Cómo celebrar con estilo el (casi) olvidado placer de la lluvia

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Lo que vale un chelo (París, hacia 1966)
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Lo que vale un chelo (París, hacia 1966)

La imagen tiene la poesía y el humor de las grandes fotos de su autor, Robert Doisneau. Y también el encanto personal de otro artista, que posó a menudo para él. Se trata de Maurice Baquet, un músico que de joven, tras fracasar en su intento de ser músico de gran orquesta clásica, se recicló como intérprete de su cello en otra clase de escenarios, como los cabarets surrealistas, aparte de tener una notable carrera como alpinista, entre otras actividades.

Agua que has de beber (Leshoto, Sudáfrica, 1981)
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Agua que has de beber (Leshoto, Sudáfrica, 1981)Estos críos de una escuela de Leshoto, en tiempos del apartheid, nos dan una lección que los niños de todo el mundo aprenden instintivamente y que los adultos nos apresuramos a olvidar: la lluvia ofrece toda suerte de diversiones. Desde dejar que nos empape la ropa, hasta chapotear en los charcos que se forman en el suelo cuando arrecia de verdad. Beber las gotas que te resbalan por el rostro es una variante interesantísima de esta clase de juegos.
Antihéroe ('El cuarto protocolo', rodaje en Londres, 1987)
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Antihéroe ('El cuarto protocolo', rodaje en Londres, 1987)Las gabardinas son el uniforme de los antihéroes. Y no podemos imaginar a un private eye sin ella. En la estela de Humphrey Bogart, Michael Caine sabe llevar una trinchera como es debido: alzado el ancho cuello, atado el cinturón de modo que ciña bien la cintura, las manos hundidas en los bolsillos. Llueva o no, el uniforme del detective privado fue heredado por los agentes secretos de la segunda mitad del siglo XX, como el personaje de la novela de Federick Forsyth encarnado aquí por el gran Caine.
Valientes bajo la lluvia (Islas del Pacífico, 1965)
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Valientes bajo la lluvia (Islas del Pacífico, 1965)Tuerce un poco el gesto Frank Sinatra en un descanso del rodaje de Todos eran valientes. El filme contaba la historia de lo que ocurre durante una breve tregua en los combates entre japoneses y estadounidenses durante la campaña del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. El tema pacifista llamó la atención de Sinatra sobre esta historia que, además de interpretar, quiso dirigir.
Refugio contra la tormenta (Seattle, EE UU, segunda mitad siglo XX)
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Refugio contra la tormenta (Seattle, EE UU, segunda mitad siglo XX)Joseph Scaylea se autorretrató en esta composición donde aparece él mismo protegiendo a su hija de la lluvia. A la dificultad de ejecución, a esta imagen se le suma la fuerza simbólica, la potencia visual con la que expresa el ademán protector del padre y su relación con la pequeña. Scaylea, uno de los grandes fotógrafos del Noroeste de EE UU, fue redactor gráfico del Seattle Times toda su vida.
Indomable (Interior de la península de Florida, EE UU, 1967)
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Indomable (Interior de la península de Florida, EE UU, 1967)Anarco en versión yankee, Paul Newman interpreta en La leyenda del indomable el personaje de un preso que insiste una y otra vez en sus intentos por huir de la cárcel. Inasequible al desaliento, soporta toda clase de castigos y torturas, pero siempre vuelve a las andadas. Sublime en su romanticismo, la historia dirigida por Stuart Rosenberg permitió a Newman ser nominado al Oscar; una de las muchas nominaciones que finalmente no le llevaron a ganar el premio, que más tarde le concederían “por el conjunto de su obra”.
Los reyes también se mojan (Inglaterra, hacia 1981)
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Los reyes también se mojan (Inglaterra, hacia 1981)

La sempiterna reina británica, Isabel II, ha sobrevivido a todo: heredó el trono a una edad excesivamente tierna; durante el comienzo de su reinado se produjo la decadencia del imperio; y hacia el final aguantó la muerte de su nuera Diana, el annus horribilis, los nervios sucesorios de su primogénito Carlos y, como puede verse en la imagen, también la intensa lluvia de esta jornada de hípica que el cielo regó con abundancia.

Disfrutamos en los países mediterráneos de una sequía pertinaz y sin embargo odiamos a una lluvia que siempre nos parece impertinente. No nos importa la desertización de pedazos cada vez mayores de nuestro territorio, que es uno de los precios que pagamos por las escasas precipitaciones que caen sobre nuestro suelo sediento. Esta mentalidad no ha cambiado ni siquiera con la nueva conciencia del cambio climático. Tampoco la nueva cultura del agua nos ha llegado muy adentro.

Por el contrario, cuando algún español se va a vivir o de viaje a Londres o Berlín, a Estocolmo o Toronto, suele llorar por lo mucho que allí llueve, como si esa fuera una enorme tragedia, cuando, en realidad, las economías del centro de Europa crecieron mucho más que la nuestra. Eso sí, no nos gusta la lluvia pero queremos tener césped a la puerta de casa, olvidando que regar hierba es uno de los abusos más perjudiciales que hacemos de la escasa precipitación que cae en la península.

A la hora de vestir, las gabardinas y las trincheras, los paraguas plegables o no, toda esa ropa para las lluvias de tiempo cálido y para las lluvias invernales, suponen en otros países una bienvenida aportación al fondo de armario, pero es frecuente que esa asignatura también la suspendamos los españoles. Si no llueve nunca, ¿para qué prevenirla?

La poesía de la lluvia se aprecia mejor, de eso no cabe la menor duda, si vamos adecuadamente protegidos. Cosa que saben muy bien los trabajadores de la City de Londres, que tienen siempre a mano el paraguas, y que usan el bombín como elemento adecuado para caminar bajo la lluvia cuando no arrecia demasiado. Por no hablar del mito de la gabardina en el cine, desde las que usaba Humphrey Bogart hasta el “makintosh” que se puso Paul Newman en un buen thriller de John Huston.

Estilo Hombre
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