sin sirenas ni voces, la naturaleza recuperada como lugar primigenio, como signo del solaz inasequible en nuestra cotidianidad.
Paul Newman en el Parque Nacional de White Mountain, EE UU, durante el rodaje de un documental ecologista, en 1974.

Cada verano, el tiempo se ralentiza, nos enreda en otros ritmos y nuevos pensamientos, y consigue reconstruir el milagro de la ficción de la calma. Corremos cuando confiamos plenamente en el espacio alrededor libre de amenazas o abismos, y, por el contrario, avanzamos paso a paso cuando no nos fiamos de por dónde pasamos o ponemos el pie, pero tampoco, aún estando en tierra firme, tememos circunstancialmente qué nos espera en un intervalo más allá.

El principio del siglo XX se caracterizó por considerar a la velocidad uno de sus más decisivos atributos. En buena medida, la velocidad fue su más brillante insignia. Las comunicaciones a través del telégrafo o el teléfono, el avión, el automóvil o el submarino hacían sentir que las fronteras habían sido traspasadas con ingenio y decisión. De otra parte, la electricidad aumentaba tanto la impresión de haber inaugurado una civilización instantánea, que las personas mayores nunca pudieron entender cómo era posible que girando el interruptor aquí se encendiera la luz allá.

Sin embargo, un siglo después, cuando la globalización es un hecho, hemos llegado a un punto crítico en que ya parece temeraria la progresión. Durante una década se ha enfatizado el final de casi todos los factores hacia el futuro. No solo se ha perorado sobre el fin mismo de la Historia. Se ha proclamado el fin del arte, el fin de la ciencia y el fin de la filosofía o de la teología, el ocaso de la novela, el periodismo impreso y el teatro, pero también la agonía del ensayo a cambio de insuflar libros de autoayuda sin cesar.

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